Fueron dos semanas de coma inducido. La junta de doctores de la tradicional Clínica Saint-Luc no tuvo más opción que administrar un dopaje para que Lorenzo de Bélgica, el  hermano menor del rey Felipe, pudiera recibir el tratamiento para terminar con un cuadro de neumonía (inicialmente aseguró que la causa de ingreso era una crisis de “fatiga”) que arrastraba de hace más de medio año.

La vida del ‘benjamín’ de la familia real, el mismo que tantas veces ha dicho públicamente que desde niño guarda imágenes de soledad y distancia de sus padres, es comidillo entre las cortes europeas. Por qué todavía a sus cincuenta años no logra estabilizar su temperamento. Por qué nunca ha podido librarse de los cuadros de depresión que él mismo se encarga de difundir más allá de sus círculos cercanos. Cuando en 2003 se casó con la actual princesa Claire Louise Coombs llamó la atención que llorara más que la propia novia frente al obispo de Lieja. Ante la atónita mirada de los asistentes sacó un pañuelo blanco y derramó durante largos minutos lágrimas ahogadas de emoción.

‘Un payaso de la corte, un loco que quiere llamar poderosamente la atención y ojalá provocar risas e hilaridad entre los súbditos’, disparan los cronistas no realistas de toda Europa. Y en palacio tampoco pueden hacer mucho para defenderlo. Los actuales problemas matrimoniales -después de tres hijos que son la alegría del linaje Wettin- , habrían desestabilizado al príncipe al punto que sus defensas bajaron y tuvo que ser internado de emergencia.

Hace dos años, el periodista Mario Danneels -autor de la única biografía no autorizada de la reina Paola-, es el hombre que más ha hurgado en su personalidad. En su libro Laurent, le pestiféré de Laeken, cuya traducción es algo como ‘Lorenzo, el apestado del castillo de Laeken’,  manifiesta que esa máscara de bufón no es más que una coraza para ocultar sus desgracias. Altercados en aviones, salidas de tono en público, malversación de fondos, transgresiones al protocolo y ofensas a la misma familia real, han marcado su estilo. También lo acusan de machista y de mantener amistades peligrosas como playboys, ludópatas y cazafortunas.

Se comenta que no fue un niño querido por sus padres y estuvo gran parte de su infancia en internados. Hasta en vacaciones figuraba como allegado en casas de amigos de la corona. Lo cierto es que Alberto II y Paola no quisieron desempeñar el rol de padres de este niño que llegó tarde y en medio de la peor crisis matrimonial que recuerde la historia moderna de las monarquías. El tenía de amante a una periodista francesa con la que tuvo a una hija ilegítima que bautizaron como Delfina. Mientras que la despechada Paola no perdió tiempo para sacarle celos con otros hombres de la corte de Laeken. De allí que las conjeturas de que Lorenzo no fuera hijo del rey siempre aparecían de vez en cuando. ‘Yo no soy hijo de Alberto, ¿quién es mi padre entonces?’, habría gritado en recepciones oficiales y con algunas copas de más.

Su mal comportamiento es de antología y, hace un par de meses, el Parlamento aprobó disminuir su dotación como integrante de la familia real y con un salario que apenas llega a los cinco mil dólares. Al mismo tiempo, la propia casa real evita que asista a actos oficiales, como la Fiesta Nacional de 2011. No quieren ver cómo recluta a periodistas y camarógrafos en los bordes de la alfombra roja para mostrarles sus gracias, sus cantos desafinados y sus chistes de poco gusto.

Los belgas parecen tenerle compasión y ahora miran incrédulos cómo sus padres llegaron al internado para visitarlo y, por primera vez, emitir un comunicado donde hablan de la mejoría de su salud y de todo el cariño que le prodigan. Una vocería que inmediatamente encendió fuego en palacio, porque el único autorizado para dar noticias de los miembros de la familia es el rey en ejercicio. En este caso, el hermano mayor de Lorenzo, el respetado rey Felipe, quien por lo demás ni siquiera ha asomado la nariz por la Clínica Saint-Luc.