- No hay nada mejor que el liceo de donde yo salí, tengo los mejores recuerdos de mi adolescencia- me comentaba un amigo el viernes por la noche.

- ¿Ah, sí, a qué colegio fuiste?- le pregunté a Felipe, sin manejarme mucho con nombres y ubicaciones.

-Justo a este que queda a dos cuadras de aquí, en la esquina de Miguel Claro y Providencia, me responde.

Felipe es un tipo tranquilo, con una personalidad relajada, que disfruta un poco de acá y un poco de allá. Nada prejuicioso, al menos eso me parece a mí.

- ¿Se van a algún lugar el fin de semana?- nos pregunta a mí y a mi pololo.

- No, tengo que trabajar porque justo se va a debatir esta semana el tercer trámite de la Reforma Educacional que pone fin al lucro, a la selección y al copago- le contesté haciéndome un poco la importante para que me preguntara donde estaba trabajando.

- Ah, cierto- respondió, dándome a entender que conoce perfecto de lo que le estoy hablando.

- Pucha que es complicado el tema de los colegios, ¿o no?- agregó.

- Sí, le dije. Pero me parece súper positivo.

Algo en mí me decía que el tema no se planteaba con ánimo de discusión política o ideológica, que por lo demás, me encanta. Pero con él no quería que fuera así, quería saber qué pensaba de su colegio. Será que convivo con una persona a la que el colegio le marcó más que un momento de su adolescencia, sino muchas vivencias de su día a día, y es tema recurrente en un 80% de sus conversaciones. Quiero dejar en claro que este tema también me llama mucho la atención, pero quizá puede ser desarrollo de otro de mis blogs.

- Si me preguntas, no me quedaron muchos amigos del colegio de aquí. Pero fue lejos el colegio de donde me llevo los mejores aprendizajes. Tú te mueres lo que tuve que estudiar- me contó con cara de que le agotaba hasta decirlo.

- ¿Y por qué tanto, cómo era tu colegio anterior?- le pregunté casi adivinando la respuesta.

- Yo venía de un particular en el que me destacaba por el deporte, y mi mamá quiso cambiarme para que luego no me fuera mal en la U- me dijo cerrando una idea desde el sentido común.

- Qué loco- le respondí casi sin poder aseverar nada. Yo cuando tenga un hijo quiero que su colegio sea su segunda casa, así como me lo contaban mis papas. Le dije haciendo referencia a mi experiencia.

- Mira, hay cosas que no te las enseña más que la convivencia en el colegio. Ni siquiera en la casa. Cosas de la vida, historias, momentos, recuerdos que están siempre. A mí me ayudó mucho ir a un colegio público. Si lo que están planteando ahora, más allá de que yo no esté a favor de muchas cosas, servirá para que sean mejores, entonces me parece bien. Los chilenos tenemos que salirnos un poco de los esquemas en los que vivimos, si le hace ruido a tanta gente, es porque nosotros debemos estar un poco equivocados.

Yo lo miraba a los ojos, para que se diera cuenta de que lo estaba escuchando atentamente.

- Me parece que es muy compleja la discusión, pero no me parece mal que se esté dando si sirve para que, por ejemplo, nosotros estemos teniendo esta conversación ahora, comenté.

- A mi me parece que la mayoría de las mejores cosas que sé me las enseñaron en el colegio. En cada uno de los que estuve, algo quedó.

- Si me preguntas a mí, espero que mis hijos tengan una vivencia así, y que sean ellos los que destaquen de sus colegios cada cosa positiva, y las negativas, pero que las aprendan a ver. Le dije sirviéndole un vaso de cerveza y con una mirada cómplice que legitimaba todo lo que él me estaba comentando.

- Ojalá mis hijos vivan lejos de los prejuicios, le gustaría decir a la Agus- interfiere mi pololo, haciéndome un poco de burla “en buena” como él dice.

- Ojalá tenga muchos menos de los que tenemos nosotros dos. Eso va a definir que lo que se está haciendo ahora tiene algún sentido real, le dije.

- Lo veremos en quince años más, dijo Felipe, y los tres nos reímos con un brindis cervecero.

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