Son siempre educados, discretos y extremadamente respetuosos. Pero cuando llega la comida de Navidad o “julefrokost”, las historias son incontables y algunas alcanzan categoría de mito.

Las fiestas de Navidad, familiares y “oficiales”, comienzan ya en noviembre y créanme que no es nada fácil pasar este tiempo en que el menú tradicional ofrece grasas y alcohol a raudales. Tan ‘exigente’ es esta rutina gastronómica que los daneses llegaron a instituir el “enero blanco”, es decir, de abstinencia casi total. Un detox que se extiende por un mes completo.

El punto culminante de todas estas fiestas es el julefrokost o la Fiesta Navideña que sea realiza en el trabajo. ¿Cuándo comenzó esta tradición? La historia cuenta que después de la II Guerra Mundial en algunos sitios, tras terminar la jornada del 24 de diciembre, el jefe convidaba a los empleados a su oficina para un vaso de oporto, un trozo de pastel tradicional y les deseaba “Feliz Navidad”. Después de eso, todo el mundo corría a sus casas a celebrar la cena de Nochebuena.

El tiempo pasó y se transformó en una especie de “living la vida loca”, donde el concepto de “igualdad” se hace notar. En todas las empresas, sin importar el tamaño, los trabajadores y dueños se sientan a celebrar codo a codo —y copa a copa—. El tono siempre es festivo y con frecuencia la celebraciones terminan al amanecer. Algunos incluso pueden terminar por despertar en una cama desconocida y con aquella persona con la que antes solo habían cruzado un “buenos días”, durmiendo muy suelto de pierna al lado… Oops!

El vikingo y una amiga socióloga me explicaban que en estos julefrokost se crea algo así como un espacio en el que se acepta la intromisión del otro en la esfera más privada y que se digan abiertamente algunas “verdades” que, de lo contrario, jamás dirían. ¿Es esta apertura resultado del alcohol? Seguramente. Por eso, de ahí que en algunas empresas los “grandes jefes” se van a casa luego del postre y antes de que la “fiesta dura” empiece.
Así que ahí tienen: una vez al año al los daneses se sueltan las trenzas.

Y adivinen qué: este año con mi amiga Mathilde nos tocó estar cargo del julefrokost de nuestra empresa. El desafío ha sido grande y esperamos que las sorpresas preparadas, así como el lugar y el menú elegido, hagan que nuestros colegas tengan un buen recuerdo. No es nuestra idea un blackout colectivo sino un momento para pasarlo bien, conversar, reírnos y celebrar juntos un buen año de trabajo. Desde ya, Feliz Navidad o, como diríamos acá, God Jul.

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