Qué distinto era antes. Cuando hace menos de ocho años se reunían todos para un día de paseo en Sandringham o un fin de semana romántico en la finca escocesa de Glamis. Harry y William junto a Cressida Bonas y su hermanastra mayor Isabella Anstruther-Gough-Calthorpe. ¿Quién invitaba y organizaba estas escapadas que terminaban publicadas en las exclusivas páginas sociales del Tatler? Obviamente la prima irreverente y divertida: Beatriz de York, hija de Sarah Ferguson.

Como si se tratara de un capítulo feliz de Downton Abbey, todos eran solteros y los ojos de la prensa británica estaban clavados en estas dos muchachas millonarias y tan aristocráticas como el mismo linaje de los Windsor. Dos rubias acostumbradas a usar sombreros en las competencias de Ascot, bikinis en Ibiza y pieles cuando esquiaban en las pistas suizas de Verbier. No era especulación: todo dejaba en claro que ellas y sólo ellas serían las consortes de los hijos de Diana. Las mujeres de confianza que, como ninguna otra lady del país, lograban sumar más de cuatro apellidos cada una. Pero apareció una nueva millonaria, la hija de un hombre que en los ochenta hizo fortuna gracias a las fiestas del cotillón. ¿Su nombre? Kate Middleton: una castaña que según sus propias compañeras de curso en Cambridge, hizo todo lo posible para ser la mujer del futuro rey. Y William, contra todo pronóstico, la eligió.

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Las malas lenguas se han empeñado en ver a Isabella y Cressida como una nueva versión de las hermanas María y Ana Bolena. Las mismas que hace más de cuatro siglos lograron enloquecer de amor a Enrique VIII al punto que cambió la religión de su país para casarse con una de ellas. La diferencia es que estas hermanastras parecen tener un control distinto y se han vuelto imprescindibles en el entorno social de los hijos de Carlos.

Todavía vuelan por las redes esas imágenes en que William corrió a los brazos de Isabella cuando terminó su relación con Middleton un año antes de casarse. Era la misma época en que Harry comenzaba a coquetear con Cressida. Una relación que se ha mantenido ahora con altos y bajos, porque para nadie es un misterio que un ‘sí’ o un ‘no’ de Cressida tiene más fuerza que cien caballos pura sangre.

Isabella no es muy distinta. Dicen que ella habría rechazado rotundamente la propuesta de matrimonio de William y le habría comentado que ser reina de Inglaterra no estaba en sus planes. A los meses, figuraba comprometida con uno de los herederos más ricos del planeta: Sam Branson, el hijo del magnate de las telecomunicaciones Richard Branson. De ahí que las sospechas de la reciente ruptura de Harry con Cressida tengan que ver con la incomodidad de la familia real frente a Isabella, la que —según la prensa sensacionalista— aún vuelva loca de celos a Kate.

Separadas o juntas son un dolor de cabeza para la corona. Tanto o más de lo que alguna vez fue la figura de Camilla Parker Bowles frente a Diana. La mujer que fue novia del príncipe en sus primeros años y que, con el tiempo, supo mantenerse en un segundo plano desde el punto de vista público, pero en primera línea cuando se trataba de tomar decisiones.

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Irreverentes, astutas y al parecer tan necesarias en la vida de William y Harry, llevan en sus genes el temperamento de su madre. La inolvidable Lady Georgiana Lorna Curzon, una celebridad en los años sesenta y que se casó cuatro veces: todos banqueros millonarios y con muchos títulos nobiliarios. Ella fue quien encarnó el concepto de las ‘tres B’ que hasta hoy parece tener valor en la sociedad londinense: Blonde, Beautiful y Blue-blooded, el mismo que sus hijas manejan con maestría.

Como una novela de Jane Austen, ahora todo está en manos de Harry. Mientras el príncipe pelirrojo prepara su viaje a Chile y Brasil, debe tomar la decisión de seguir o no con Cressida. Se le exige ser certero y discreto, porque otro escándalo en la frágil corona inglesa pocos se lo perdonarían.