La cosa ya no da para más. La imagen de un solitario Alberto de Mónaco durante la coronación de Guillermo Alejandro de Holanda —y que convocó a monarcas de todo el mundo— encendió las alertas. ¿Cómo era posible que la princesa no estuviera presente en la ceremonia real más esperada del Viejo Continente? ¿Será que ahora sí están separados?

Charlene explicó a través de la casa real monegasca que se encontraba en el matrimonio de un amigo en Sudáfrica y que la fecha estaba fijada con antelación. Pero el escándalo vino igual: un desaire que la princesa se ausentara de la que es calificada como la ceremonia del siglo. La inasistencia de Charlene fue la confirmación, la muestra clara de un matrimonio que ha estado siempre bajo sospecha, desde el mismo día en que los dos se casaron en la Basílica San Nicolás, en Montecarlo. Desde entonces la maldición de los Grimaldi, marcada por escándalos, accidentes y trágicos romances, los acecha también a ellos.

Decidido a romper con los oscuros vaticinios, el playboy incombustible de la realeza europea puso fin a sus décadas como el soltero de oro y se casó en 2011 con la nadadora sudafricana Charlene Wittstock, entonces de 32 años. Tan contentos estaban los monegascos que hasta la comparaban con Grace Kelly, por su gusto por la moda y su facha impecable, una perfecta reencarnación de la musa de Hitchcock. Sin embargo, la historia estuvo lejos de representar un cuento de hadas. El prestigioso diario francés, L’Express, entonces reveló que el enlace estuvo a instantes de ser suspendido, que Charlene no habría soportado enterarse, apenas una semana antes de entrar a la iglesia, que Alberto le había sido infiel y hasta habría tenido un hijo mientras los dos eran novios.

Wp-Monaco 193Otros medios fueron más allá y aseguraron incluso que la futura princesa habría intentado huir del palacio rumbo a Niza para, de ahí, regresar a Sudáfrica junto a su familia. Pero que un contingente policial que la esperaba en la aduana se lo impidió. Mientras que los medios sensacionalistas aseguraron que Charlene sólo aceptó regresar a cambio de un contrato millonario en el que se estipulaba una importante cantidad de dinero (360 mil euros) a cambio de cumplir al menos cinco años casada y tener un hijo con su marido.
Lo cierto es que el día del enlace la imagen de una princesa desconsolada y triste, junto a un marido indiferente y desatento, más preocupado de las cámaras que de su mujer, fueron el comentario obligado en todo el mundo.
La luna de miel también dio tema. La pareja viajó a Sudáfrica —probablemente un requisito más de Charlene— pero se hospedaron en hoteles distintos. Cuando fueron descubiertos por los periodistas en la insólita situación, Alberto, sin arrugarse, reconoció: “Es que es más cómodo así…”. Ese día, en vez de caminatas al atardecer o cenas a la luz de las velas, Alberto prefirió asistir a una reunión del Comité Olímpico internacional y compartir con sus miembros en lugar de su esposa.

LA VIDA OCULTA DE ALBERTO

Hay quienes explican la distancia con que ambos se toman la relación en la supuesta bisexualidad del hijo de Rainiero. La larga soltería de Alberto dio pie para que durante mucho tiempo se creyera que era abiertamente homosexual. Pero el príncipe, ajeno a la preocupación de su padre y de la inquietud que generaban sus andanzas en palacio, estaba lejos del estrés.

“¡Estén tranquilos, me casaré! Yo también formaré una familia”

“¡Estén tranquilos, me casaré! Yo también formaré una familia”, decía el monarca, cuando su familia ya había perdido las esperanzas, acostumbrados a verlo desfilar del brazo de numerosas mujeres, sobre todo jóvenes actrices y modelos, como Brooke Shields, Claudia Schiffer, Tasha de Vasconcelos, Naomi Campbell, Lisa Marie Presley y Kylie Minogue. A tanto llegaron sus conquistas, que la prensa sensacionalista lo apodó Dirty Bertie… Porque sus romances no eran sólo con figuras de renombre: entre sus numerosos amoríos también llegó a convertirse en padre de dos hijos: de su desliz con la azafata tongolesa, Nicole Coste, el 2006 nació Alexandre Coste; y en 1991, de una relación de dos semanas con una camarera estadounidense de Los Angeles, nació Jazmín Grace Rotolo, hoy de 22 años.

Pero Alberto seguía sin tener demasiado apuro en casarse. A tal punto, que en 2002 se cambió la Constitución para otorgar derechos sucesorios a los hijos de sus hermanas, Carolina y Estefanía. La muerte de Rainiero III logró que al fin el príncipe sentara cabeza y dejara la imagen de playboy. Al asumir las riendas del principado en abril de 2005, sorprendió a muchos al reconocer legalmente a sus dos hijos, los que, si bien no tienen derechos sucesorios, sí pueden llevar el apellido Grimaldi y heredar parte del patrimonio de su padre.

LARGA ESPERA

Si el contrato nupcial que firmó Charlene existe, aún le quedan otros tres años junto a Alberto y cumplir con un detalle no menor: darle un hijo, algo que parece cada vez más lejano, sobre todo después de las repetidas ausencias de la princesa, quien pasa cada vez más tiempo en Sudáfrica junto a su familia y amigos, o en desfiles en París, mientras sigue alimentando la imagen de princesa solitaria pero a la moda.
Alberto tampoco lo pasa mal: el matrimonio no lo enrieló y sigue entregado a las fiestas y el desenfreno. La última vez se lo vio en el carnaval de Río, y no estaba precisamente triste…

Si la pareja no tiene descendencia será Carolina quien reemplacé a Alberto en la línea de sucesión al trono. En tercer lugar está su hijo mayor, Andrea Casiraghi, quien acaba de ser padre de un niño con la colombiana Tatiana Santo Domingo.
De continuar la distancia entre Alberto y Charlene lo más probable es que se produzca un cambio de dinastía: los Grimaldi y su maldición quedarían bien enterrados en el pasado y se daría impulso a la era Casiraghi. La más beneficiada será Carolina, quien pese a su divorcio con Ernst de Hanover se niega a dejar su título como alteza real, uno de los más prestigiosos de la vieja Europa.