LOS TRANSPLANTADOS 
Por Marcia Juliá, Estados Unidos 

Me gusta vivir y pasar la Navidad en una ciudad como Nueva York en donde todos somos de cierta manera “transplantados”, donde nadie es nacido ni criado acá, lo que significa que la celebración siempre gira en torno a los amigos, los que nos quedamos y no volvemos a nuestros países en estas fechas. La mezcla y unión de culturas hace que la mesa de esa noche sea una orgía de sabores de alrededor del mundo. Siempre algo va a sorprender a tu paladar. Los recuerdos que tengo de algunos platos especiales son: kimchi (plato coreano de verduras fermentadas en diferentes condimentos); una amiga hace un jamón al horno increíble; mac salad (coditos con mayonesa y atún, es como nuestra versión de las papas mayo pero hawaiiana); una de las mejores carnes a la olla que he probado en mi vida, que la estuvieron cocinando por 3 días; mousse vegano de chocolate hecho con palta y kombucha, que hace el papá de un amigo upstate NY. En general, mi contribución al Potluck (así se llama cuando cada uno trae algo para comer) es algo para el aperitivo, tan sencillo como queso crema de cabra con miel y salsa de soya, acompañado con unas galletas cracker de arroz. Nunca me falla y a todos les sorprende lo rico y fácil que es. Feliz Navidad.

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¡EL TURRÓN, QUE NO FALTE!
Por Mariola Montosa, España.

Adoro Madrid pero —parafraseando un famoso spot de los años ochenta— yo, al igual que los turrones, siempre vuelvo a casa por Navidad. Y mi casa está en Valencia, tierra de paellas, horchatas y turrones. Me pierde esta mezcla de almendras, azúcar y miel. Antes prefiero un buen turrón a un regalo, en serio. Yo soy la encargada de comprarlos. Es mi ritual. Alguna vez he regresado el mismo día de Nochebuena y ya no quedaban de los que yo quería. Un drama. Me considero una gourmet turronera. Exijo calidad y elaboración artesanal. Alguna vez he probado moderneces como el de nata y fresa (si no lleva almendras no se le puede llamar turrón) pero nada supera a los tradicionales: el blando o de Xixona (la zona de donde procede la mayoría de los maestros del turrón) y el duro. Como mucho el de yema. Bueno, y un placer culpable: el de chocolate Suchard. Mi ruta pasa por el Mercado Central y las turronerías Ramos y A. Galiana, ambas con la tercera generación detrás del mostrador. Sus productos, primos de los dulces árabes y origen medieval, contienen un 70 por ciento de almendra marcona, la mejor. Eso sí, el vicio sale caro: hasta 80€ el kilo (30€, en promedio). Con el calor llega en formato helado. En Madrid, por suerte, los hay que complacen mi caprichoso paladar. 

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CRUCE CONTINENTAL 
Por Cristina Hadwa, Francia

Mi departamento está entre dos barrios bastante distintos. De un lado, el Canal Saint-Martin, célebre por Amelie, y del otro, “Little Jaffna”, lugar de encuentro de la comunidad india.

Siempre es agradable caminar por las orillas del Sena, en especial cuando Navidad se acerca. Si tenemos suerte y el frío trae la nieve, el canal se congela y parece pista de patinaje. Mejor aún si me siento en un café y entrar en calor con un chocolate y un crêpe nutella.

Pero a veces la nostalgia gana en esta época y prefiero ir hacia el otro lado, detrás de la Gare du Nord, y acercarme a esos inmigrantes, que aunque vienen del otro extremo del mundo me dan un calor de hogar entre sus tiendas coloridas, sus inciensos y el aroma de las castañas que un chico calienta dentro de un carro de supermercado. O cuando recibo mi calendario en el restorán Krishna Bhavan, que me emociona ya que, a pesar de que para ellos estos días no tienen el mismo significado, nos entregan un regalo para comenzar de la mejor forma un nuevo año. 

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LA MESA ESTÁ LISTA
Por Francisca Gutiérrez Milesi, Italia.

Desde niña tuve la sensación de que Italia era el país de la fiesta, de pasarlo bien, de las largas mesas cubiertas con manteles a cuadritos, llenas de platos dulces y salados, con pizza, spaghetti, tiramisú y cuantos manjares era posible imaginar. Y no me equivocaba: la fiesta es para el italiano como la bencina para el auto. Incluso en períodos duros, como la crisis económica y social que hoy vive el país, se mantiene el espacio para compartir. Falta poco para Navidad y las calles de Sperlonga, el pueblo donde vivo desde hace catorce años, comienzan a adobarse para la ocasión. Empieza a hacer frío, los días son cortos y la gente se reúne en las casas a seguir la tradición: preparar la mesa con fruta seca, mandarinas, granadas, turrón, chocolates de varios tipos, para comenzar a recibir amigos y parientes que hacen “visita” y que, a cambio, regalan el clásico “Panettone” (equivalente a nuestro Pan de Pascua) con una botella de “frizzantino” espumante. Se conversa hasta tarde alrededor de la chimenea, se juega “tómbola” (como la lotería) o cartas y se arregla el mundo. Se hacen planes para la vigilia di Natale (la noche del 24), para saber quién comprará el pescado fresco, los frutos de mar, la pasta apenas hecha, el dulce. Porque Navidad es fiesta y la mesa tiene que estar lista.

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CON SABOR DULCE
Por Alejandra Leyva, México.

Escribir desde lo íntimo o familiar, suele ser un reto difícil y más cuando se trata de una tradición que me ha acompañado desde el nacimiento. En mi familia, la Navidad no significa tener un pavo enorme y comerlo todos juntos, tener las típicas pastorelas mexicanas, cantar “Os pido posadadada…” o abrir los regalos envueltos en luminosos papeles. No es que no lo haya, simplemente no es lo importante para nosotros. Desde hace 35 años, mis tíos, primos y abuelos, nos reunimos una semana antes de Navidad para hacer alrededor de 500 bolos con cacahuates, chocolates, caramelos y dulces tradicionales mexicanos, que obsequiaremos en la mañana de Navidad a niños que viven en los alrededores de la fábrica de forrajes de mi familia, ubicada en Tetlán, una de las colonias que las administraciones públicas han olvidado.

La tradición de los bolos se ha expandido entre generaciones, los dulces se van modificando al gusto de la época, tanto así que los hijos y nietos de los primeros niños, vienen con sus hijos a recoger su bolo. Una señora, en una de las entregas, me dijo que su Navidad no era igual cuando no recibía el bolo. Cuando le pregunté a mi abuelo cuál era su mayor satisfacción al hacer esto, me respondió que para una persona no suele haber mayor triunfo que el de dar sin esperar nada a cambio.

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NAVIDAD ESCONDIDA
Por Liz Cancino, Argentina.

Me tomo el 4 para llegar a casa. Cruzo la Estación de Trenes de Constitución, zona roja. No me da miedo. Soy vecina. De San Cristóbal. La plaza de enfrente está llena de árboles añejos decorados con luces. Vestigios del año pasado que fueron incapaces de sacar en 12 meses. Tal vez mejor, porque es el único signo de Nochebuena por estos lados. La Navidad se esconde en las casas de las familias con hijos. El resto, ni árbol. Las calles atestadas de comerciantes ambulantes y multiplicados los nigerianos vendedores de Bijouterie. Se viene una noche de ruido insoportable. De petardos y fuegos artificiales a deshora. No están prohibidos. Son tradición peligrosa. Calor y el Vitel Toné en la mesa: peceto con salsa de atún. Cosa de Tanos. Al dia siguiente es distinto. Los niños sacan la Navidad de su escondrijo. La llevan al Predio del Polo Circense de la Ciudad. Juegan con sus juguetes nuevos, mientras los padres toman mate, satisfechos por la tarea cumplida. Papá Noel no se ha olvidado de nosotros.