Como buena norteamericana, la esposa de Bill Gates adora la Navidad. Desde los preparativos hasta la cena familiar, no duda en calificarla como su fiesta favorita. “Es un buen momento para detenerse y reflexionar”, asegura, al tiempo que recuerda que fue precisamente en alguna Nochebuena de su juventud que decidió que en cuanto pudiera “ayudaría con todos sus medios y fuerzas a los que más sufren en el mundo”. El tiempo le dio los recursos y la determinación para hacer de ese deseo el leitmotiv de su vida. El año 2000 pudo cristalizar todas esas aspiraciones altruistas en la Fundación Bill y Melinda Gates. Una organización que ya lleva invertidos más de 40.000 millones de dólares en la ambiciosa tarea de mejorar las áreas de salud, educación, acceso a bibliotecas y apoyo para los niños más necesitados. 

Nacida el 15 de agosto de 1964, Melinda es la segunda de cuatro hijos que tuvo la pareja compuesta por Raymond Joseph French Jr. y de Elaine Agnes Amerland. Creció en Dallas, donde se graduó en Informática y Economía por la Universidad de Duke. De ahí, saltó a Microsoft como gerente de productos dando muestras de una habilidad única para los negocios. Su determinación y sensibilidad no tardaron en conquistar a Bill, con quien se casó en 1994 y tuvo tres hijos. 

Amiga del bajo perfil, admira al Papa Francisco y reconoce a la Madre Teresa como una de sus grandes inspiraciones. “Cumplir 50 años fue clave. Tomé un respiro y reflexioné profundamente sobre lo que había sido mi vida en las últimas tres décadas para proyectar mi futuro y el cambio que estoy buscando a todo nivel. Bill y yo nos decimos optimistas impacientes. Pensamos que la probabilidad que tienen los pobres de mejorar sus vidas en los próximos 15 años será mayor que en cualquier otro momento en la historia, por las innovaciones que anticipamos se presentarán”, asegura. 

—¿Qué piensa de la problemática social que sacude al planeta hoy tan distinta a su propia vida como miembro destacado de la elite mundial?

—Al compartir con personas de Bangladesh, India o Africa, me he dado cuenta de lo parecidas que son las familias en el orbe. A todos los que somos padres, más allá de las condiciones económicas, lo único que les importa es ver a sus hijos crecer saludablemente y obtener una gran educación para poder desarrollar plenamente su potencial. Esa es una verdad universal.

Para Melinda Gates, acortar la brecha entre las naciones subdesarrolladas y las industriales, es algo que le quita el sueño. “Cuando se me vienen a la mente las imágenes de mujeres que viven en la máxima pobreza y deben hacer filas interminables para vacunar a sus hijos pienso en la cantidad de cosas que tenemos en Estados Unidos y que muchas veces damos por contado. En otras partes del mundo hay quienes caminan 10 kilómetros bajo el sol más inclemente únicamente por una vacuna, ya sea para las paperas, el sarampión o la rubeola. Da igual, lo hacen para mantener con vida a sus hijos. ¡Esa acción es un llamado de alerta para toda la humanidad!”, sentencia esta mujer que, perfectamente, podría ceñirse la corona como reina de la filantropía.