Tenía que pasar tres horas en el hospital Calvo Mackenna, haciendo lo que más le gusta: pasearse por los pasillos, mirar los boxes y ver quién está interesado en escuchar un nuevo cuento. “Nuestro rol es ir tocando campanitas y cuando un niño quiere que le lean, entro a su pieza y leemos. Es impresionante escuchar lo que te dicen y cómo se imaginan el mundo de afuera. Cambian la realidad de agujas y doctores por historias de sapos y princesas”, cuenta.

En esas idas al hospital conoció a Nicolás. “Iba por los pasillos y de repente escuché un grito súper tímido: ‘Tía, tía’. Entré y vi a este morenito flaco de siete años, con la cara súper dulce y exquisita”. El encuentro fue un ritual que se consagró cuando preguntó cómo se llamaba —Nicolás— respondió la madre.  “No podía creer que se llamaba igual a mi único hijo hombre, que hace poco tiempo se había ido a vivir a París”, recuerda.

A la semana, desde la Fundación le preguntaron si quería ser su madrina, y aceptó. “Entendí que la vida me mandaba a un Nico para que yo regaloneara y quisiera acá en Santiago y sentí que estaba remplazando al mío. Desde ahí han pasado siete años, y cada día que pasa María Elena confiesa que quiere más al Nico Bambi, como lo bautizó después del primer encuentro.

Nicolás Leiva tiene fibrosis quística, una enfermedad crónica y hereditaria, que afecta en mayor porcentaje a hombres y en Chile reporta más de treinta casos anuales. Su tratamiento es largo y obliga a tomar antibióticos de por vida, exigiendo a los niños que se hospitalicen cada 21 días. La gran mayoría de los casos son recibidos en el Calvo Mackenna, a donde se deriva un alto porcentaje de enfermos de regiones, que al igual que Nicolás pasan largos periodos sin sus madres. La familia de Nicolás vive en Cauquenes, y Gloria, su mamá lo acompaña durante toda la hospitalización en que recibe el tratamiento. Cuando no puede, lo hace la ‘Nina’, como llaman cariñosamente a María Elena.

Cuando María Elena habla de Nicolás, sonríe y se emociona. “El Nico es un niño adorable que me puso así por madrina. Se me ha ido convirtiendo de un chiquito tímido, a un lolo buen mozo. Nunca me pide nada y cuando lo voy a ver siempre me dice que está bien, aunque sé que muchas veces llora solo. No le gusta que lo vean mal”.

Con Gloria, la mamá de Nicolás a quien conoció en las largas tardes en el hospital, se han hecho amigas”. Para María Elena, la ‘Gloria calcetín’ como le llamó antes de saber su apellido, porque hacía calcetines chilotes, es una mujer magnífica que representa todo lo que tiene que tener la chilena. “Es una excelente mamá y amiga, sabia y esforzada, que creo que exagera con la ayuda que yo le puedo dar. Una vez me llamó desde el sur a las doce de la noche para decirme que tenían que venir de urgencia a Santiago, porque el niño estaba mal. Con mi hija partimos como a las tres la mañana a buscarlos a Estación Central. Esa noche llovía y hacía un frío atroz. Le dije que se fuera a dormir a mi casa, y eso es algo que ella dice que nunca olvidará. A nosotros no nos costó nada, pero para ella fue un regalo”.

Las amigas le dicen que para qué se involucra en una relación así y cómo resiste tanta pena en el hospital, “pero les digo que están súper equivocadas. Acá no te mueres de la pena, te mueres de la alegría. Pensar que Nico Bambi algún día pueda dejarnos, no es un tema, no he pensado en ponerle freno a esta relación y quiero que siga creciendo. Es tan gratificante. Yo los quiero mucho a ellos y siento una tremenda conexión con él. Ojalá que Niquito viva harto. Sueño para él lo que Dios diga, que el tiempo que esté con nosotros sea feliz. Espero que su vida sea lo mejor y no me cabe duda que es así. Ya me estoy emocionando mucho”.