La Primera Guerra Mundial marcó la historia familiar de Rolando Chateauneuf Deglin (82). Y en el departamento de Providencia donde vive este ingeniero, que fue académico de la Universidad de Chile desde el 52 hasta 2005, hay un recuerdo que delata la importancia del conflicto en su vida y en la de sus ancestros: una bala original de la Gran Guerra que sirve de lámpara y se ve preciosa en el living.

Fue un acontecimiento dramático para su rama paterna y materna. Por el lado Chateauneuf, un tío murió combatiendo en el campo de batalla y su propio padre sirvió a la causa francesa. Por el lado de los Deglin, su abuelo peleó en Africa.

Pero vamos por parte.

Los Chateauneuf eran una familia del sur de Francia. El abuelo paterno de don Rolando, contador y comerciante, llegó a Chile en 1870 aproximadamente. Dicen que se instaló en Valparaíso con una fábrica de zapatos. Tuvo varios hijos junto a su señora, también de ascendencia francesa, pero sólo sobrevivieron cinco: Alfredo —el padre del protagonista de esta historia—, Ofelia, Sara, Daniel y Roberto. Este último era el único que tenía nacionalidad francesa y por eso, cuando estalló la Primera Guerra Mundial, tuvo obligatoriamente que viajar a Francia. Fue una tragedia: en 1915 —menos de un año después de que arrancara el conflicto—, Roberto Chateauneuf murió producto de una granada en la cabeza. Era un joven y promisorio arquitecto.

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Invadido por una pena inmensa por la muerte de su hermano menor, Alfredo se enroló como voluntario chileno. “Decidió que era una responsabilidad moral ir a la guerra. Incluso él mismo tuvo que pagarse el pasaje”, señala su hijo Rolando mientras muestra un álbum de fotografías familiares. Cuenta que, producto de una picadura de abeja, su padre tenía una mano deformada. Y que por ello no lo destinaron al campo de batalla. Primero tuvo que pelar papas en una cocina y luego, cuando se dieron cuenta de que era ingeniero, lo subieron de categoría. Estuvo destinado a un aeropuerto que fue bombardeado y después, completamente solo, fue custodio de un pueblo. “Su único compañero era un gato. Y por eso siempre amó a los gatos”, dice Rolando, su hijo.

Pero nunca más fue el mismo. Cuando regresó a Chile al final de la guerra, se le veía más callado. Incluso alguna vez, lo vieron con un revólver en la sien.

Una historia trágica también vivieron los Deglin, que llegaron a Chile en 1911, poco antes del conflicto. El abuelo materno de don Rolando, Esteban, era un conocido fundidor del norte de Francia. Después de un largo viaje en barco, que puso en riesgo la vida de su esposa, llegó a Talcahuano junto a sus cuatro hijos: Renée (madre de Rolando), Violeta, Juana y Marcelo.

Se instalaron en Santiago, primero en la zona poniente  y luego en una casita de Mapocho. La explosión de la guerra en 1914, sin embargo, hizo sucumbir la calma que la familia había logrado en la capital chilena: Esteban tuvo que partir a la guerra y dejar a su señora y a sus niños solos. En esos años la economía de los Deglin se resintió y mucho. Sus dos hijas mayores nunca pudieron estudiar en la universidad. Entre ellas estaba Renée, la primogénita, que tuvo que comenzar a trabajar. Se especializó en el rubro de la tintorería. El jefe de familia recién pudo regresar en 1918.

Las historias se unieron después del desastre, en Santiago. En una recepción de franceses, Alfredo Chateauneuf conoció a Renée Deglin, quince años menor. Se casaron un 4 de julio de 1926 y tuvieron cinco hijos. El cuarto de ellos es Rolando: “Definitivamente, la Primera Guerra Mundial marcó la historia de mi familia”.