“Divorciada, mulata y educada en un colegio católico, esta mujer no es apta para ser parte de la familia real”, dijo la columnista Melanie Mac Donagh del semanario Spectator. Comentarios de este tipo fueron la bienvenida que parte de la prensa británica dio a la futura duquesa de Sussex cuando se anunció su compromiso con Enrique de Inglaterra, a fines del año pasado.

Los defensores de la tradición real, que pocos jóvenes británicos a estas alturas aceptan, han perdido terreno en los últimos días, porque Meghan Markle ha logrado conquistar a los británicos y ha demostrado ser una mujer con energía propia, que no tiene problemas en acercarse a la gente, abrazarla y mirarla a los ojos. Su parecido con Diana de Gales es inmenso y muchos auguran que el Reino Unido, en los duros años que se le avecinan con el Brexit, necesitarán a una nueva “princesa del pueblo”.

Cuando el 5 de septiembre de 1984, nacía en el hospital público Saint Mary de Londres, Enrique Carlos Alberto David Windsor Spencer, su novia Rachel Meghan Markle, de tres años, jugaba en los brazos de su padre, Tom, en un estudio de Hollywood donde oficiaba de jefe de iluminación. 13 años después, en septiembre de 1997, Harry, como lo llaman sus súbditos, dormía en el castillo de Balmoral, la residencia real de verano, cuando su madre moría en París en fatales circunstancias. Meghan, a siete horas de distancia, se preparaba para entrar a su último año de secundaria en el colegio Inmaculado Corazón de Los Angeles. Tenía 16 años, modelaba y su carrera de actriz había comenzado haciendo de extra en la serie Hospital General. Ya no vivía con su padre; hacía cuatro años que Thomas Markle, blanco de origen irlandés y holandés, se había separado de Doria Regland, la madre negra de Meghan. Los mundos de Meghan y Harry son opuestos. Meghan sobrevivió en uno de los peores barrios de Los Angeles, Creshaw, vecindario que tiene un record especial: 47 asesinatos semanales.

El mundo de Harry tampoco tuvo nada de virtuoso, entre muchos infortunios debió sobrevivir un cruel duelo después de la muerte de Diana, lleno de intrigas que incluso lo llevaron en un momento a no saber quién era realmente su padre. Harry estudió en Eton y después siguió en la Academia Militar de Sandhurst, participando en varios puestos del Ejército, incluso como controlador de vuelos en Afganistán, hasta obtener el grado de capitán.

Meghan pasó sin pena ni gloria por la Northwestern University, una universidad privada de Evanston, Illinois, donde obtuvo dos especialidades, una en teatro y otra en relaciones internacionales. Para titularse, como no le alcanzaban los créditos, tuvo que conseguirlos haciendo una práctica en la Embajada de EE.UU. en Buenos Aires. Cuando habla en español, le sale un espontáneo Mirá vos. Sus familias son también completamente diferentes. Markle, el padre de Meghan, a quien ella adora y dice que ha sido el pilar de su carrera, reside en Rosarito, un pueblo mexicano, a diez kilómetros de la frontera con California, de 65.000 habitantes. Su casa goza de una estupenda vista de las islas Coronados y de los cientos de pelícanos y chorlitos que vuelan a su alrededor. El pueblo es el segundo peor de México en criminalidad seguido por la vecina Tijuana.

A los 73 años Tom está jubilado y se ha declarado en bancarrota. Subsiste con una pensión mínima y beneficios estatales. Sus deudas en tarjetas de crédito alcanzan unos $ 20 millones y ha sido objeto de cuatro querellas por el Internal Revenue Service, el equivalente al SII de EE.UU. Tiene cuatro embargos en los últimos 19 años y demandas vigentes de acreedores diversos. Según sus vecinos, se trata de un hombre modesto que sale poco. Sus amigos lo quieren y lo definen como un gigante tímido aunque con malas pulgas. No se mete con nadie y no tiene novia conocida; vive con lo mínimo y todas sus cosas están en una bodega. Su imagen de gigante revenido por el tiempo la incentiva una pronunciada cojera, producto de un accidente, de la que ya los tabloides británicos se han mofado hasta la saciedad, imaginándose cómo llevará a Meghan al altar en medio de la majestuosa capilla del castillo de Windsor.

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Pero Tom no se amilana y camina todos los días al almacén de la esquina a comprar cerveza y cigarrillos. Es en esos pocos momentos gregarios cuando, a quien quiera escucharle, le suelta: soy el papá de Meghan Markle, ¿le suena? La protagonista de Suits. Después del anuncio del compromiso de su hija con Harry, Tom desapareció. La nube de periodistas que cayó sobre Rosarito se quedó sin protagonista. Los servicios secretos británicos le habrían sugerido mantenerse fuera de las pistas. Otros dicen que él se enojó cuando Harry dijo que, por fin, Meghan tendría una familia decente. La mamá de Meghan, Doria Regland (61)no ha tenido que esconderse. Trabaja como terapista de ancianos en una residencia en Los Angeles. Meghan es su única hija. No habla mucho de sí misma, ni del romance real. Conoció a Tom Markle, en 1980, en el estudio donde hacía trabajos temporales y estuvieron juntos hasta que Meghan cumplió seis años. Ella también tiene deudas en tarjetas de crédito, sus ingresos no llegan a los $ 7 millones anuales, lo que la sitúa bajo la línea de pobreza norteamericana. Es la única de la familia de Meghan que ha conocido a Harry hasta ahora. Este la calificó, en una reciente entrevista en la televisión, como una mujer fascinante.

Los hermanastros de Meghan, frutos del primer matrimonio de Tom con Roslyn Loveless, también están en problemas. Tom Junior (51 ) vive en Oregón y fue detenido por apuntar a su novia con una pistola en la sien y por conducir con alcohol. Se ha declarado en bancarrota y sus deudas triplican las de su padre. Su hermana, Samantha (53) modelo y actriz frustrada por un accidente que la mantiene en una silla de ruedas, se gana la vida vendiendo joyas para financiar los guiones que escribe. Vive en Florida y ha hecho de desprestigiar a Meghan su oficio; la trata de trepadora y afirma que cuando Harry descubra cómo ha tratado a su familia la abandonará. También es intensamente perseguida por los acreedores.

El Daily Mail, cuando se anunció el compromiso tituló: “¡Harry, la familia que te buscaste!”. Harry alega, con razón, que nadie debe ser juzgado por su familia y, en un acto inusitado, para un miembro de la familia real, conminó a todos los tabloides a que dejen de acosar e insultar a Meghan y los suyos. En la Casa Real de Windsor las sonrisas para la pareja bailan, suben y bajan las escaleras; la reina dice estar encantada, aunque no asistirá a la ceremonia religiosa por ser la cabeza de la Iglesia de Inglaterra y esta pareja no va con sus reglas, ya que ella es divorciada. Hay que decir que tampoco fue a la ceremonia de Carlos y Camilla, en 2005, por la misma razón. A la gente joven le gusta que Meghan tenga experiencia como voluntaria de causas humanitarias, más que la de Kate que sólo comenzó después de comprometerse con Guillermo, y que goce de una personalidad arrolladora que deja a su cuñada, la futura reina, como tímida y lejana. Aunque tienen la misma edad, 36 años, parecen pertenecer a generaciones distintas: sin duda Kate representa la continuidad y Meghan el cambio.