El juego de los colores y las telas, los saris estallando dentro de los ojos, hacen creer por momentos que las mujeres que esperan fuera de la consulta de la ginecóloga Geeta Rakhit pueden ser personajes arrancados de cuentos orientales, pero la segunda mirada a su delgadez, a los hijos con panza prominente y piernas como hilachitas, al sonido que se filtra a ratos de la calle en forma de claxon, al olor que llega de tanto en tanto con la fuerte carga de las alcantarillas que fluyen abiertas, hacen recordar que de cuento nada.

Calcuta es la tercera ciudad más grande de este país con más de 16 millones de habitantes.

Calcuta es la tercera ciudad más grande de este país con más de 16 millones de habitantes. Las cifras exactas son imposibles de saber. Desde el 2001 no hay censo. Es la ciudad de Madre Teresa, la de extrema miseria y la de Tagore (el poeta Premio Nobel) que dejo una enorme herencia poética en esta urbe de piel tan dura.

Mientras Geeta Rakhit atiende a sus pacientes se toma a sorbos cortos el chai, el típico té con leche de India. Su piel aceitunada y con muy pocas arrugas hace imposible imaginar que tiene 75 años. Que bajo su mirada fuerte y escrutadora han pasado por décadas mujeres que nunca antes habían tenido una revisión ginecológica. Ella fue la primera mujer que estudió medicina en el estado de Uta Pradesh. Desde hace años viene tres días a la semana al dispensario (centro médico) que el programa para el desarrollo Colores de Calcuta tiene en Pilkhana.

“Gandhi decía que si educas a un hombre educas a un hombre. Si educas a una mujer educas a toda la familia”. Así comienza su casi monólogo. Y es que ser mujer en la India es casi una tragedia. Sufren discriminación antes de nacer y durante toda la vida. Reciben menos comida, peor asistencia médica y pocas van a la escuela.
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La doctora Rakhit cuenta que está prohibido saber el sexo de la guagua, pero que hay formas clandestinas para enterarse. “Si tienes sólo hijas mujeres no serás bien vista en el hogar de tu marido, se les castigará dándole comida a veces y muchas veces no. Todavía hay fratricidios de mujeres y abortos provocados de niñas”. Los hijos son los que se quedan en casa y por tanto, son el sostén de toda la familia y ‘el seguro de jubilación’ de los padres. Según la prestigiosa revista británica The Lancet, entre 300 y 600 mil niñas mueren antes de nacer. Esto hace que falten mujeres (en 2011 había 940 por cada mil hombres), algunos consideran que esa cuota es, en parte, responsable de las violaciones.

El temor marca la vida de las indias, muchas no se atreven a salir solas por la noche. “Está muy mal visto que una chica viaje tarde en un autobús con su novio. No obstante en la consulta me encuentro con mujeres abusadas por los familiares. Si tiene 15 ó 16 será un secreto para que así se pueda casar en el futuro y no quedar estigmatizada”. También hay casadas abusadas por los hermanos del marido. Casi siempre ellas optan por callarlo para ‘no crear problemas’.

Afuera esperando su turno una joven viene con su hija pequeña en brazos (1 año y dos meses). Farsana, la niña, está desnutrida. La madre, muy delgada, cuenta que tiene en total tres hijas (la mayor de 8 y la otra de 4) y que su marido es un rickshaw (tira un carruaje ligero que traslada gente) que hace dos meses no puede trabajar porque tiene tuberculosis. Dice Saida Vegam que se mantiene con lo que le dan entre familiares y vecinos. Hay otro hermano de su marido que es rickshaw y también tiene tuberculosis. El padre de ellos tampoco trabaja. La que ingresa algo es la suegra limpiando casas. Pese a todo ella ha logrado que su hija mayor vaya a la escuela pública y cuando lo dice esboza una clara sonrisa.
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La misma sonrisa que en el caso de Pushpa Bara se expande de manera permanente. Ella es enfermera y trabaja en la tercera planta de este edificio en el departamento para niños con diversos grados de desnutrición. Su vida también ha sido difícil. Es la tercera de ocho hermanos. Para pagarse los estudios trabajó varios veranos en la construcción llevando ladrillos en la cabeza. Y luego continuó hasta lograr su sueño: ser enfermera.

En ese momento se emociona y llora. Luego recobra su sonrisa. Se muestra contraria a la dote “no veo bien que mis padres paguen para que se casen conmigo”. Su formación cristiana la delata. Con tanto estudio se ‘atrasó’ en casarse, por lo que tuvo mucha presión del entorno, sin embargo, cuando lo hizo eligió libremente, “pero mi marido me dijo que no trabajara más, yo le respondí que si no me dejaba hacerlo me divorciaba de él”. Tienen un hijo de dos años y un matrimonio algo atípico. Durante la semana ella vive con su madre y su hijo y los fines de semana va a la casa de su marido. Por las distancias de Calcuta llegaron a este acuerdo y al parecer les funciona.

A unos 20 minutos paseando por un laberinto de calles con tiendas mínimas sin vitrinas, sin puertas a las que se accede levantando simplemente el pie, pasando por entre el hormigueo de personas, rickshaws, unas cabras y de tarde en tarde alguna relajada vaca suelta, se llega a la casa de acogida para 30 niñas, Anand Bhavan del programa Colores de Calcuta.

Se muestra contraria a la dote “no veo bien que mis padres paguen para que se casen conmigo”.

La directora de este centro es Pranita Bhatacharjee, profesora. Pertenece a la casta Brahmin, la más alta del hinduismo. Ella fue casada por su padre cuando tenía 15 años. “Al poco tiempo mi marido me echó de casa y cuando volví a la mía le dije a mi padre: me han rechazado. El me respondió ‘le rechazas tú porque no te trataba bien’”. Cuenta que quedó choqueada con esa experiencia de la cual no da detalles. “Mis hermanos (2 hombres y 5 mujeres) no se van a ocupar ahora de mí”, le dijo a su padre. A lo que él respondió: “Tú te vas a formar, tendrás un trabajo y entonces ya podré morir tranquilo”. Y así fue.

Mientras con energía dice que rechaza los matrimonios antes de los 18, pero que tampoco le interesan los conceptos de libertad y amor que hay en la actualidad (ella tiene 56 años), se acerca a la mesa del colorido patio de esta casa de acogida, una mujer madura con piercings en la nariz y varios en las orejas. Es Kaihkasha Begum, más conocida como Baby, la encargada del taller de mujeres. Ella fue alumna de Pranita y ahora es profesora de bordados y de técnicas de batik.
Baby es de religión musulmana. A ella le parece bien que los padres elijan los candidatos para los hijos.
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A modo de ejemplo cuenta que sus vecinos se fijaron en una de sus hijas y acudieron a hablar con ella y su marido. Acordaron ese matrimonio, pero no menciona el tema de la dote. Algo que en teoría está prohibido, pero que en la práctica continúa vigente hasta el día de hoy. “Los musulmanes son conservadores y tradicionales”, apunta Pranita. Sin embargo, Baby nunca ha dejado de trabajar, eso sí su marido lo permite porque es un lugar en que sólo hay mujeres. Su hija ha estudiado y ha ido a la universidad. Ambas reconocen que en India hay niñas que son torturadas o discriminadas, rechazan todo esto, pero también están de acuerdo en estructuras familiares que aunque la mujer trabaje es la que ‘debe llevar el hogar’. De pronto Baby me mira y me pregunta ‘¿cómo es en tu país, es más fácil?’.