Luego de cuatro meses desde que el vikingo partió rumbo a Kabul, nos reencontramos en el aeropuerto para partir de vacaciones con nuestras hijas a la mágica India.

La primera parada del plan era Nueva Delhi. Calurosa, húmeda, caótica, esquizofrénica… y fantástica. Entendí de un plumazo a quienes me habían dicho que este país no es de términos medio: o lo amas o lo odias. Nosotros decidimos y sentimos que con todos sus contrastes y magnífico caos, la íbamos a amar.

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Con un calor que se sentía como un verdadero bloque sólido que te aplasta, partimos a ver algunos de los “imperdibles”: el Fuerte Rojo, que no es ni la sombra de lo que fue durante el imperio mogol, desmantelado por los británicos a mediados del siglo XIX.

Chandi Chowk, la calle principal de la Vieja Delhi, quizás uno de los lugares más “vivos” que he visto en mi vida, pensé mientras nuestros rickshaws buscaban su ruta entre motos, autos, camiones, peatones musulmanes, hindúes, cristianos, sin olvidar mencionar casuales cabras y vacas… ¡Sencillamente increíble! Jama Masjid, la mezquita más grande de India así como la Puerta India -donde capeamos el calor con uno de los más deliciosos helados que hayamos probado-, la tumba de Humayuns -una espectacular construcción de ladrillo rojo y mármol- y el lugar donde Mahatma Gandhi fue asesinado de un disparo en 1948, nos maravillaron.

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Así como nuestra cámara de fotos y los smartphones no dejaban de documentar nuestra aventura, ésta se iba alargando cada vez que alguien armándose de valor se nos acercaba para pedirnos posar para una foto o una selfie. El vikingo y su barba ahora colorina y cana y las mini vikingas, blancas nórdicas, claramente llamaban la atención. Pero como lo mejor de los planes son las desviaciones, agobiados por el calor y el peso de la humedad, y tras una breve investigación sobre temas de seguridad, en vez de seguir hacia Jaipur, nos vinimos al valle de Cachemira, al norte del país, a los pies de los Himalayas.

Y aquí estamos, en Srinagar, donde nos recibió Bashir Karnai, quien se ha encargado de instalarnos en una tradicional y encantadora casa-bote, desde cuyas ventanas cada mañana disfrutamos comprando flores frescas y desde cuyo tejado podemos re-enamorarnos con cada puesta de sol. Nos esperan los Himalayas, los jardines mogoles, más fuertes históricos y hay quienes dicen que la tumba de Jesucristo, está también aquí -veremos qué descubro sobre esa teoría-… y bueno algo más de este vasto e increíblemente mágico país. ¡Namaste!

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