“Parecen hermanas”, “pensé que eran amigas”. Esos son los tipos de comentarios que recibimos mi mamá y yo cuando salimos juntas. Siempre hemos pensado que se trata de una cosa física, pues es evidente que nos parecemos mucho y además no tenemos tanta diferencia de edad. Pero mirado más de cerca creo que este tipo de comentarios al final no sólo se refieren a la forma de nuestras narices o a lo joven que se ve ella. Creo que tiene que ver más bien con la actitud.

Una de las cosas más raras que ocurrieron cuando me independicé y me fui de la casa hace años fue el cambio en nuestra relación. De repente, nos convertimos en amigas, compinches, Piti y Poti. Nuestra relación es más de amistad y de complicidad que la típica madre-hija. 

La distancia —que nunca fue tanta— hizo que nos viéramos distinto, que nos esforzáramos por armar panoramas y que conserváramos con especial cariño las tonteras que nos encanta hacer juntas, como visitar todos los counters de las marcas de belleza y salir encremadas y maquilladas del mall listas para un carnaval. 

Supongo que ella ya no siente esa responsabilidad de tener que decir las palabras precisas o el consejo adecuado todo el tiempo. Ahora todo es más libre, somos independientes, dos amigas que lo pasan bien estando juntas, que son capaces de reírse y también de ponerse serias de vez en cuando. 

Cuando hablo de la madre amiga, estoy hablando de la madre ‘sanamente amiga’, no de las progenitoras estilo Kris Jenner, la mamá de Kim Kardashian, que parece querer devorar a sus hijas y se ve desesperada no sólo por convertirse en una de ellas, sino que tampoco se aguanta las ganas de competir con ellas.  

No. Acá hablo, de las adorables madres que son capaces de convertirse en amigas de las hijas sin cruzar la delgada línea que separa ese estatus de la mamá-amiga-pegote-déjame respirar.

Y también hablo de las hijas que son capaces de bajar las barreras y se permiten abrazar a sus madres tal como son: mujeres que se equivocan, que tienen aciertos, sentido del humor y un par de historias que contar. 

Las ‘madres- hijas- amigas’ están en todas partes: almorzando juntas un sábado, yendo al cine, en una clase de yoga, en una feria libre, caminando por el centro, echadas en un sillón viendo televisión.

Nadie me contó que uno de los momentos más bonitos e interesantes como hija iba a ocurrir cuando pudiera mirar a los ojos a mi mamá sin tener que ponerme en punta de pies.