Me alegro que al fin se haya reconocido, nada menos que a través del Papa, que los obispos chilenos son corruptos y le han hecho enorme mal a Chile, a las víctimas de abuso sexual y a la Iglesia Católica de nuestro país. Creo que mientras más renuncias acepte Francisco, mejor vamos a estar; ninguno de estos hombres merece seguir a cargo de una diócesis y ser referente de nada ni ante nadie.

Los 31 obispos debieran irse. Aspiro a una renovación total de la Iglesia y si bien entiendo que no se puede sacarlos a todos inmediatamente, por lo que veo las cosas están pasando más rápido de lo que imaginé.
Que salgan primero los más malos y luego el resto. Todos han sido corruptos o se han dejado corromper por el elitismo, cuando no han cometido crímenes que con toda liviandad han denominado simples ‘pecados’ o ‘errores’, como la destrucción de documentos comprometedores o no haber actuado en favor de las víctimas.

A los cardenales Errázuriz y Ezzati, les diría que así como han enviado a personas que han cometido crímenes atroces a vivir una vida de penitencia y oración, les llegó la hora de hacer ellos lo mismo.Tengo esperanzas de que el Papa ya ha tomado una determinación y realizará cambios para la Iglesia chilena, más allá de la sola renovación de cargos. Lo que está pasando en Chile es un ejemplo para el mundo y confío en que esto sea el principio del fin de una cultura de abusos y encubrimientos. Todo el país espera que vengan aires nuevos y comience la reconstrucción de una institución destruida por hombres que no supieron guiarla.

No me siento héroe por haber hecho lo que hice junto a mis amigos James Hamilton y José Andrés Murillo. Lo haría mil veces, sobre todo al constatar que siendo persistentes puede lograrse un cambio. Agradezco a todos los que nos han apoyado, porque esto sin duda no es una lucha nuestra, sino de miles de personas que cargan con este dolor y lo viven de manera invisible. Por ellas vale la pena hacer lo que se ha hecho.