En peligro de extinción y protegidas de su caza comercial desde 1986 por la Comisión Ballenera Internacional (CBI), el cetáceo más conocido del mundo ha vuelto a ser blanco literal de la noticia.

Japón anunció que a partir de julio volverá a cazar ballenas. Esta vez prometen sólo hacerlo en sus aguas territoriales y de ningún modo cerca de sus vecinos de Nueva Zelanda y Australia. Menos en el hemisferio sur o las aguas antárticas.

Siguiendo la tendencia iniciada por Trump, Japón le da una patada al multilateralismo y para no tener que darle explicaciones a nadie, abandona el CBI y se olvida de la triquiñuela que ocupó por años, encubriendo las matanzas con la excusa de los “fines científicos”, que finalmente terminaban en las más finas mesas niponas.

Aunque tras la Segunda Guerra Mundial fue la carne de ballena la que salvó al derrotado Japón de la hambruna, hoy su carne representa el 0,1% de toda la que se vende en ese país. Pero Japón no es el único país cazador. Islandia, Noruega o Islas Feroe también están empeñados en seguir utilizándola comercialmente. Y su uso no es solo alimenticio. Otras industrias utilizan subproductos balleneros como el aceite, el espermaceti, que se usa en diversos cosméticos, o el ámbar gris, codiciado fijador de perfumes y considerado uno de los productos más valiosos de su caza. Roto el pacto, los grupos ecologistas están listos para contraatacar y defender al ser vivo más grande del planeta.

En Chile, los estudios indican que la población es reducida y no hay aumento hace 15 años, lo que preocupa, aun cuando varias especies de cetáceos, como la ballena azul o la jorobada, fueron declaradas monumentos naturales en 2008 por el Ministerio de Economía. Si quieres saber más sobre la situación local, el documental “Patagonia Azul” de Fundación Meri, es un buen punto de partida.