Recuerdo ese metro de Santiago, orgullo de la capital e incluso nacional, metido siempre en las listas de los mejores del mundo, con sus altos estándares de funcionamiento y servicio, y casi, casi se me escapa una lágrima. De esos tiempos de gloria queda poco más que el nombre del servicio, y hoy el tren subterráneo (que en algunas de sus líneas y tramos no lo es, es verdad) hace noticia por sus problemas.

Primero fue la suspensión por mal estado de una parte de las vías; el arreglo llegó al día siguiente. Luego una interrupción del servicio por problemas de energización. ¿Han usado el metro en horas punta? Los andenes, los accesos, los vagones llenos a más no poder, la gente aplastada, sudando y maldiciendo. Y más encima para acceder a este paraíso hay que pagar cada día más.

La guinda de la torta fue la famosa prohibición de los bultos. Más allá del fraseo que, convengamos, se presta para chistes de doble sentido que nos brindaron horas de entretención, mucha gente se indignó con la medida. Y con razón. Al punto que vecinos de Pudahuel ya presentaron un recurso contra la medida.

Lo indignante es que prohíban los bultos (que sí, molestan a veces) y permitan otras cosas que hacen el viaje más insufrible que los famosos paquetes (no, no hay forma de frasearlo bien). Mis propuestas de prohibiciones:

Las velociraptors: no sé quién inventó el término, pero es una maravilla de precisión. Son esas personas (generalmente viejas, digámoslo) que, apenas se abren las puertas del vagón, se lanzan desenfrenadas a pillar un asiento. Con codazos, carterazos o lo que sea necesario para lograrlo.

Los musicales: no tengo problemas con que la gente aliviane su viaje con música. Yo mismo lo hago a veces. Lo que propongo que prohíban es la gente que escucha la música SIN AUDÍFONOS, obligando a todo el vagón a compartir los gustos musicales que, paradójicamente, habitualmente son más bien disgustos.

Los cariñosos: no sé si se requiere demasiada explicación. Cualquiera que haya viajado en metro los conoce. Sí, son esos que se besuquean, manosean y chinchosean a vista y paciencia del resto de los pasajeros. Por favor: ¿conocen el concepto de intimidad?

Los hambrientos: esta es una prohibición más precisa. No tengo nada contra quien, apurado por el tiempo, se come un paquete de galletas o una fruta (siempre que no sea una Sandía). Pero les juro que con mis propios ojos y sobre todo nariz, he sufrido viendo a gente comiendo empanadas de pino dentro del tren.

Los inmóviles: nadie lo obliga a moverse, pero si va a actuar de estatua humana, por favor hágalo al fondo del carro y NO EN LA PUERTA. Sobre todo cuando va a la estación terminal.

Creo que con estas prohibiciones el metro sería un lugar más amable. Aunque estoy seguro de que no serían necesarias si nos preocupáramos un poco más por el vecino. Pero eso ya es otra historia.

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