Estudiosa desde niña, Meghan Markle siempre fue la primera de la clase. Entre tareas para la casa y actividades deportivas, también se daba tiempo para acompañar a su padre a los estudios donde se filmaba la serie Matrimonio con hijos. De ahí vino su fascinación con el mundo de las cámaras, una pasión que nunca se detuvo y que, de alguna manera, afirmó su personalidad.

Siguió siendo una matea y logró, como pocas niñas canadienses de su edad, obtener una doble titulación: como actriz y también como licenciada en Relaciones Internacionales. Después, mientras se presentaba a sesiones de casting por el mundo, trabajada en la embajada de su país en Buenos Aires.

Ahora con 35 años y un novio universal tres años más joven que ella, nada menos que el príncipe Harry, comienza a dar sus primeros pasos como princesa entre más sombras que brillos. Fue su propio padre, que se declaró en bancarrota hace un par de meses, quien delató una ambición cultivada desde la infancia. Más deslenguada fue su hermanastra Samantha Grant, quien la declaró como una mujer fría, narcisista y trepadora.

Inmediatamente su pasado apareció en las páginas de la prensa rosa, al punto de transformarla casi en un ‘peligro’ para la corona británica. Su separación con el productor de cine Trevor Engelson, con quien estuvo casada sólo dos años, además de sus romances con la estrella del golf Rory McIlroy y el guapo chef Cory Vitiello, la mantienen en permanente tela de juicio. Como si definitivamente fuera la resurrección de Wallis Simpson, la mujer separada que hizo tambalear a Eduardo VIII, el rey que abdicó por amor.