Poco antes de casarse en mayo de 2004, la princesa Letizia Ortiz tuvo una pequeña indecisión: sopesar las limitaciones a su libertad que tendría su ingreso a la monarquía española. Era una incertidumbre no menor. Su nuevo rol le granjeaba una visibilidad total y Letizia quería mantener la privacidad de ciudadana anónima. Durante sus primeros años de matrimonio con el príncipe Felipe, la situación fue complicada. Las cámaras la captaban en todos sus movimientos. Hasta que, con el tiempo, logró hacer una vida más común: salir a comer a un restorán; ir al cine con amigos y observar a bandas de rock independiente en sus giras hispanas.

De todas estas aficiones, lo que más atrae a Letizia es la música. Si el año pasado celebró su cumpleaños 40 asistiendo al show madrileño de la banda de Las Vegas, The Killers, esta temporada estuvo en el Festival Internacional Benicassim —que reunió a 35 mil personas—, vio al grupo pop español Los Planetas, y presenció en abril pasado el espectáculo de su máximo ídolo: el estadounidense Eels.

De todas estas aficiones, lo que más atrae a Letizia es la música.

En las visitas a esos conciertos, la princesa cumple siempre los mismos formalismos. Nunca está acompañada por su marido —a él no le gustan las bandas de rock y prefiere a los Hombres G y Luz Casal—, compra sus entradas, asiste con un par de amigos y algunos guardaespaldas que la cubren a una distancia prudente y avisa a la producción de esos eventos que asistirá sólo unas horas antes. Además, por razones de seguridad, llega cuando el show ha comenzado.

Ese protocolo, tan ajeno a las estructuras rígidas de la monarquía, es un punto a favor para Letizia. Los mismos españoles la alaban y se sorprenden de su determinación. Porque no busca sacar provecho de su estatus, sino que se ubica en cualquier lugar de los respectivos recintos sin ampulosidad. Más bien, guardando discreción. “(Para el show de Eels) nos encontramos a Letizia junto a una barra del fondo. Le acompañaban un par de amigos y en la distancia, un par de escoltas. La gente la observaba y comentaba la jugada, pero nadie la saludaba. Cuando me acerqué y me presenté, dejó de hablar inmediatamente con sus acompañantes para charlar conmigo y una amiga”, afirmó Lago Fernández, responsable editorial de la revista gratuita Vice.

Esa noche marcó una distinción en el ceremonial tradicional de la princesa. Su plan habitual de llegar con el show en marcha fue modificado. De acuerdo a los productores, la mujer pidió hacer una excepción: compartir con el músico en el backstage, unos minutos antes de su presentación. Es su mayor ídolo. El artista que, por supuesto, no conocía el fanatismo de Letizia Ortiz por sus canciones, aceptó de inmediato. La breve reunión quedó plasmada en una foto junto al cantante y en una dedicatoria en su libro biográfico, “Cosas que mis nietos deberían saber” (2009). “La princesa sacó el iPhone de su bolso para enseñarnos la foto que se había tomado con Mark Oliver Everett y nos recomendó leer las memorias noveladas de Everett”, añadió Fernández.

Las salidas nocturnas en solitario de la princesa han llamado la atención de la prensa española que, durante los últimos meses, ha puesto en duda su estabilidad matrimonial. En agosto pasado, por ejemplo, la Casa Real tuvo que salir a desmentir los supuestos problemas de la pareja con un comunicado después de la vuelta de Letizia a Madrid tras estar sólo cinco días en Mallorca junto a su familia. “No hay crisis matrimonial, sino una crisis en la percepción pública motivada por la interpretación errónea de determinados hechos” y enfatizando que Felipe “está enamorado de su mujer”.

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Llamado el ‘Kurt Vonnegut del rock’ por la revista Rolling Stone y el ‘Beck oscuro’ por sus fanáticos, Mark Oliver Everett, el hombre que se esconde tras Eels, puede resumir su vida en una sola palabra: tragedia. A sus 50 años, su historia está llena de cachetazos del destino. En 1982, justo al día siguiente que había tenido la primera conversación profunda con su padre, el físico Hugh Everett —una eminencia que se escribía con Einstein—, lo encontró muerto en el living de su casa.

Los infortunios se sucedieron como si estuviera predestinado al sufrimiento: cuando su segundo disco, Electro Shock Blues (1998), lo transformó en un artista emergente y reconocido —gracias a Cancer for Cure, tema que apareció en la premiada película Belleza Americana (1999)—, su hermana se suicidó tras años combatiendo una dependencia a las drogas. En ese mismo período, a su madre le detectaron un tumor incurable. Seis meses después de esa nefasta revelación, murió.

Eels, un hombre con una bajísima autoestima desde su infancia, comenzó a exorcizar sus penas de la única forma que pudo para seguir adelante: a través de sus canciones. Sus líricas sobre drogas, locura y oscuridad encontraron una promoción insólita que ayudó en su difusión. El presidente estadounidense George W. Bush declaró en una entrevista que su música “era nociva para la juventud estadounidense”.

Esos temas tristes, pero optimistas; perturbadores y dulces al mismo tiempo se fueron propagando en masividad y alcanzaron su punto máximo en 2009 cuando Eels editó su libro autobiográfico, “Cosas que mis nietos deberían saber“. Escrito durante cuatro años, el texto se transformó en una revelación. El líder de The Who, Pete Townshend, lo definió como “uno de los mejores libros escritos por un artista” y la revista británica “Q” añadió que fue “el mejor libro de autoayuda de los últimos años”.

El presidente estadounidense George W. Bush declaró en una entrevista que su música “era nociva para la juventud estadounidense”.

Éxito de ventas y con diez ediciones, el material se tradujo en varios idiomas —hace dos años fue publicado en Chile—. De título paradójico en un hombre que no tiene hijos, “Cosas que mis nietos deberían saber” es un relato emocionante y sentimental. Sin la suficiencia de los rockeros, Everett se muestra como una persona a la deriva, con novias que lo abandonan por su comportamiento freak y refugiado en sus canciones como único antídoto contra la tristeza.

Sus traspiés son impresionantes: el 10 de septiembre de 2001, recibió una tarjeta de su prima Jennifer que cerraba con “la vida es maravillosa”. Al día siguiente, ella era una de las tripulantes —junto a su marido— de un avión que chocó contra el Pentágono. Años más tarde, quiso comprar una casa donde había vivido su adorado Johnny Cash. Unas semanas después de consultar el valor, la vivienda se incendió. Su obra, asegura, tuvo una sola referencia: Brother Ray, la autobiografía de Ray Charles. “La leí cuando era adolescente y me dejó impresionado. Me alucinó su estilo conversacional, parecía que Ray te estaba hablando. Me provocó un enorme impacto porque era honesto y cándido”.

Con peaks musicales indispensables en Souljacker (2001), Blinking Lights and Others Revelations (2005) y el reciente, Wonderful, Glorious (2013), Everett planea la segunda parte escrita de su vida. “En cuarenta años escribiré la segunda parte de mis memorias y, si todo va bien, mi objetivo es que sea un libro completamente aburrido”, declaró en una entrevista.

Según los que presenciaron la breve conversación de Letizia y Mark Everett en el backstage de su espectáculo madrileño, la mujer le confesó que estaría feliz de leer una segunda parte de su biografía, aunque ojalá durante los próximos diez años. Everett, sorprendido, la observó y agradeció. Sin creer que una heredera a la Casa Real estuviera interesado en las historias de un hombre que, a juzgar por las páginas del libro, es tan poco rockero. Pero hoy es el otro hombre de Letizia.