“Ante todo, digna”. La muletilla infinitamente usada ante cualquier traspié, humillación o, definitivamente, tragedia tendrá alma y cuerpo en una figura cuya muerte ocurrió hace exactos veinte años. Una mujer que —al contrario de otros íconos más inestables como Diana de Gales— no desaparece de la cultura pop: Jacqueline Bouvier, Jackie Kennedy o Jackie O. Varias caras para el mismo espíritu movido desde la niñez por la reinvención.

Mi mamá era su fan. Así la conocí, en los años post Onassis. Fotografiada en Nueva York, setentera, con sus grandes anteojos y actitud chic. No entendía esa fascinación global con ella. No hacía películas, no cantaba, no tenía corona. Tampoco la encontraba tan bonita. Pero uno envejece, la conoce y aprende: a la ambición no se renuncia y sólo hay que asomarla de manera sutil, el silencio se administra, la inteligencia es sexy y debe conservarse la figura hasta el final.

Con un estilo único, revistas, blogs y programas de TV la tienen como modelo eterno. Hay un antes y después de Jackie. El ejemplo de una elegancia americana, simple y sofisticada. En cualquier buscador si se une su nombre a la palabra ‘lecciones’, inmediatamente aparecen listas con los tips de moda que dejó o imágenes de cómo replicar su look

Pero las descripiciones que falta son:

— Cómo soportar —y superar— de manera digna las infidelidades maritales (JFK, Onassis). Qué se hace para salir bien parada y sin expresión de rencor.

— Reinventarse con orgullo en una oficina, luego de galas oficiales y atardeceres en yates por el Mediterráneo. Una mujer moderna, madre soltera y con horario de 9 a 17.

— Convivir con la cámara de los paparazzi y sacarle partido a la atención (que en nuestro humilde mundo serían los ojos de amigos, parientes, vecinos y compañeros). El fotógrafo Ron Galella la convirtió en musa en sus caminatas por Manhattan.

— Morir con dignidad y en casa.

— Mantener el misterio desde el más allá. Romances secretos, cartas con profundas confesiones siguen apareciendo. Mundo interior complejo.

Un curso a distancia y tan permanente como su clásico guardarropa.