Camina por las demolidas calles del cerro Ramaditas sólo en calcetines. El incendio le arrebató todo. Casa, ropa, muebles, recuerdos e incluso el local de abarrotes con el que se ganaba la vida. Si bien le han entregado ayuda, aún no encuentra un par de zapatos de su número, por lo que Marjorie Riquelme (31) prefiere seguir así, descalza. A lo lejos, escucha la voz de un hombre ofreciendo frazadas y ropa de cama. No lo piensa dos veces y corre a recibir las bolsas. Están pesadas, pero saca fuerzas y las lleva hasta su terreno, hoy devastado, como si un enorme meteorito hubiese caído justo sobre su casa. Pese a todo, sonríe y agradece infinitamente. Está aliviada. Sus dos hijos, Varioska (5) y Claudio (12) salieron sanos y salvos de la desgracia. Eso es lo único que le importa. “Mi esposo está preso desde hace dos años. Así que no me queda otra que tirar pa’elante sola”, dice, al tiempo que observa los escombros. Verlos allí, tirados y transformados en polvo, le hace revivir minuto a minuto los agonizantes momentos del incendio.

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La madrugada del domingo 13 de abril, Marjorie la pasó en vela conversando con una vecina, intentando divisar el humo y las llamas que provenían de otros cerros. Según había escuchado en las noticias, el inmenso incendio se había iniciado el sábado a eso de las tres de la tarde en el Camino La Pólvora, a más de tres kilómetros de su casa. Jamás pensó que las llamas avanzarían con tal velocidad. Mientras sus hijos dormían, ella fumaba un cigarrillo y observaba cual espectadora, lamentando la suerte de esas —hasta el momento— más de 500 personas que ya habían perdido sus viviendas.

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Una de ellas era Erica Cáceres (34), quien vio el fuego cuando recién se había iniciado. A sólo unos 30 metros de su casa, arriba, en la loma del cerro La Cruz. Eran las 3 de la tarde del día sábado 12 y, como en tantas otras ocasiones, el bosque aledaño a la autovía se estaba quemando. La humareda era intensa y el trabajo de bomberos parecía dificultoso. Aun así, Erica no se preocupó. Está acostumbrada a ver fuego en las cercanías de la población Tiro al Blanco, toma en la que vive junto a su pareja y sus cinco hijos. Pronto, notó que una densa nube de humo mantenía a oscuras gran parte de la ciudad.

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Preocupada por sus pequeños, los llamó para que entraran a la casa. “No vaya a ser que aspiren mucho humo y se enfermen”, pensó. Sobre todo el más pequeño. Juan Cristóbal de cuatro años, quien al padecer una extraña enfermedad estomacal, es el más débil y delgado.

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Con los cinco hijos dentro del inmueble, la pequeña casa de tres dormitorios se transformó en un ir y venir de risas y gritos. Pero la cotidianidad pronto acabaría. De un momento a otro, sin que nadie lo esperara, el viento comenzó a embestir fuerte contra las ventanas. Rabioso e imparable amenazaba con traer las llamas hasta el territorio habitado. Erica se asustó. Sus hijos se pusieron a llorar. Desde afuera escuchaba el bullicio de los vecinos. Algunos pedían ayuda, otros huían despavoridos. Recién en ese momento, notó las dimensiones de lo que se acercaba. Agarró a los niños y corrió hasta la puerta. Enrique, en tanto, intentó rescatar algunas cosas. Al final, sólo pudo sacar el computador de Leandro, su hijo mayor. Mientras escapaban, una enorme bola de fuego cayó sobre una colchoneta en el patio. Luego una chispa saltó a la casa. Y así, el hogar en el que habían vivido por más de 15 años comenzó a desaparecer. Mientras arrancaban cerro abajo, todos tomados de la mano en una cadena que ni las llamas pudo separar, Erica vio las casas de sus vecinos ardiendo como cajas de fósforos. Fueron las primeras de toda la ciudad en ser consumidas. Con el transcurso de las horas, se enteraría que el 90 por ciento de su cerro también sucumbió ante el fuego.

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Mientras ella huía, el siniestro seguía avanzando. En el cerro Las Cañas la situación era igual de catastrófica. Nicole Ayala (26 años, dos hijos) observaba por la ventana cómo las llamas quemaban las casas de la colina de al lado. Su marido, Héctor Carvajal (trabajador de la construcción) no estaba en casa. Como todos, jamás pensó que el invencible fuego tocaría su puerta. Eran las 7 de la tarde del día sábado y la Onemi ya había declarado alerta roja en Valparaíso. Si bien las llamas se veían lejos, avanzaban tan veloces como las olas en el mar. Esperó hasta el último momento. Esperanzada de que el traicionero viento no arrastrara las llamas hasta su casa, la cual se imponía orgullosa, como una de las más lindas del barrio. Pero el fuego no sabe de sacrificio.

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A las 8 de la noche, Nicole no pudo más con el humo, los gritos de sus niños ni las bolas de fuego que atravesaban desafiantes de vivienda en vivienda. “Era como si todas las casas hubiesen estado con parafina. Llegaba una chispa y prendían altiro”, resume. Agarró a sus niños, sacó un par de chaquetas y salió a la calle. El viento, el humo, las cenizas y el fuego no le permitían ver el camino. Sólo corrió. Sentía las manitos de sus hijos heladas aferradas a las suyas. “Vamos, vamos, corran”, les decía. Las cenizas aún prendidas le caían encima y el olor a pelo quemado la atormentaba en cada paso que daba. “Era una escena de guerra. No éramos los únicos. Todos corrían y arrancaban de las llamas. Era como si Dios nos hubiese querido castigar a todos de una vez. Pero nadie sabía por qué”, asegura.

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Un poco más allá un hombre en un camión se ofreció a llevarlos, pero era tanta la desesperación y el tumulto que el conductor no pudo avanzar. Tuvieron que bajarse y continuar corriendo mientras las llamas alcanzaban el vehículo y lo consumían por completo. Una vez en el centro de la ciudad, se encaminó junto al resto de los afectados a la emblemática Plaza O’Higgins. Sus hijos estaban bien. La ropa un poco chamuscada. Las zapatillas mojadas. Choqueados y asustados, pero vivos. Era lo único que importaba. Allí pasaron la noche. A las ocho de la mañana del día siguiente subió junto a su esposo y sus niños a comprobar la catástrofe. Ahí, donde hace sólo unas horas se levantaba una casa, ahora sólo quedaba una mezcolanza de chatarra. Ni muebles, ni ropa, ni fotos. Solo cenizas y desesperanza.

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Como pudo, Nicole intentó apaciguar las lágrimas de sus hijos al ver sus juguetes y recuerdos destruidos. En tanto, Marjorie Riquelme en el cerro Ramaditas continuaba mirando por la ventana, sorprendida por la fuerza del fuego que no se detenía. Las noticias transmitían la desgracia en directo. “El incendio más catastrófico que ha afectado a Valparaíso”, decían. Se hablaba de casi 10 mil evacuados y más de dos mil viviendas destruidas. Después se enteraría que, junto a las de su cerro, llegarían a las 3 mil. Pero hasta el momento, la amenaza aún estaba lejos. Fue el denso humo, como siempre, el primero en advertirle unas horas después que las llamas estaban próximas. De un momento a otro el aire se enrareció, apenas podía respirar. Abría y cerraba las ventanas, pero no había nada que hacer para impedir el ingreso de la densa fumarada.

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La tos de sus hijos Claudio y Varioska la atormentaba al igual que el sonido de las sirenas y aviones en el exterior. A las 2 de la tarde pasaron carros militares advirtiendo a los vecinos que tenían que evacuar. Marjorie temió por sus hijos. Rápidamente llamó a su madre, quien lo más raudo que pudo vino desde Rodelillo a recogerlos. “Cuando vi que mis cabros se iban, sentí que me moría. Ellos tenían que arrancar, salvarse como fuera, pero yo me quedé hasta el final mojando mi casita. Nunca me rendí”, recuerda. A las 8 de la noche el fuego alcanzó su negocio de abarrotes. Marjorie no tuvo otra opción. Arrancó como pudo. Desde la esquina y ahogada por el humo observó entre lágrimas cómo las llamas destruían también su hogar. “Nos quedamos hasta las 3 de la mañana con mis vecinos en el cerro. Arrancando de calle en calle, mirando cómo el fuego nos arrebataba todo”.

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Hoy, Marjorie está viviendo en una carpa instalada en su terreno, esperando poder levantar pronto una nueva casa. Erica junto a sus cinco hijos pasa las noches en el albergue Escuela Grecia en el centro de Valparaíso. Y Nicole duerme en un improvisado refugio en el mismo cerro Las Cañas, también en compañía de sus niños.

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La imagen de madres cocinando, mudando y atendiendo a sus hijos es típica en los cerros destruidos y albergues. “Hay que agradecer que mis hijos están vivos”, repite Marjorie. “Al final, eso es lo único que importa”.