José Francisco Yuraszeck Krebs (35) es el mayor de siete hermanos, hijo del empresario del mismo nombre y de Cecilia Krebs, profesora de Historia de la Universidad Católica. Ingresó a la Compañía de Jesús en 2001. Fue ordenado sacerdote el pasado 13 de julio.
Su mayor influencia de niño son sus padres. “Tengo muy buenos recuerdos de mis abuelos. Una pasión que nos ha unido siempre con mi papá es la U. De chicos nos llevaba al estadio, y seguimos yendo juntos”.
Mientras estudiaba Ingeniería Civil en la UC, participaba en actividades sociales. “Un año ocurrió un temporal en el sur, con muchos damnificados. Y aunque estaba por irme a Machu Picchu, terminé yendo a Curanilahue. En ese momento se me hicieron evidentes contrastes y contradicciones… Reconocer que había personas en Chile que a duras penas alcanzaban a llegar a fin de mes, que ni siquiera tenían condiciones para vivir dignamente. Esto no lo olvidé. Descubrí una invitación a formar vínculos, fortalecer la comunidad, romper barreras sociales y culturales. Las estadísticas, tan vilipendiadas por estos días, adquirieron para mí en esos días rostro, nombre, apellido, domicilio”.
Entonces se unió a 2.000 mediaguas para el año 2000, que pasó a ser Un Techo para Chile. “Me fui con un grupo de amigos a una casa en el Infocap por un mes, al lado había una Comunidad Jesuita. Esto fue en octubre de 1997, justo reventó el Caso Chispas y a mi papá lo echan de Enersis… Mientras eso pasaba yo estaba viviendo en Departamental con Santa Rosa.
Al año siguiente unos amigos que participaban en el mismo proyecto me invitaron a formar una ‘comunidad de vida’. Empezó a surgir la pregunta por la vocación: ¿A qué quiero dedicar mi vida? Yo era (y creo que soy todavía) un tipo normal, pololeaba en ese tiempo y no fue fácil decidirme a dar el paso.

DOS HECHOS ME MARCARON. Atropellaron a mi abuelo Ricardo y tuvo una experiencia religiosa que me compartió. Y otra, el servicio durante un año en la sala de enfermos terminales del Hogar de Cristo. Estaba en sexto año de ingeniería e iba todos los viernes a ayudar a personas que estaban pasando sus últimos días. Fue en el contacto con la enfermedad y la muerte, al palpar la debilidad y fragilidad de la existencia humana, que me permitió mirar con hondura mi vida.
De mis papás recibí mucho apoyo, se alegraron con mi decisión, lo mismo que mis hermanos. La única que me puso algún pero cuando le conté que había sido admitido en los jesuitas fue mi abuela Cecilia. Me dijo que lo pensara mejor y que terminara los estudios. Entonces los congelé y pedí ingresar al noviciado. Años después, volví como jesuita a la Escuela de Ingeniería de la UC y me titulé.
—¿No lo frenó que la Iglesia viviera momentos de desprestigio y caídas graves?
—No, pero evidentemente afecta. Justo cuando entré al noviciado se había dado a conocer el caso del cura Tato. Desde entonces no ha habido un año en que no haya algún sacerdote acusado de abusos. Pero junto a esto se ha sincerado la experiencia religiosa, observo menos hipocresía. Hay menos ánimo de hacer ‘como si fuera creyente y quisiera educar a mis hijos en la fe’ por un mero uso social.
—En un mundo tan material… ¿cómo logra un joven mirar por encima?
—No me pongo como ejemplo de nada, ni me señalo separado de ambiciones. Soy un convencido de que he elegido lo que más feliz me hace. Y toda decisión definitiva supone renunciar a otras posibilidades. Pero nadie elige por las renuncias que hace, habría que ser masoquista. Cuando dejé de mirar sobre todo las renuncias que implican nuestros votos de pobreza, castidad y obediencia, y reconocí en ellas medios para vivir haciendo lo que me gusta, entonces recibí mucha paz.

Nemo Castelli (36), es el segundo de cuatro hermanos, y el único hombre. “Mi hermana mayor se llama Vanessa y murió a los ocho años de un cáncer a los huesos cuando yo tenía cinco. Después de mí viene Valentina, de 34 años, periodista. La menor se llama Romina, tiene 23 años y estudia diseño gráfico. A pesar de que dejé la casa de mis viejos hace 10 años, nos queremos mucho y nos llevamos muy bien. Con la Vale, como tenemos edades parecidas, somos más partner. Cuando entré en los jesuitas ella ayudó a contener a mis papás que sufrieron con mi decisión”.

Su PADRE VIENE DE UNA FAMILIA DE INMIGRANTES ITALIANOS. Cursó Economía en la Universidad de Chile y tuvo un compromiso serio con el proyecto del gobierno de la UP. “El nunca se dio cuenta, pero de niño me marcó mucho saber que había estado dispuesto a dar la vida por un proyecto de justicia, libertad y respeto a la dignidad de la persona. Mi madre es de una familia chilena tradicional. Hija de un abogado, es artista, diseñadora de vestuario, pintora y cocinera… Pese al sufrimiento de mis papás por la enfermedad de mi hermana mayor y por la dictadura, tuvimos una infancia normal. Ellos llevaban la herida por dentro y nos cuidaron mucho a mí y a mis hermanas. Vivimos entre los amigos de la plaza, el colegio Saint George’s, los veranos con los primos en la casa de la playa de mis nonnos, las pichangas, la bicicleta y el mar. Yo era un cabro bien inquieto. En el colegio me recetaron ritalín, aunque no me lo llegaron a dar. Como tenía buenas notas me dejaban hacer. Era un tipo sediento de vida: estuve metido en los scouts, academias literarias, de matemática y química. También en la selección de atletismo, en el equipo de básquetbol, surfeaba en los veranos, pertenecía al Centro de Estudiantes del colegio y a una banda de punk rock. Nunca se me pasó por la cabeza ser cura. En ese tiempo, un sacerdote del colegio, Gerardo Whelan, me marcó mucho y sembró algo que daría sus frutos más tarde. Nos mostró la otra cara de Chile y nos enseñó a servir y a buscar un motivo por el que valiera la pena jugarse la vida y estudiar. Nos hizo sentirnos parte del país y nos animó a soñar un Chile distinto”.

En la universidad descubrió que Dios habla en lenguaje humano. “Cuando uno recorre su vida y se fija en las experiencias, los lugares y las personas donde se nos ha inflamado el corazón.
Chato de la rutina en ingeniería civil de la Católica, buscaba una vida con sentido, que valiera la pena. Hice clases en el Infocap, la Universidad del Trabajador, y entré al Centro de Estudiantes de Ingeniería, donde comenzamos varios proyectos sociales en La Pintana y en Canela, en la IV Región. No me sentía muy cercano a la Iglesia y lo de Dios no era algo importante para mí. Me declaraba agnóstico, por respeto a los que creían y a mí mismo. Después de unas misiones a las que fui por mi polola, el padre Felipe Berríos SJ nos desafió a trabajar codo a codo con las familias de los campamentos y nació un proyecto que después se transformó en Un Techo para Chile.
Estos años tuvieron un gran impacto en mí, me enfrentaron con preguntas de fondo. Sentía que no me podía hacer el leso después de lo que había visto y vivido. Discerní que Dios me llamaba a ser laico y a jugarme como ingeniero, tal vez trabajando en provincia o metiéndome en política. Pero cuando iba a misa con otra polola de ese tiempo, algo en mi interior me decía la estás engañando, te estás engañando. Pedí ayuda en mi comunidad y a un jesuita que me daba confianza y libertad, para responder a la pregunta por mi vocación. Descubrí que nunca tendría todo clarito y que toda vida que quisiera jugarse en verdad tiene mucho de riesgo. Ya sea en el matrimonio, en el trabajo o en la vida religiosa. Así, frente a la realidad de Dios que me sobrepasaba, confié y me arriesgué”.
Hubo diversas reacciones. Muchos amigos me animaron, otros estaban sorprendidos. A mi familia le costó mucho, particularmente a mis padres. No conocían a la Compañía y éste era un mundo muy ajeno para ellos. Con el tiempo se han reconciliado con la idea y la respetan, pero no les ha sido fácil.
—¿Cómo vive que la Iglesia pase por momentos de desprestigio y caídas graves?
—Frenarme ante eso sería como dejar a mi familia, a la que tanto quiero, en un momento de fragilidad, vergüenza y dolor. Me siento profundamente ligado a la Iglesia, responsable de su vida y de su futuro. Me duele el momento que vivimos en la Iglesia… es un gran apagón de la luz que estamos llamados a regalar al mundo. Los abusos sexuales de sacerdotes son un escándalo horroroso de la mayor gravedad. Espero que estemos a la altura para ayudar a reparar el daño hecho a tantas víctimas. Y pido a Dios que tengamos la humanidad para acompañar a los victimarios, asumiendo las consecuencias en la justicia civil o eclesiástica, y en el proceso de reparación interior y de perdón que necesitan.

Benjamín Ossandón Lira (21), hijo del alcalde de Puente Alto, Manuel José Ossandón, es seminarista. “Mi familia la componemos mi mamá, Paula; mi papá, Manuel José; y nosotros que somos ocho hermanos:  Manuel José, Paula, yo, Nicolás, Jacinta, Pedro Pablo, Juan Diego y María. Los quiero mucho y son muy importantes para mí. Voy a la casa todos los domingos para estar con ellos”.
De su madre aprendió a rezar y su padre le enseñó a preocuparse y servir a los demás. “Ese testimonio de vida cristiana fue fundamental en mi vocación. Viví siempre en el campo con mi familia, antes de entrar al Seminario Pontificio de Santiago en 2011”.
Agradece no haber crecido en la ciudad “porque en ese ambiente campechano se está más fácilmente en paz y se puede conversar con Dios. Fui al colegio San Isidro de Buin. Me iba bien, me encantaba jugar fútbol y tuve una polola. Después estudié un año de derecho en la UC”.
Es apasionado, lo que a veces le trae problemas. “Soy común y corriente; no soy santo, pero me gustaría que el Señor me transformara en uno, al servicio de mis hermanos. Creo que Dios nos invita a todos a algo en la vida; nos hace un llamado para hacernos vivir en plenitud. A mí creo que Dios me llama a ser sacerdote al servicio de todos. Esa vocación no es una cosa que surge de la noche a la mañana”.

Cuando tenía nueve años le llamaban poderosamente la atención esos niños o jóvenes que ayudaban en la misa. “Quise ser parte de ellos. Empecé a ir los sábados a la parroquia Las Mercedes de Puente Alto para aprender cómo era eso de ser acólito. Una vez nos contaron la historia de un niño que murió mártir por la Eucaristía y me llegó profundamente. Un día que estaba mirando un crucifijo, sentí que Jesús me quería tanto que me invitaba a consagrarme y a compartirlo con los demás. Fue la primera vez que me di cuenta de que estaba llamado al sacerdocio, pero como los demás se extrañaban cuando les contaba, me olvidé del asunto e incluso me alejé un poquito de la Iglesia. Cuando tenía 16 años me invitaron unos amigos a participar de unas misiones los sábados en un sector muy pobre de Puente Alto. Esta experiencia fue determinante: el constatar la necesidad espiritual de todas esas personas. Vi que muchos eran felices a pesar de su pobreza en contraste con tantos otros que conocía que lo tenían ‘todo’, pero que vivían en la tristeza y el vacío, faltos de cariño, de paz, de Dios… Fue un periodo precioso: nos juntábamos a las nueve de la mañana (a pesar de haber salido en la noche), teníamos una misa y hacíamos oración, para después compartir nuestro único tesoro, el amor de Dios. En ese lugar hice buenos amigos. Otra experiencia que me marcó fue mi participación en la parroquia Santa María Magdalena de Puente Alto donde animé un grupo de jóvenes que se preparaban para la Confirmación. Aquí pude ir con el párroco a visitar a enfermos, moribundos, ancianos…, y eso me hizo caer en la cuenta de la labor del sacerdote, que a imagen de Cristo, acompaña, anima, levanta; hace más cercano a Jesús. Después de un largo proceso de discernimiento y de mucha oración, postulé al seminario. Mi familia me apoyó y me siento muy afortunado porque me ayudan en este camino”.

SOBRE ABUSOS. “Es verdad que son tiempos difíciles y que uno se la piensa dos veces. Se sufre mucho por las víctimas porque eso no es del Evangelio. Creo que son también nuevos tiempos para la Iglesia, porque ahora ya no se es católico porque la familia lo dice, o por presión social, sino  por un convencimiento personal profundo. Lo mismo con vocación sacerdotal: si yo quiero ser sacerdote es sólo para vivir el Evangelio y ponerlo al servicio de mis hermanos, especialmente de los más desposeídos”.

NO ESTÁ DE MODA SER SACERDOTE, “pero eso también es una oportunidad para vivir el Evangelio como Jesús lo pide, desde la sencillez. Creo que el hábitat más fecundo del cristianismo ha sido la dificultad, el fracaso. Basta ver a los primeros cristianos que predicaban a un Cristo crucificado y que por Él estaban dispuestos al martirio. Para mí  (aunque son dolorosos) estos son tiempos de esperanza y de renovación, para poner de nuevo a Jesús, que quiere regalar su amor a toda la humanidad, en el centro de la Iglesia, de la vida de todo sacerdote y de todo cristiano”.

MATERIALISMO. “Vivimos en un mundo consumista, pero no estamos satisfechos. Muchos se sienten solos porque el ser humano es mucho más que eso, tenemos un alma inmortal que aspira a trascender. Para mí fue muy importante conocer a personas de escasos recursos materiales, pero que con Dios vivían una vida plena.
Fue muy significativo acompañar a don Antonio, un enfermo terminal, hasta que murió. Un proceso hermoso. En esa situación me di cuenta de que la vida es mucho más. ¿Por qué algunos tiene fe y hacen daño? Cuando no se vive coherentemente la fe y el amor se producen antitestimonios de fieles comprometidos e incluso de sacerdotes que creyeron que estaban asegurados. La fe es un regalo que no nos exime del pecado.
La Iglesia no son sólo los sacerdotes. La Iglesia somos cada uno de los bautizados. Me ha tocado conocer a muchos sacerdotes generosos y abnegados que no buscan aparecer en la prensa y bendito sea Dios por eso. Que viven su vocación heroicamente muchas veces desgastando sus vidas rápidamente”.

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