Es época de PSU. De graduaciones, evaluaciones, pruebas recuperativas. Cuando tenemos hijos, el colegio forma parte de nuestras conversaciones durante todo el año. Pero en diciembre el asunto se vuelve casi tan monotemático como mirar el saldo de la cuenta corriente a final de mes.

Da lo mismo si se trata de un niño de kinder o de un adolescente que sueña con ser ingeniero y debe hacer el reconocimiento de sala. Todos estamos paranoicos por culpa de un sistema de educación cada vez más perverso.

Cuando escucho a amigas que lloran como marranas ante la posibilidad concreta de que a su hijo de 4 años se lo dejen repitiendo –en ¡jardín infantil!– porque es incapaz de juntar un dibujo de tres peras con el número tres, me dan ganas de salir a incendiar colegios. Bueno, nunca tanto, pero qué ganas de zamarrear a esos docentes imbéciles.
¿Se acuerdan de Charles Darwin? En 1859 él resumía su célebre teoría sobre la selección natural más o menos así: “Debido a que se producen más individuos de los que pueden sobrevivir, tiene que haber en cada caso una lucha por la existencia (…) Esta conservación de las diferencias y variaciones favorables de los individuos y la destrucción de las que son perjudiciales es lo que he llamado selección natural”.

Los colegios de Chile nos están proponiendo un modelo a lo Darwin. Que pasen de curso sólo los mejores. Sólo los que suman bien, corren bien, se portan bien, comen bien. Los otros, los ‘defectuosos’, fuera de la fila.
Sepan disculparme, pero creo que si no ponemos pie en el freno nuestros hijos están condenados a ser unos oficinistas mediocres sin ninguna capacidad de inclusión, ni de aceptar diferencias. Y menos de sobresalir.

Estamos todos tan preocupados tratando de que los niños encajen en este modelo ridículo que cuando llega el verano nos quejamos porque se aburren y creemos que es porque son parte de la generación del XBOX y la Play. No es cierto. Se aburren porque no tienen la más puta idea de qué hacer con el tiempo libre…
Ahora que vienen las vacaciones, las invito a borrar de sus agendas las citas con neurólogos, psicólogos y toda clase de “ólogos”. Diviértanse con sus hijos, abrácenlos, vayan a los partidos de fútbol, bailen, maquíllense. Esa es la forma de enseñarles el instinto de supervivencia. Porque de eso también hablaba Darwin. Si mañana explota una bomba y todo lo que conocemos desaparece menos las palmeras, no va a sobrevivir el niño con promedio siete, sino el que sepa treparse y pueda romper los cocos.
Einstein era distinto, Thomas Edison, Steve Jobs, … Como dice el inventor Sir James Dyson: “Nos enseñan a hacer las cosas de la manera correcta, pero si quieres descubrir algo que nadie más ha descubierto, debes hacerlo de la manera errónea”.

Pueden conformarse metiéndolos en el modelo, pero después no se quejen. Por algo el libro de Robert Kiyosaki Why “A” Students Work for “C” Students es récord de ventas. En su último texto, el autor de bestsellers de finanzas personales más importante del mundo (Padre rico, padre pobre) habla de lo peligroso que resulta que el sistema educativo atente contra la creatividad de los potenciales emprendedores. El libro no se consigue en Chile. Vaya uno a saber por qué…