El tiempo da espacio para la reinvención. Para dejar bajo siete llaves algún pasado de perdedor/a. ¿Por qué sacarlo a la luz años después? Simple, puede estar oculto, pero existe. Está en las fotos, en pesadillas, en el diván del analista. Y nos mortifica.

Esos secretos, literalmente, están con candado. En un diario de vida. Aquel que sobrevive entre todas las mudanzas. Porque no se quema, ya que nos gusta mantener la silenciosa tortura. 

Pero existe una comunidad que ‘ejercita’ liberarse de los fantasmas leyendo en público esos pasajes embarazosos. Están organizados y se multiplican en noches donde, al estilo stand up comedy, suben a un escenario y con apoyo audiovisual de fondo (videos, fotos adolescentes, cartas escaneadas) reviven esos escritos infantiles y de adolescencia. Las carcajadas sobran en las butacas. No es un chiste. Menos guión. Es una verdadera confesión sin el filtro adulto, tomada de la tinta en el papel.

La historia de este grupo está en el documental Mortified Nation (disponible en iTunes y Netflix). Partió con el desahogo de Neil Katcher, quien se animó a hacer realidad esta idea. Luego, otros se enteraron del particular formato de expiación y empezó a replicarse en varias ciudades de Estados Unidos.

Fue tanto el éxito (con teatros reservados y a tablero vuelto), que ahora para subirse a un escenario a leer los bochornos juveniles los organizadores tienen que hacer una ‘curatoría’ de los diarios de vida. O sea, se postula a la humillación. El premio es la libertad.

Esta película testimonial es una delicia. Trae de vuelta esas acciones teen sin fronteras: dibujos con ‘el niño que te gusta’, letras de canciones rockeras con esperanza de ser hits, desahogos violentos en contra de los padres.

¿Se puede hacer lo mismo en Chile? Los organizadores no tienen problemas. Se les escribe y te ayudan a ser parte de la ‘nación mortificada’. A compartir tus vergüenzas.

A desempolvar los diarios de vida y libretas de notas. Todo mejora. 

 

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