Ya se viene. Al fin. Hoy empieza el Mundial. Como cada cuatro años, vamos a estar de cabeza. Y cuando participa Chile, como esta vez, es peor.

Noticiarios de horas, con enviados especiales y notas de fútbol y de la Marea Roja, esa horda de fanáticos poco amigos del comportamiento mesurado y más bien dados al comportamiento irreflexivo.

Partidos todos los días, las ya mencionadas notas, programas especiales a toda hora, en los que poco se habla de fútbol y mucho de cualquier otra cosa, especialmente de las aspirantes a madrinas de la selección. En fin, un ambiente definitivamente futbolizado nos espera por un mes. No me quejo, la verdad. El Mundial es una fiesta, una que ocurre cada cuatro años, y hay que aprovecharla.

Durante este mes, todos somos entrenadores. Sabemos de fútbol, de esquemas, de formaciones, tenemos nuestros jugadores predilectos y nuestros castigados. Con las redes sociales eso no cambia mucho, salvo porque tenemos a todos opinando desde el palco. Me incluyo.

Para los que no les gusta el fútbol, esto debe ser un suplicio. Una tortura de un mes, con todos de cabeza en un tema que no les interesa. El que no vio el partido, fuera de la conversación. El que no se enteró de la lesión de algún jugador clave, fuera. El que quiera hablar de otra cosa, ¡fuera! Durante estas semanas, sólo fútbol.

Como si fuera poco, hace mucho tiempo no teníamos una selección que despertara esperanzas de avanzar. Sí, avanzamos en los mundiales anteriores en los que participamos, pero esta vez llegamos con confianza. Más que otras veces.

Ya estoy viendo las celebraciones en Plaza Italia después de cada triunfo. Al pasar a la segunda fase. Me imagino –soñar es gratis– que salimos campeones. El país se paraliza, tenemos una semana libre, cientos de muertos en las celebraciones, saqueos y disturbios posteriores a la hazaña histórica. Después del estado de catástrofe, el país retoma su curso habitual: un desastre, pero con todos felices porque somos campeones mundiales. Al fin.

Aprovechando las circunstancias, cerramos las fronteras para que la Marea Roja no vuelva. Digo, veamos el lado positivo. Es que la Marea Roja (no confundirla con el fenómeno que cada cierto tiempo azota nuestras costas, obligando a decretar alertas sanitarias. Aunque las consecuencias son similares, se trata de mareas diferentes) es, cómo decirlo sin que suene peyorativo, una manga de primates. No, no es prejuicio. Los he visto en directo.

El grupo es difícil, es cierto. Y si clasificamos, el sorteo tampoco nos ayudó. Pero ahí estamos, soñando en grande, organizando asados unos, verdaderos retiros espirituales otros, pidiendo permiso en la pega, cambiando la televisión por una más grande y con mejor definición. Porque el fútbol, el Mundial y nuestra selección lo valen.

Independientemente del resultado final, tenemos una gran oportunidad: la de ser un país un poco más feliz durante algún tiempo. Y todo está puesto en una nómina de 23 jugadores, 46 pies, 46 piernas, 45 rodillas y media. Todos deseosos de ser considerados entre los 11 de cada partido. Aguanten, cabros, que acá estamos todos ilusionados con ustedes. Como siempre. Como nunca.

Comentarios

comentarios