Desearía con todas mis fuerzas que Brasil no sea el país más grande de Sudamérica y que a Río de Janeiro no la llamen “Cidade Maravilhosa”. Por eso entiendo cuando ustedes opinan de la decadencia argentina y se esmeran en poner cifras y datos duros sobre la mesa. Que el desempleo, la inflación, el dólar blue, la inseguridad, las tiendas caras, la corrupción…

Argentina es para ustedes lo que Brasil es para nosotros, y no ahondaré en el asunto para no perder mi trabajo. Sólo compartiré unas pocas reflexiones sobre mis últimos días en Buenos Aires.

El aeropuerto de Ezeiza tiene wifi gratis. Es una buena señal, símbolo de prosperidad y equidad, si se quiere. O de contrastes. Porque basta poner un pie afuera de la nueva terminal C —donde salen los aviones de Aerolíneas Argentinas, esa otrora gran empresa que hoy la Cámpora administra como si fuese una mini Pyme— para recibir un balde de realidad tercermundista. En una ciudad con más de 35 grados de sensación térmica, no hay luz. No hay internet. Y el wifi gratis sirve menos que el billete de dos pesos, que hace cinco años alcanzaba para una bebida en lata y un alfajor, y hoy equivale a 4 caramelos sueltos.

Me fui hace cinco años y las noticias intentaron convencerme de que todo había cambiado. Pero no es tan así… La gente sigue siendo igual. Gozadores innatos, despreocupados crónicos. Y lindos. Porque convengamos en que los argentinos son (somos) estupendos. También humildes.

Es cierto que en las góndolas de los supermercados faltan productos y la mayoría no tienen precio, pero igual la gente compra. Se queja poco, y disfruta. Porque los cariocas llevarán la samba en la sangre, pero nosotros, la fiesta y el sentido del humor. Ese que derrochó Jorge Alis desarmando al público de Viña.

Mario Testino dijo hace unas semanas al diario La Nación que moría por trabajar en Buenos Aires porque era “el París de Sudamérica”, y yo no entendí si era un guiño al glamour de las francesas, al estilo arquitectónico galo, o se refería a los escándalos que envuelven a la dirigencia política comandada por Cristina K. Y en realidad poco importa, porque como dijo Oscar Wilde: “Hay solamente una cosa en el mundo peor que hablen de ti, y es que no hablen de ti”.

No lloren por Argentina. Menos con nuestro Papa pop y en el año del mundial.