Una de las cosas en las que una persona piensa a la hora de convivir es en evitar la saturación por lo que se hace día a día; y también en lo difícil que es reinventarse en el tiempo para que esa rutina no se transforme en un elemento de discusión que, muchas veces, culmina con la separación de la otra persona.

A todos los interrogantes que se me presentan sobre este tipo de tema, como con cualquier otro, intento relacionarlos con una representación cercana concreta de la vida y los micronúcleos que me rodean, ya sea familias, parejas amigas, mi trabajo, entre otros.

Hoy, mi reflexión yace desde la incertidumbre que me genera, de cara también a mi proyección personal, la vida en convivencia, y el prejuicio propio de pensar en la inviabilidad de la transformación permanente para hacer de la vida en pareja algo que supere las vicisitudes de las vidas de esos dos seres humanos que conviven.

Me resulta inevitable observar a mis personas más cercanas: la relación de mis padres. A mí me tocó vivir en un hogar en donde la relación de pareja acompañaba a la familia, y eso es algo poco común hoy en día. Sin mentir, dentro de mí núcleo de amigos éramos 2 de cada 10 los que teníamos a los padres juntos, y eso no es dato menor, porque mi hogar y la relación de mis padres, se transformó para mí en algo poco común, cuando no necesariamente tenía que serlo.

Recuerdo que, en una de las tantas conversaciones que he tenido con mi mamá, le pregunté qué era lo que hacía ella como mujer para mantener viva la relación con mi papá, de más de 30 años juntos. “Qué hacemos”, me corrigió sin dejarme terminar la pregunta. “Agus, la pareja se lleva de a dos personas y no basta con que una sola intente todo”. Allí, la conversación empezó a prolongarse para subir su tono de profundidad y seriedad.

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 – “Lo primero que debe haber es una base sólida de amor y confianza, sin eso, más allá de ser muy original para pensar una relación, es imposible planificar honestamente una vida al lado de otra persona. Y, para mí, lo segundo son las ganas de querer mantener viva la pareja y sentirse a los 50 años como cuando tenías 20″, me dijo mi mamá casi como enumerando los pasos de una receta.

Ayer, leí una entrevista que le hicieron a Antoni Bolinches, un psicólogo español que en su último libro Amor al segon intent, en donde, entre otras cosas, habla de las problemas de las relaciones de pareja en tiempos de crisis social, en referencia a la coyuntura actual de España. Allí, sostiene que las peores enemigas de las relaciones son dos, que de hecho están estrechamente ligados uno de otro. La primera es la saturación, situación que está vinculada a la vida sexual e íntima, y la segunda es la rutina, que es una situación de monotonía no sólo en la relación íntima sino en la vida en general.

Para no caer en esos dos enemigos letales, entonces, me quedo con esas palabras de mi madre, que lejos de la ciencia y el estudio, radica en la práctica misma de la vida y de la experiencia del tiempo compartido con el amor de su vida; y me quedo con esa frase que quizá es un cliché o quizá sea el foco desde donde hay que mirar para hablar de rutina, saturación o sexo: si hay amor, entonces, la fortaleza de reinventarse y transformarse deviene naturalmente.

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