“Hay que tener coraje para comprarla”. “Esta casa es como un diamante negro: trae mala suerte a quien la posee”. Así, medios como Vanity Fair y The New York Times describieron a una de las mansiones más emblemáticas de Connecticut: Dunnellen Hall, a sólo una hora de Manhattan. Construcción apoteósica de inicios del siglo XX que permanece sin habitantes. Y es verdad, se debe tener valor para recorrer las mismas escalinatas, dormir e invitar a amigos a las habitaciones y salones donde se movía una de las mujeres más temidas y despreciables de la Gran Manzana: Leona Helmsley, una millonaria conocida popularmente bajo el apodo de ‘La reina de la maldad’ (Queen of mean), quien la adquirió con su marido Harry en 1983.

La déspota empresaria murió en 2007, pero su leyenda negra permanece. Y por estos días resurge con el intento de vender esa emblemática propiedad en la ‘bicoca’ de 65 millones de dólares. Un techo donde la propia ricachona dio su último respiro.

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De hecho, que allí fuera el lugar de su muerte —lo confiesen o no— ha sido uno de los frenos para que la mansión sea habitada por nuevos propietarios. La maldad de Helmsley no se acabó con una lápida, sino que sigue convertida en leyenda y fantasma.

Nueva York podrá ser una sociedad de gente sofisticada y con educación, pero el boca a boca expande la leyenda de espectros que recorren sus rincones. Por eso, pese a que el sitio tiene una vista propia de castillo Disney, ha tomado años en tentar a un comprador. Se espera que con las recientes remodelaciones se imprima otra atmósfera que atraiga a nuevos dueños de casa.

El mensaje del corredor es enfático en ese punto: “La propiedad ha sido renovada. De arriba a abajo. En esencia, es totalmente una nueva casa, que conserva la personalidad de un diseño de antaño”. Entre líneas es un grito de ¡Olvídese de su pasado!

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El karma no es menor. Leona Helmsley es una leyenda, pero de aquellas de tipo oscuro. Y la casona va de la mano con esa fama. Fueron sus primeras millonarias modificaciones las que la llevaron a la prisión. No pagó a los contratistas y hacía rendiciones fraudulentas. De allí su más famosa frase: “Nosotros no pagamos impuestos. Solo la gente de menor categoría lo hace”. Era 1989 y en el tribunal la enfrentaba el fiscal Rudy Giuliani, futuro alcalde de Nueva York. Un proceso que añadió cargos federales extras por extorsión. El juicio tuvo varias apelaciones y vueltas. Hasta que en 1992 entró a prisión, con foto, uniforme y haciendo fila para comer. Una rutina carcelaria que finalizó con su libertad en 1994, ante gran expectación periodística. Pero ella nunca cambió su duro rictus.  

Mala, mala, mala. Su leyenda partió tempranamente por el maltrato que daba a los empleados en la cadena de hoteles que tenían su apellido. De acuerdo a la base de datos web CrimeLibrary, no podía manejar una obsesión sicopática por la perfección.

La sociedad neoyorquina y los comentaristas conocían al dedillo toda su opulencia y carácter. Tanto que la televisión estrenó una película con su perfil, donde fue interpretada por Suzanne Pleshette. Mientras que shows de comedias replicaban su mal modo y excentricidades en sketches. Incluso en este milenio se realizó un capítulo de la serie La ley & El orden: UVE —titulado Bully— en el que la villana (Kate Burton) tenía clara inspiración en ella (perro incluido). Golpeaba en público a los empleados que no cumplían su tarea de la manera que ella esperaba. 

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El más famoso centro de operaciones de Leona era su hotel de Manhattan llamado Helmsley Palace. Allí era la figura promocional del lujo que se disponía en las habitaciones y salones. Era el rostro de la opulencia hasta en publicidad. Boato que la llevaría a estar encerrada 18 meses. 

No era de familia tradicional de Manhattan, todo lo contrario. Hija de polacos inmigrantes empobrecidos, heredó de su madre una actitud europea de distinción. Solo eso la enorgullecía de su origen, pues pronto se cambiaría el nombre de Lena Rosenthol a Leona Roberts; aunque la postura elegante que mostraba en público no excluía su carácter explosivo, gritos incluidos, que hacían temer a subordinados y clientes. Los reporteros sociales tenían avalanchas de reportes con descripciones detalladas de palabrotas y abusos físicos por parte de la millonaria.

Su mala fama creció cual bola de nieve. Y así como la ficción televisiva no esperó su muerte, tampoco lo hicieron los libros con su biografía. ¡Obvio! Su historia era una delicia. De inicios humildes, nombre nuevo, con tres matrimonios fracasados, madre divorciada con un hijo que alimentar, trabajos de secretaria y mucha ambición, finalmente tuvo el impulso que marcó su fortuna: pedir a sus jefes la oportunidad de vender bienes raíces. En pocos años sus negocios eran sinónimo de comisiones suculentas.

En ese ambiente conoció al hombre que no sólo sumó millones a sus cuentas, sino que también prestigio en Nueva York. Harry Helmsley era uno de los personajes más poderosos en el negocio de las propiedades. Lo que partió como una suerte de flirteo profesional terminó pronto en un cuarto matrimonio.

El hombre de negocios tímido quedó a merced de su nueva mujer. Ella controlaba sus amigos y cada uno de sus pasos. Lo hacía oficiar de anfitrión de las fastuosas fiestas en la casa que hoy está en venta en Connecticut. Ella ‘editaba’ las relaciones sociales que Helmsley podía tener. Cuando estuvo solo, mientras ella cumplía sentencia, su frágil salud empeoró. Al obtener su libertad, la manipuladora mujer se dedicó a cuidarlo hasta 1997, año en que él murió y le dejó una herencia billonaria. La misma que siguió despilfarrando, ya con su nombre manchado, en los salones y parques de Dunnellen Hall hasta su muerte, a los 87.

Pero se fue en su ley. Aunque trató de limpiar su imagen con donaciones a instituciones de beneficencia y a las familias de las víctimas de los atentados a las Torres Gemelas, desde la ultratumba retornó a los titulares con otras de sus acciones inesperadas. Era imposible que no fuera así, pues en su testamento dejó como heredero especial al único ser vivo que le dio alegría hasta el final: su menudo perro Trouble, nombre que traducido al español significa “Problema”. Con este peludo maltés vivía frente al Central Park y lo llevó a que corriera por los prados de Dunnellen Hall el día de su muerte.

¡Sus nietos tuvieron que ir a juicio con el perro…! Finalmente, entre el directorio que manejaba la fortuna se llegó a un acuerdo y el melenudo regalón tuvo solamente un par de millones hasta su muerte en 2011.

Así, esa mansión que fue testigo de las fiestas, las peleas, los gritos a los empleados, la seducción de Leona a Harry y los ladridos de Trouble retorna al mercado ‘maquillada’. Sacaron la plataforma de mármol que tapó la piscina para que la extravagante millonaria tuviera una pista de baile. Se ampliaron las habitaciones para que pasaran de una veintena a nueve piezas iluminadas, ocho baños se refaccionaron. Los anónimos dueños que la obtuvieron en 2010 hicieron todo para alejar fantasmas y convertir en hogar a esa propiedad con maldición de ‘Diamante Negro’.