Sandra sopla las velas de la torta mientras sus amigos y familia aplauden con entusiasmo a su alrededor. Esta educadora diferencial y psicopedagoga acaba de cumplir 48 años y decidió celebrarlo a lo grande. La emoción la embarga de forma evidente, ya que luego de meses de espera, intentos fallidos y dolorosos tratamientos, al fin cumplió su sueño. Hace un año y cuatro meses se convirtió en madre por segunda vez.

Mientras otras mujeres a su edad están listas para aprovechar el renovado tiempo libre y dedicarse a viajar sin sus hijos, Sandra volverá a criar, cambiar pañales y visitar al pediatra. “Con mi marido ya tenemos un hijo de 24 años, pero siempre quisimos otro. Sin embargo, por motivos laborales y de desarrollo profesional lo fuimos postergando. Hay cosas que uno siente que debe hacer antes y no te das cuenta cómo avanza el tiempo”, explica mientras el pequeño duerme a su lado.

Cuando tenía alrededor de cuarenta, decidieron que había llegado el momento para ponerse en campaña y comenzaron a intentarlo. Lo que jamás se imaginó fue que sus ganas de ser madre no compatibilizaban con las capacidades de su reloj biológico: “Pasaban los meses y nos dábamos cuenta de que no me embarazaba. Después ni siquiera eran meses, sino que años. Y allí iniciamos una verdadera peregrinación por convertirnos en padres”. Sandra estuvo más de diez años intentándolo. Probó de todo, desde métodos naturales hasta inseminación artificial, pero nada daba resultados. Saltó de clínica en clínica, hasta que llegó donde el especialista en fertilidad y endometriosis de la Clínica Monteblanco Guillermo Durruty.

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“Junto a él analizamos mi caso, vimos los riesgos que estaba corriendo, las enfermedades que podría acarrear mi hijo y decidimos que, a mi edad, seguir intentando métodos con óvulos propios no era muy viable”, relata. En ese momento el experto le comentó por primera vez sobre la ovodonación, un proceso de fertilización in vitro que ofrece la oportunidad a madres que no pueden tener hijos de gestar un embrión fruto de los óvulos de una donante y los espermatozoides de la pareja de la receptora.

“Al hacer los procedimientos con óvulos donados se descarta el riesgo que hay asociado a la edad de la madre, como problemas de aborto, las trisomías 21, diabetes, entre otras. Si bien no se eliminan completamente, sí adquieren el riesgo relativo a la edad de la donante, que al ser joven es mucho más baja. Es recomendable cuando la reserva ovárica no sea suficiente. Puede ser una mujer joven con menopausia precoz o que le operaron los ovarios por endometriosis, o una mujer de más de cuarenta años que por distintas circunstancias, entre ellas la edad, no tiene óvulos fuertes”, explica el obstetra.

En Chile existen alrededor de cinco centros que hacen el procedimiento, entre ellos la Clínica Monteblanco, la Clínica Las Condes, la Clínica Ivi y SG Fertility. Es necesario contar con mujeres jóvenes y sanas que deciden donar sus óvulos, ya que el procedimiento consta de varias etapas. La donante debe tener entre 18 y 30 años –aunque el rango varía en los distintos centros–, residir cerca de la clínica, no tener ninguna enfermedad de transmisión sexual o genética y aprobar los exámenes psicológicos. Luego viene una terapia hormonal, en la que ellas mismas deben inyectarse diariamente y, una vez que los óvulos han madurado, se les realiza un procedimiento ambulatorio, pero con anestesia, a través del cual se los aspiran. La compensación económica varía ente los 700 y 900 mil pesos.

“Generalmente son mujeres universitarias o de carreras técnicas que tienen distintas motivaciones. En Chile no hay una regulación legal al respecto, por lo tanto intentamos regirnos por los estándares internacionales. Eso sí, el proceso es completamente anónimo, la madre nunca sabe de quién es el óvulo y a la donante tampoco se le informa quién los va a utilizar. A las dos se les piden fotos, para buscar ciertas similitudes y así la guagua pueda parecerse a la madre”, explica el doctor. Sandra asimiló toda esa información y finalmente decidió que aquel sería el método a través del cual concebiría a su hijo, pero tampoco fue fácil. Tuvo dos pérdidas, hasta que al fin el test salió positivo.

“Fue un poquito difícil emocionalmente porque tú tienes que sobreponerte a los resultados, pero todo es recompensado al ver los ojitos de tu hijo”, comenta, y se encarga de dejar en claro que la edad no es tema para ella. “En el momento en que vi el examen se me llenaron los ojos de lágrimas, fue demasiado emocionante. Volver a ser mamá a mi edad es una experiencia muy linda, tengo la misma energía que hace 24 años y no tengo duda que seré una excelente madre. Aún me queda mucho por vivir, así que sólo me preocupo por darle lo mejor a mi guagüita”, relata.

En nuestro país, cada vez son más las mujeres que postergan la maternidad y tienen hijos después de los cuarenta años. Las últimas cifras entregadas por el Anuario de Estadísticas Vitales del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), especifican que tan sólo en el año 2015 nacieron 10.049 niños de madres mayores de 40, lo que se traduce en el 4,1% del total anual. Diez años antes, los nacidos de madres de esta edad eran tan sólo el 3%. “El incremento es notable, porque con la inserción laboral y los cambios sociológicos respecto a la participación de la mujer en el mundo de hoy, a los 35 y 45 son mujeres socialmente muy sanas, pero biológicamente mayores, entonces no les queda otra que adaptarse a las circunstancias. Hay otras, por supuesto, que siempre quisieron ser mamás y por temas clínicos o de salud les ha costado”, especifica Durruty.

Algo así fue lo que le pasó a Alejandra, una argentina encargada de marketing de 43 años que durante la juventud fue operada de endometriosis y luego tuvieron que extraerle un ovario producto de un tumor benigno. “Retrasar la maternidad no fue por una elección propia, yo siempre quise ser mamá y fui consciente de la edad biológica y de la dificultad que iba a tener después de los 35. Pero por distintas circunstancias de la vida no pude antes. Con un ovario menos la reserva ovárica que tienes se desgasta más rápidamente, eso sumado a la endometriosis me jugaba bastante en contra”, relata con pesadumbre. Intentó en Argentina, pero no le funcionó. Intentó en Chile con óvulos propios y tampoco dio resultados, la desesperanza la embargaba y junto a su pareja pensaron que jamás podrían ser padres.

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“Fueron años muy difíciles, necesité mucha contención y apoyo, hasta que escuché sobre la ovodonación. Inicialmente me causó demasiadas dudas y me generó rechazo, me parecía extraño que mi hijo no tuviera mi genética y me preguntaba qué pasa si no hay conexión, si él no me quiere o yo no lo quiero. Con el paso del tiempo fui averiguando, madurando la idea, lo trabajé con una psicóloga y así fui sacándome los miedos, los prejuicios”, relata con un brillo especial en los ojos. Luego de dos intentos, quedó embarazada y a los 43 años se convirtió en madre por primera vez. Hoy, su hija tiene seis meses, es la gran motivación de su vida y atrás quedó la desconfianza hacia la ovodonación.

“A través de este método las mujeres viven el embarazo completo, desde el parto hasta la lactancia, por lo que la conexión es mágica, igual que cualquier otra mamá. Para los hombres, que somos más básicos, se mantiene el vínculo genético y con eso quedan felices. Al final, la guagua sale con la misma cara que el papá y la mujer, por el otro lado, está encantada por haber vivido el embarazo”, explica el doctor Durruty. Y Alejandra lo confirma: “La posibilidad de tenerla en mi vientre, sentir cómo se movía, alimentarla y parirla, hizo que olvidara completamente que no lleva mi carga genética. La miro y lloro sin poder creerlo aún. Estoy infinitamente agradecida de la mujer que me donó sus óvulos y me dio la posibilidad de ser mamá y de sentir el amor más puro e incondicional. Tuve un parto normal y maravilloso”, cuenta notablemente emocionada.

Pese a todo, constantemente la asaltan algunas dudas sobre ser madre a su edad. “Al tener una brecha generacional muy grande quizás se nos hará muy difícil entender a nuestra hija o acompañarla a medida que crezca. Tal vez la crianza nos cueste un poco. Por otro lado, no sé si voy a tener la energía para poder jugar y acompañarla, o tener la salud para vivir la maternidad como siempre lo imaginé. Eso sí me da miedo”, relata un poco nerviosa. Por el momento, sólo se preocupará de disfrutar la experiencia y hacerlo lo mejor posible. Al igual que Sandra, aún no decide si en un futuro le comentará a su hija la forma en que fue concebida. Todavía faltan años para eso, por lo que prefiere no estresarse. Por lo mismo, decidieron no dar su apellido y así mantener el anonimato. “Muchas de las mujeres con óvulos donados lo hacen a escondidas, se hacen el in vitro pero no le dicen a nadie que él ‘huevo’ no era de ellas o cuentan que fue embarazo espontáneo. Algunas por motivaciones personales, otras por temas religiosos. Hay que pensar que en algunas religiones estos procedimientos son completamente anormales y alejados de Dios, por lo que por eso muchas de ellas cuidan su identidad”, explica el doctor. Público o no, cada vez son más las mujeres que por una u otra razón postergan la maternidad, y la ovodonación se alza como la opción más viable para tener partos normales y armar la familia que siempre soñaron.