Cuesta creer que alguna vez tuvieron que convertirse en roedores para obtener alimento terrestre en el momento en que el Golfo de Corcovado, en la X región, nos regala una postal inolvidable. Cae la tarde en la embarcación Centinela y el grupo de científicas que lleva una semana monitoreando ballenas azules mira cómo el tercer ejemplar que avistan en el día se sumerge en el mar mostrando su interminable lomo grisáceo antes de levantar la cola y perderse en las profundidades.

Apenas minutos antes cuando un impresionante soplido alertó a la tripulación que con binoculares buscaba señales desde el alba, todas corrieron a sus posiciones para ejecutar el plan que en los días anteriores les funcionó a la perfección. Faltan menos de 48 horas para el fin de misión y sus rostros evidencian una mezcla de satisfacción y orgullo.

Para Paulina Bahamonde, investigadora de Fundación MERI, uno de los primeros mito que se derribó es el que sostenía que no vivían todo el año en esta zona que ha sido calificada por la ciencia como el refugio de las especies que viven el exilio climático.

“Antes se pensaba que sólo nos venían a visitar en verano y otoño, pero con esos micrófonos logramos escuchar cantos durante todo el año. No es la misma cantidad de llamados durante los 12 meses, hay una baja en la abundancia de llamados, pero los animales están siempre lo que incluso hace suponer que podría existir un tipo de ballena azul propiamente chilena, pero eso es algo que está en fase de estudio aún. Es es una de las hipótesis que estudiamos durante la investigación”.

Asimismo, afirma los estudios han podido determinar que el ruido de los motores que navegan dentro del golfo provoca un cambio en su comportamiento, el que se traduce en una disminución de los llamados influenciado por el ruido de fondo. “Es decir la comunicación de las ballenas se empobrece”, explica.

A pocos metros, Francisca Cortés Solari, la directora de MERI celebra el éxito de la misión y explica: “Con el resultado de estas investigaciones podemos proponer a las autoridades medidas concretas para proteger al máximo la supervivencia de esta especie. A lo que aquí buscamos nos certezas que nos permitan avanzar en materias de conservación y educar en el cuidado del medioambiente”.

En la proa de la nave, la bióloga oceanográfica de la Universidad de HawaiiAmy April, revisa el material recolectado por los dispositivos, creados especialmente para proteger al animal. Se trata de tres drones y un DTAG que recogió muestras de los sonidos y las mediciones que permiten evaluar las condiciones físicas de cada ejemplar.

“Gracias a las ballenas conocen el estado salud del mar y el impacto real del cambio climático. Las ballenas son muy importantes para saber qué es lo que está ocurriendo en el sistema. Con estos procedimientos lo que ellas hacen es hablarnos de sus problemas y de cómo las variaciones de temperatura están afectando a todas las especies”, reflexiona.