Mary Rose Mac-Gill llega con los cachirulos puestos, bluejeans y blusa blanca a la sesión de fotos en pleno barrio Yungay. Viene un poco agitada porque le carga ser impuntual, algo muy british. Afuera, un par de abuelas pregunta: “¿Es la señora Mary Rose?”. No dan crédito a la escena donde la pituca más pituca de Chile entra a un galpón en Carrascal con los tubos todavía en el pelo. Ella se recupera del impasse con una gran sonrisa, se sienta frente al espejo y se entrega sin remilgos a las manos del peluquero, maquilladora, vestuarista, fotógrafos y un largo etcétera.

Afuera, ya no son dos señoras, sino varias quienes esperan que se asome para tomarse una selfie con “la cuica del pueblo”, como la llama un vendedor con carrito. Pronto comprenden que el reconocido personaje de la vida social capitalina tiene para rato y que no hay ninguna posibilidad de que se aparezca a saludar por algún balcón, porque estamos en una ex fábrica del barrio Yungay y no en el Palacio de Buckingham.

Mary Rose Mac-Gill (83) se convirtió en una especie de fenómeno pop desde que comenzaron a circular por las redes sociales las primeras fotos de ella sentada en el Metro a la hora peak mientras se dirigía, elegantísima, desde su departamento en el barrio El Golf hasta el centro para asistir al Municipal o, quizá, a algún acto de beneficencia. Sí, elegantísima y apretadísima como sardina, pero sin transpirar porque, como veremos en esta entrevista, las pitucas también lloran… pero lo hacen en privado.

maryroseinterior1

A sus fotos en el Transantiago se sumó el comercial de atún San José, su paso por la teleserie Pitucas sin lucas y, finalmente, su aparición en el programa Vértigo donde ganó, por voto popular, un viaje a Estados Unidos y un reloj Bulova. Hoy se la puede ver en gigantografías en las micros donde llama a colaborar en la iniciativa ‘La tienda vacía’ que recupera ropa para Desafío Levantemos Chile.

“Muuuuuuuchos años atrás me llamaron para coanimar Travesía (ex Megavisión). Al programa le fue más o menos nomás, pero su director me decía: ‘Mary Rose, no te imaginas la cantidad de cartas que llegan al canal alabándote. ¡Es impresionante cómo te quiere la gente!’”, cuenta sobre su popularidad.

—¿Le reconfortó ese cariño?

—Absolutamente. Es que entonces los críticos me destrozaron. ¡Fue una masacre! Pero yo soy inmisericorde conmigo misma y seguí hasta el final. Cumplí. Sólo llegaba a la casa y le decía a mi marido que todavía estaba vivo: “Tote, mira lo que pusieron acá” (Pone voz de afligida).

—¿Lloró?

—Claro, porque estaba muy herida. Sin embargo, el apoyo de la gente fue impresionante. Decían: “¡Qué bien lo hace! ¡Que siga!”. Todo con mucho cariño. Y fíjate que era la gente más modesta. ¿A qué voy? A que esta cercanía no es de ahora. No te imaginas la cantidad de personas que me pide selfies en la calle y yo ¡jamás! digo que no.

—¿Por qué esta popularidad?

—Quizá por mi enseñanza. Mi papá era escocés, muy inteligente, y en mi casa me enseñaron a respetar a todas las personas. Yo podía no querer a alguien o no gustarme, pero respetar ¡siempre!

—¿Cree que es la heredera natural de Julita Astaburuaga?

—¡No, Jamás! La Julita era única e irrepetible. Las personas no se heredan. La echo mucho de menos por lo que decía, por su encanto, por tantas cosas. El caso de Julita es el de esas personalidades que nacen cada cien años.

—Después del asalto a su departamento, en 2014, con cuchillo y todo, la gente la vio vulnerable.

—Y estoica… Puede ser porque fue muy, pero muy violento. Fue atroz. En un momento, un tipo me puso la mano aquí (Muestra el cuello) y otra sobre el estómago. O sea, no me podía mover. Y de repente, en un minuto, en un segundo, me dije: “Mary Rose now!” porque, como fue mi primer idioma, pienso en inglés. Tiré la ropa de cama para atrás, abrí la puerta y grité ¡Socorro! A eso suma que hace poco me asaltaron a cuadras de mi departamento cuando venía de un té caminando con la Sara Navas. Nos patearon en la cintura, tiraron al suelo y robaron las carteras.

—Luego vino el fenómeno de Pitucas sin Lucas.

—Fue genial. Cuando me reuní con la María Eugenia Recoret, que es una gran directora, me dijo: “Mary Rose, simplemente, queremos que seas tú”. O sea, aquí no estás interpretando a la Juanita Pérez sino que a ti misma. Es más, me pasaron un guión y yo preferí ni mirarlo porque si hay algo que he aprendido es que en la televisión se nota cuando alguien dice la verdad y cuando no lo hace; cuando es espontáneo y cuando no.

—La teleserie tocó un tema muy chileno: la gente ‘bien’ pero venida a menos.

—¡Pero claro! Si yo también he tenido mis vaivenes. Mira, la vida no es pareja. Nadie ha escrito su vida. ¿Te fijas?

maryroseinterior2

—¿Cuáles han sido sus vaivenes?

—Yo iba a Europa todos los años con mis padres por tres meses. Desde el año 1946 hasta que me casé con Julio Subercaseaux (su primer marido) el ’59. Mi madre decía: “¡No puede dejar el colegio!”, y mi papá, que era muy sabio, le explicaba: “Lo que ella va a ver allá le quedará para toda la vida”. Viajé mucho, mucho. Después me tocó con Julio que fue parlamentario y luego con el Tote (Jorge Jarpa) que fue piloto, gerente y vicepresidente de Lan. Conocí todo muy bien: Israel, Siria. Viajé en los grandes transatlánticos (Coincidió con Audrey Hepburn en el Queen Elizabeth).

—Dice que hay que adaptarse. ¿En qué momento lo hizo?

—(Por primera vez queda pensativa) Para la muerte de mi madre. Murió muy, muy joven. Ella tenía apenas 52 y yo —que tenía 27— era muy apegada. Imagínate, hija única.

—¿Qué ocurrió?

—Fue un accidente. Alguien ofreció traerla de vuelta de un matrimonio desde una casa en Providencia. Le insistieron y ella dijo: “ya vamos”. Pasó un chiquillo a todo dar, chocó el auto y la persona que iba manejando sobrevivió malamente. Mi mamá no sobrevivió.

—¿Se deprimió?

—No podía deprimirme porque estaba esperando un hijo (Enrique, el segundo). Era como el tercer mes, que son fregaditos. El gran doctor Víctor Avilés me acompañó y recuerdo que le dijo a mi marido que me diera una pastilla para bajarme un poco la agitación, la pena y todo lo demás. Fue un golpetazo.

—¿Qué significó esa pérdida?

—Ella era mi madre, era todo. Encantadora y progresista, en el sentido de ideas de avanzada: se ponía ropa de color, sombreros, los más lindos que compraba en París. Elegantísima y hacía deportes, jugaba golf, malito, pero jugaba.

—¿Era cariñosa?

—Lo más que hay, pero no era de añuñús (Mary Rose tira besos al aire). Era lo justo y necesario. Bueno, yo tampoco soy así. No me nace y eso no significa que te quiera menos.

“No sacaba nada tirándome a la cama a llorar”, dice Mary Rose sobre la separación de su primer marido, el parlamentario Julio Subercaseaux con quien tuvo sus cuatros hijos Julio y Enrique (los mayores) y Alicia e Isabel (las menores), y quienes le han dado seis nietos. “Yo no lloro y, si lo hago, es privadamente”, explica mientras recuerda la educación con nanny inglesa que le dio su padre, Henry Mac-Gill, un escocés que se enamoró de su madre Alicia Herrera.
Así es. Estoica.

Han pasado varias horas desde que la ex presidenta de la Corporación de Amigos del Teatro Municipal llegó a la sesión de fotos y es la única que no ha probado tentempié. Este ayuno, dice, es la forma en que todavía sus antiguos vestidos le calcen a la perfección. Posa bajo un ventilador, “¡Qué venga el viento Raco, el Siroco!”, dice divertida. Su empleada, Carmen, pide por favor tener unas medialunas a mano porque la señora no ha almorzado y desde Carrascal parte al cumpleaños de su hijo Julio, donde oficiará de anfitriona.

maryroseinterior3

Vuelve frente al espejo y, por primera vez, se ve inquieta. Es por Sofía, su perrita salchicha toy que todavía no llega a las fotos. Desde su silla comienza a dar órdenes como si fuera la primera ministra de Inglaterra. Llamen al chofer, ubiquen a su hijo, “¡Muévanse!”, pero Sofía debe aparecer. Hay tensión.

Mary Rose no concibe la vida sin mascotas, herencia de su padre británico. Por fin a la perrita la bajan de un taxi. Está desorientada; no son sus barrios. Sólo mueve la cola cuando se reencuentra con su dueña. Hay abrazos, besos y hasta añuñús. Luego de unos minutos Sofía ya se siente como en casa. Sabe adaptarse,igual que Mary Rose.

—¿En qué otro momento tuvo que adaptarse?

—Cuando me separé de Julio, mi primer marido y padre de mis cuatro hijos. Fue una cosa consensuada.

—¿Se casó enamorada?

—Claro. Creo que todas las mujeres se casan pensando en que es para toda la vida.

—¿Se sintió juzgada?

—Mira, por mi enseñanza más abierta, más británica —estudié en el colegio Dunalastair donde vi mucha apertura y nada de ninguneo—, nunca sentí que era malo casarse dos veces, sí una pena. Ahora, de que no lo pasé bien, no lo pasé bien.

—¿Por qué?

—Me di cuenta de que la cosa ya no daba para más. Stress a point y los ingleses somos más pragmáticos. No sacaba nada tirándome a la cama a llorar a mares porque con la persona que me había casado, etc, etc. Por lo demás, yo no lloro y si lo hago es privadamente. Es algo muy gringo. Cuando sí lloré fue por lo de mi mamá. Eso fue un shock.

—Dice que no se quedó en la cama llorando.

—No me tiré a la cama a llorar porque tenía que velar por la supervivencia. Y trabajé, por supuesto.

—¿Dónde?

—En la librería Studio. Acababan de abrir una sucursal cerca de lo que hoy es el Drugstore, en Providencia, y necesitaban personas bilingües. Y yo lo era, así que les vine como anillo al dedo.

—¿Sacó a sus hijos adelante?

—Por supuesto. A pesar de que fue sin peleas —Julio fue un gran parlamentario y una gran persona— y yo tenía casa, comida y ropa limpia, estos niños estaban acostumbrados a montones de cosas que ya no tenían. Además, yo quería plata para mi bolsillo. Necesitaba esa libertad.

—¿No le importó que en su círculo pocas mujeres trabajaran?

—¡Para nada! Me importó un pepino. Otras niñitas también trabajaban y, por lo demás, siempre va a ver gente que opina. Una buena cosa de la educación británica es que You can do it (Puedes hacerlo). Recuerdo que tomé un curso en el Manpower de dactilografía y saqué el primer puesto. Había que echarle para adelante. Mira, la mujer chilena, de todos los estratos sociales, es excepcional. Estoica.

—¿Influyó en la separación que Julio Subercaseaux virara políticamente a la izquierda?

—¡Se dio vueeeeeelta! Pero eso fue post Mary Rose, post Mary Rose (Ríe fuerte).

—¿Cómo conoció a su segundo marido (Jorge Jarpa)?

—Lo conocía de toda una vida. Nos casamos en 1973.

maryroseinterior4

—¿Fue un amor fulminante?

—Fue un amor maduro. El había estado casado con la Carmen Rojas, con la cual siempre mantuve la mejor de las amistades.

—¿Echa de menos en su vida un amor como de película?

—No, fíjate. Con el Príncipe Azul no. Primero, porque no existe. Segundo, menos azul. Mira, además, en la vida nada es tan, taaaaan la gran cosa. La vida es lo que es.

—¿Y un tercero?

—No, no. A esta edad no.

—¿Pololo puertas afuera?

—Tampoco, “Mijito ¿cómo amaneció?” ¡Qué lata! Como te dije, estoy feliz, tengo muy buenos amigos, la mayoría más jóvenes porque algunos ya no están.

—¿Le afecta cumplir años?

—Para nada. Ahora, claro, me gustaría tener 40, pero para hacer más cosas. (De todas formas ella no para: hoy trabaja junto a Jorge González Granic para traer por primera vez a esta parte del mundo al principal dancer Roberto Bolle).

—¿Algo que le gustaría conservar?

—La feminidad. Creo que la gente percibe que soy muy femenina y eso es porque soy pro mujer hasta decir basta.

“Estoy preocupada por mi patria”, dice Mary Rose, militante de Renovación Nacional (RN) a quien le pidieron postular como concejala por Vitacura. No aceptó por la edad, pero colabora con Felipe Alessandri que aspira a la alcaldía de Santiago. Con él visitó La Piojera y se empinó un Terremoto, aunque lo suyo es el champagne brut. Hay un momento —dice— en que las cosas empeoraron en Chile y en el mundo: “Cuando a muchos se les puso en la cabeza que lo más importante era ganar más y más plata. Y, claro, vino este show-off (ostentación). A eso suma las redes sociales donde la gente muestra puras cosas macanudas. Entonces viene la envidia, el resentimiento. Pensar que todo el mundo está mejor que tú, cuando, la verdad, es que en mi caso puedo estar pasándolo como el ajo”.

—¿Por qué?

—Por mi país. Mi país se está desgranando. Estoy muy preocupada porque una señora que es presidente —a quien respeto por el cargo que tiene— no puede decir: “Nos vamos a preocupar ahora por el tema de las AFP”. ¡Recién ahora con 90 mil personas marchando!

—¿Qué le pareció la marcha?

—Toda la razón. Los domingos voy a misa a una iglesia que hay en Lastarria y el otro día, cuando voy saliendo para tomar el metro, pregunto ¿Y ese ruido? Y ahí me dicen que es la marcha por las AFP. ¡No imaginas las hordas que emergían desde el metro para unirse a la marcha! Familias enteras, con abuelos y niños; gente del barrio alto y me decían: “¡Vamos Mary Rose!”.

—¿Se unió?

—No, les dije: “Estoy de observadora”. De observadora internacional (Ríe). Mira, hemos tenido varios presidentes y ninguno le ha hincado el diente al tema de las pensiones. Las pensiones son una porquería.

—Pero esto de las AFP fue un invento de Pinochet con su ministro José Piñera.

—Es que a través de los años hasta las mejores ideas necesitan mutar. ¡Sí esto de las 90 mil personas marchando es mucha gente! Menos mal que no rompieron nada. Las cosas cambian y debes hacer ajustes, pero para eso necesitas gente de primer nivel intelectual.

—¿Cómo se las arregla usted?

—Recibo una pensión y tengo mis entradas por otra parte.

maryroseinterior5

—¿Vive al justo?

—Vivo bien. No iré a la Luna porque ya no me interesa. Soy vicepresidenta de la Corporación de Patrimonio Religioso y Cultural que preside Marta Cruz-Coke y que es harto trabajo (ad honorem). Hay que apañárselas como una pueda. Además, no soy botarate porque no me nace.

—¿Una pituca no es botarate?

—No. Es normal. Volvemos a lo primero. ¿Por qué me quiere la gente? Porque vivo igual a ellos.

—¿Cree que la ven como a una igual?

—Absolutamente.

—¿A pesar de que aparezca en las páginas sociales y se vista tan elegante?

—Mira, cuando iba a las poblaciones lo primero que me decían: “tienes que ir como te vistes tú porque así te ve la gente. No vayas disfrazada”. Nunca he tenido dos caras. Hoy me ves con un pantalón y con un sweater que me habrá costado su platita, pero me dura porque lo cuido.

—¿Quedan pocas pitucas en Chile?

—Pocas.

—¿Le da pena?

—Sí (Se le quiebra un poco la voz).

—¿Por qué?

—Porque ese es el verdadero Chile. Es la raíz. Me da pena ver cómo el corazón de Chile desaparece poco a poco. Se pierden las tradiciones, como ir a votar, por ejemplo. Me lo dijo una vez Carlos Larraín (ex presidente de RN): ‘Nadie quiere fregarse’.

—¿La elite le está fallando a su país?

—Por supuesto. No quieren moverse. Para las últimas elecciones municipales quienes no votaron fueron, básicamente, personas del barrio alto ¿Por qué? ¡Porque estaban en Zapallaaaaar; porque estaban en Eurooooopa! Pero también hay gente macanuda. No metamos a todos en el mismo saco.

—¿Y esa gente la encuentra tanto en la izquierda como en la derecha?

—Más en la derecha. Me cambié a Santiago para apoyar a Felipe Alessandri. ¡Me gustaría que existieran 20 Felipes! Este chiquillo ubica hasta el último callejón de Santiago y se demora 10 minutos en contestarle ¡A todos!

—¿Qué le parece la gente que anuncia que se va del país como Hernán Büchi?

—¿Y dónde se va a ir? ¿A Siria? Dime ¿qué país de Europa es hoy tan seguro? La gente que dice eso va a volver igual. Yo no me iría jamás de Chile. No me fui en la UP ¿y me voy a ir ahora? Es ridículo. La pelea hay que darla aquí.

—Por último, ¿le molesta que le digan ‘momia’?

—Me asumo como una persona conservadora. A mí lo de ‘momia’ me parece simpático. Pero pon, escribe ahí (indica la libreta de apuntes) que soy una “momia viva y con opinión”.

DECÁLOGO: Cuica v/s Pituca

“Me cae bien la palabra cuica. ¿Qué distingue a una pituca de una cuica? Que la pituca es montada en el hilo. Se sube al Metro o a la micro y va feliz. La cuica tiene autos enormes, lo que es ridículo en Santiago.

“La cuica viaja y luego habla tres horas de los lugares que visitó y, claro, de lo que compró. Una lata. La pituca no hace alarde”.

“La cuica, entre más arriba viva, mejor. ¡En cualquier momento llegan a Mendoza! La pituca, en cambio, es práctica: yo vivo a cuadras del Metro, en un departamento con jardín, cerca de todo”.

“Tengo amigas cuicas que, de repente, aparecen con una cara distinta. Creo en la cirugía plástica y reconstructiva si hay un defecto que afecta la autoestima, especialmente de los niños. ¿Pero para verse más joven? A waste of time and money (Una pérdida de tiempo y plata) Hay otras cosas que delatan la edad como las manos. ¿Qué sacas con andar con la cara estirada?”.

“La pituca siempre está dispuesta a colaborar en causas benéficas. Tiene interés político y opinión. La cuica sufre de ‘yoísmo’: yo, yo, yo. Muy cansador”.

“La pituca es enferma de puntual. La cuica ojalá llegue última para que todos la miren”.

“La cuica tiene mucha ropa, la pituca cuida la que tiene”.

“La cuica tiende al name dropping: estuve con tal o cual personaje. Yo conocí a Churchill, pero no puedo hacer de eso mi tema. La cuica vive en el mundo de Bilz y Pap, la pituca en la realidad”.

“La cuica  tiene perros con pompones —no molestan a nadie eso sí—, que usan como un accesorio. Para la pituca la mascota es parte de la familia”.