Las danesas son guapas pero a veces les falta encanto y, a veces, pueden rozar derechamente lo masculino. Para terror de los vikingos, pueden ir de actitudes absolutamente provocativas al más absoluto rechazo si alguien les ofrece un cumplido. Tal vez en su larga lucha por la igualdad dejaron en el camino su “femineidad”.

Pocos principios son más profundos en el reino de Dinamarca que la igualdad —déjenme puntualizar aquí que la libertad de expresión y los derechos humanos forman parte también de su ADN nacional—. Por eso, aquí a nadie le llama la atención que el 70 por ciento de las mujeres trabaje (en Chile no alcanza a ser la mitad), que el 37,4 por ciento del Parlamento sea femenino (en Chile es un tercio de esa cifra) y que hace unos meses se celebraran los 100 años del voto femenino (cuando Gabriela Mistral obtuvo el Premio Nobel de Literatura, en 1945, en mi país natal las mujeres no podían sufragar).

Sin embargo, si bien este centenario ha sido fantástico, cómo negarlo, también ha dejado sus huellas y ha curtido el carácter y las actitudes de las danesas, como si quisieran olvidar o dejar de lado toda seña de femineidad para no parecer débiles. Somos iguales y ya, no hay más.

En mis primeros años en Dinamarca me llamaba la atención  que más de alguien me dijera: “Qué femenina eres”; sobre todo por el tono, con un dejo entre condescendencia y reproche. Con los años me di cuenta que parte de mi herencia latina y de mi personalidad les parecía casi una afrenta a algunas danesas. Eso mientras que los amigos del vikingo le decían ¡suertudo!

En estos años me he preguntado cómo pasan de niñas “princesas”, con tul y rosa, a jóvenes profesionales que se sienten ofendidas si les abren la puerta de un taxi o de una oficina. Pareciera que es correcto ser “dulce y delicada” en la infancia, pero hay que olvidar toda seña de esa actitud cuando entras a la vida adulta. Es cierto que, como en todo el mundo, en el terreno laboral todavía hay que pelear codo a codo un reconocimiento profesional y de capacidades en un mundo creado por hombres. No lo niego. También pasa en el reino y aunque la participación femenina es muy alta, sigue sin estar al nivel de participación del hombre, aun cuando los beneficios para una vida familiar de responsabilidades compartidas son notablemente más desarrollados que en el mundo latino.

Aquí hay una sublimación del “ser igual e independiente” que llega, a veces, al absurdo. Tengo amigas que son madres solteras, básicamente para cumplir su propio deseo de maternidad, sin más proyecto que eso. Y a mí me parece que si vas a dar a luz a otro ser humano en este mundo ya sobrepoblado, al menos debería haber una razón un poco más profunda que un simple “porque quiero”.

No me parece bien, por ejemplo, decidir justo salir con las amigas —y dejar a los niños con el marido o pareja— un sábado en que el susodicho está enfermo en cama… y no es ficción. Ha pasado, pasa, y quienes sin ser danesas viven la situación, terminan experimentando una velada inquietas y con una sensación amarga difícil de explicar.

Nací en una familia donde mi madre ha estado siempre pendiente de cada detalle de la vida de mi padre, quien jamás supo lo que era un cambio de pañal o hacer una mamadera. Los roles eran claros y definidos. Sin embargo, fue mi madre quien siempre me inculcó el tema de la carrera universitaria “para que seas independiente”, me decía.

Vivo ahora en un mundo en que puedo ser todo lo libre que quiero. De hecho me he cambiado alguna vez de trabajo sin que el vikingo siquiera se enterara hasta que le conté. Viajo las veces que sean necesarias sin ser cuestionada. Aun así, para ojos daneses seguramente yo soy del tipo “blando”, profundamente marcada por mi ser latino.

Lo que me ha funcionado son los equilibrios. Uno hace lo que le gusta o tiene talento y deja lo que le carga, nada es absoluto ni rígido. Y regalonear al vikingo no me hace menos fuerte ni mucho menos debilita mi carácter. Soy mujer y estoy orgullosa de serlo.

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