En la mesa de comedor de una casa en Talagante se sirve el té en una atmósfera extraña con largos silencios, miradas y donde pocos que se atreven a comer. Sobre el mantel, recuerdos que retratan una vida entera; cartas manchadas de café, medallitas y fotos, mezcladas entre pasaportes, actas de nacimiento, depósitos bancarios, antiguos pasajes de avión y recortes de prensa. Son los actores de esta película que quedó paralizada por cuarenta años y dejan demasiadas preguntas sin responder a la familia Lezaeta.

Sus integrantes pasan los días en medio de las dudas, la rabia y otros, simplemente se ríen. Todo con el objetivo de unir esta historia desparramada, sin orden y que le cuesta demasiado narrar a Luis Fernando, su protagonista.

Los documentos huelen añejos y hay que tocarlos con cuidado, porque se desarman. Son parte de la casi nula evidencia que existe en el país, para uno de los casos de tráfico de niños más famosos de Europa. 

Dobles identidades, certificados firmados por personas que no existen, en lugares que no calzan o no corresponden. Evidencias que llevan más de cuarenta años esperando hablar de una historia no contada.

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Cada vez que Fernando las lee, sólo puede llegar hasta la mitad. Para ayudarlo está Paty, su señora, una de las pocas que se ha atrevido a seguir con la investigación. Le tiemblan las manos y la voz se le quiebra al preguntarle a su marido sobre el pasado o cuando le pide que le muestre un nuevo papel. Cada dato es una prueba concreta de una verdad que cuesta reconocer: Fernando fue robado y vendido al nacer. De eso se enteró hace tres años. “Hemos vivido este dolor de recordar un par de veces con la prensa española y a él no le gusta revisar esta historia. Queda como si su alma se fuera a otro lado. Hay demasiadas cosas que no entendemos aún”, dice Paty

—Con cuál de todos estos te quieres reír, me pregunta Fernando mientras tomo uno de los papeles. 

—¿Risa?

—Qué quieres que haga. No me queda otra, aunque esté hecho pedazos por dentro, prefiero reírme de todo lo que me está pasando. Me río de puro nervio, dice. 

‘¿Por qué llora tanto la mamá… por Fernandito? Si yo estoy acá’, preguntó a los quince años. Venía llegando del colegio Padres Franceses y no era la única vez que escuchaba a su madre llorar. Su padre, el teniente coronel y comandante de Regimiento de Antofagasta, Fernando Lezaeta Castillo, lo miró y le contó una verdad que se encontraba oculta desde su nacimiento: que el Fernandito por el que lloraba la madre era una guagua que había muerto a los pocos meses de nacer. “Tú eres adoptado. Te trajimos desde España”, le dijo. 

Le entregó cartas, fotos y actas de nacimiento. En una maleta estaban todas las piezas del puzzle para que Fernando armara su historia. Bastaron cuatro palabras de su madre, Inés Hurtado, para que las preguntas se acallaran. “Me vas a meter en problemas. Quema todo eso”. Era 1976.  

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Ahí entendió. “Me enojé, me sentía rechazado por la familia. No tenía cupo”, recuerda Fernando. Reconoce que su infancia fue con cariño, pero se sentía muy solo. “Me crié en la plaza, a la fuerza, haciendo yo mis amigos. Tuve que tener la fortaleza de buscarlos. En el colegio me costaba hacerlos. Cada vez que me cambiaban de colegio sufría. No me adaptaba y recorrí diferentes establecimientos. El Saint George, los Padres Franceses y el Marshall están dentro de la lista”. Y sus vacaciones no eran mejores. “Llegaba a mi casa donde veía a los primos que eran mayores. Pero a mí me dejaban encerrado… no me dejaban salir”, recuerda con nostalgia. 

Tuvieron que pasar cincuenta años y la muerte de ambos padres, para que Fernando se atreviera a ir contra la voluntad de su madre. En el otoño del 2011 metió todo a un maletín con el objetivo de preparar un viaje a España, donde recuperaría su pasaporte de nacimiento para lo cual recurrió a un abogado que lo ayudaría con los trámites. Sin embargo, la vida le tenía preparada otra sorpresa. El abogado de Talagante, Roque Montenegro, le preguntó si sabía qué contenían esos papeles. Fernando no lo sabía con seguridad. ‘¿Ves lo que tienes acá? ¿Tú sabes que eres robado, cierto?’, le comentó el profesional. Fernando quedó helado. ‘A ti te hicieron un secuestro permanente. Si logramos demostrar que así fue, podrías vivir tú y dos generaciones tuyas sin trabajar un peso’, le dijo el abogado.

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Desde ese día reconoce que se desarmó, que ahora entiende por qué se ha sentido perdido en la vida. Ha hecho de todo y siempre ha estado preocupado de buscar su identidad. No sabe quién es su madre. “Que me digan, por último, que me abandonó y, si fue así, ¿qué pasó, dónde están los papeles firmados donde renunció a su maternidad? ¿Quién era ella?”.

Luis Aguirre García se llama en España. Luis Fernando Lezaeta en Chile. En ambos países está inscrito como hijo natural. No se puede verificar su adopción. “En Chile soy uno, y en España soy otro. Podría estafar a medio mundo si quisiera, y nadie se daría cuenta, porque no existo”.

Tiene pocas cosas claras. No sabe dónde nació, porque el único documento que tiene esa información está vacío. “Expósito”, dice. La palabra elegante para hablar de “guachos” durante la época franquista. Nadie se preocupó de rellenar el lugar ni la región. Tampoco firmaron ni se hicieron responsables al recibirle en la “Inclusa” o la famosa Casa O’Donnell 50. “Acá no aparezco ni con una mamá, ni una loba sale que me tuvo”.

Piensa que nació en algún lugar del norte de España, que puede ser vasco, porque odia el calor. Pero basta que alguien le diga “tienes cara de…” y las dudas vuelven a aparecer. “Tengo un carácter muy malo. Así que debo ser del norte”, confiesa entre risas. Porque eso es lo que hace él: reír para no llorar.

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 “Te juro que cuando veo esto, tirito de rabia y dolor”, dice mientras toma la primera carta con fecha 30 de noviembre de 1958 y que evidencia que la adopción de Fernando se realizó por medio de un encargo militar entre el teniente coronel Félix Alvarez Arenas y su padre, el teniente coronel Fernando Lezaeta Castillo: ‘…Estimado amigo… nos hemos decidido por un hombrecito que no supere los dos años… si encuentra un niño que demuestra inteligencia, carácter y buen aspecto físico, ojalá sea castaño o rubio. De aire bondadoso, pero resuelto, lo aceptaríamos encantados…” La firma: Fernando Lezaeta Castillo.  

Ese mismo día, en algún lugar de España, nació Fernando, lo registran como Luis Aguirre García. Lo que pasó en el camino nadie lo sabe. A los cuatro días llegó a la “Inclusa”. 

Con el pasar de los días, el niño empezó a desnutrirse y Alvarez Arenas se lo llevó a su casa. Ahí lo cuidó su señora, Rosa María Cisneros hasta que estuviera listo para viajar a Chile. Desde acá seguían atentos a las noticias de España, pero los trámites empezaron a atrasarse. 

El obispo de Antofagasta, Francisco de Borja Valenzuela Ríos, intervino enviando cartas que promocionaban a los futuros padres. Además de la tramitación del certificado de bautismo.

Ahí los Lezaeta Hurtado comienzan con el envío de depósitos en pesetas para que los “trámites” se agilizaran. Todo en un país donde los procesos de adopción eran gratuitos. ‘…Usted nos dice cuánto necesita para el viaje, regalitos y demás trámites para cuando el niño llegue a Santiago’, indica otra carta escrita por el teniente coronel Lezaeta. 

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Las misivas entre Chile y España y viceversa duraron casi un año, tiempo en que tramitaron la transacción. De España a Chile. De Chile a España. De teniente coronel chileno a teniente coronel español. 500.002 pesetas fue la cifra final, equivalente, en ese tiempo, a tres departamentos ultralujosos en la Plaza Mayor de Madrid . 

“Esta es una orden militar. Dime a qué niño lo adoptan por una orden militar”, dice Fernando. 

Faltaba lo más importante, sacarlo del país. “Las gestiones para sacar al bebé fueron fáciles, ya que se contó con el apoyo de Callejos, el cónsul de Chile en Madrid y el responsable de negocios de la Embajada chilena; Ramón Luis Rodríguez, quien colaboró con el general franquista Alvarez- Arenas para llevarse lo más pronto el niño a Chile”, cuenta El Diagonal, en una nota publicada el 2011.

Salió con visa de turista española. El plan inicial era que la monja chilena de la orden Teresiana, Teresa Salas lo trajera. “Las monjas usan vestimenta civil, porque fueron perseguidas durante la guerra. Esto no levantaría sospechas”, decía una carta. Finalmente se lo trajo una azafata de Iberia, porque Salas no viajaría a Chile “Salí a los siete meses de ese país y todavía sigo paseando como turista por acá”, comenta Fernando.

Madrid-Lisboa y luego a Sao Paulo- Santiago, fue el destino del vuelo Iberia, del que Fernando aún conserva los pasajes. Antofagasta fue el destino final, donde al año siguiente lo inscribieron con otro nombre y como hijo biológico de la familia, en otro documento firmado por una matrona de apellido Mancilla, que según Fernando no existe. 

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Fernando vivió su adolescencia con dudas y dolor. Todo porque como cuenta “no se supo adaptar”. “Me daba vergüenza lo que me estaba pasando. Me llevaban al sicólogo y yo no contaba nada. Las peores notas eran las mías. La alta alcurnia chilena puede ser muy cruel. Imagina que yo hubiera dicho que soy adoptado”, dice.  

En el Saint George estuvo con José Luis Hurtado Vidal, su primo y amigo, quien también había sido un niño de la “Inclusa”, y que ayudó a Fernando a seguir investigando la verdad. En el camino de la búsqueda se encontró con los otros ocho chilenos que habían sido “hermanos de cuna”. Entre ellos, María Jesús Vicuña Guerrero, quien tampoco conoció a sus padres biológicos. Los nombres de los otros casos aún no han sido revelados. Fernando cuenta que uno de ellos se habría suicidado.

En el camino, conoció a Belén Mac-Clure Hortal, una chilena catalana que buscaba un familiar en España. Ella lo contactó con Enrique Vila Torres, abogado español, quien también descubrió su origen de niño robado desde una “Inclusa” en Valencia. Todos lo motivaron a atreverse e ir en búsqueda de lo que le faltaba: volver a su tierra natal, España. 

Usó su nombre de Luis Aguirre García para obtener el resto de los documentos que le faltaban. Ese día Fernando había amanecido nervioso. Recuerda que al bajar en Barajas recibió de golpe un aroma que le era familiar. “Me sentí como en casa”. 

Recorrió las calles de Madrid. Tenía que sacarle fotos al lugar donde supuestamente había sido recibido: la “Inclusa”, ubicada en la calle O’Donnell 50. Muy cerca del centro y del antiguo hospital de Maternidad, Santa Catalina. 

“Caminaba por las calles, mirando a la gente para ver quién se parecía a mí”.

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Fue hasta el lugar que pensaba que era su casa. Se encontró con que no quedaba nada de lo que había dejado. Hoy el edificio es un monumento nacional. Recuerda que cuando estaba sacando fotos, lo paró un guardia y le dijo que tenía que salir. “Yo nací aquí, ésta es mi casa, tengo todo el derecho. De aquí me robaron. Soy igual de español que tú”, le dijo en su acento chileno. Tenía 53 años.

Hoy dos años después de ese viaje busca justicia. “Estoy dolido con España. Lo que necesito es que me devuelvan mis derechos y mi jubilación. Lo mínimo que estoy pidiendo es que el Estado español reconozca lo que hizo”. Fernando ha iniciado su propia cruzada, ya consiguió su pasaporte español en España, porque en “el consulado español no le dieron bola”, como cuenta Paty. Se entrevistó con una serie de medios de ese país, donde se investiga el caso de las guaguas robadas no sólo de O’Donnell, sino que también de otras “Inclusas” de diferentes regiones de la península ibérica. Próximamente, se reunirá con Enrique Vila Torres en España. Además, se ha contactado con miles de españoles que sospechan haber sido robados. “Cada día se sabe de más casos. Son miles como yo y espero que cuando sepan mi historia, se atrevan a contar lo que les pasó. Esta es una verdadera guerra de los chupetes contra las armas. Cómo me iba a defender yo a los cuatro días. No conocí a mis padres. Si los llegase a encontrar a estas alturas, les llevaría flores a la tumba”.

 —Fernando, tus papás pueden estar vivos, puedes tener un gemelo, un mellizo o hermanos le dice Paty. Que lo anima, que le termina las frases y que lo contiene.

Ya está oscureciendo. Confiesa que esto le está pasando la cuenta y que fuma una cajetilla de cigarrillos diaria. 

—Pero usted tuvo una familia acá, fue hijo también, ¿qué pasa con esos recuerdos? 

—Sí, pero mis papás adoptivos no sabían nada. Ellos no fueron culpables. Encargaron un niño, pero no supieron el procedimiento. 

—Fernando, ¿cómo dices eso? Obvio que tus papás sabían de qué se trataba. Ellos mismos escribían las cartas, refuta su señora.

“No puedo ser malo y mal agradecido con ellos. Mi mamá me dio casa, comida y educación. Prefiero sentirlo así. Por último les di la oportunidad para que jugaran a ser papás. No los puedo culpar. Espero que no se sientan mal…si me están escuchando de algún lado. Los perdono desde el corazón”,  dice con la voz temblorosa y los ojos llorosos.