Por estos días se ha estado hablando mucho sobre la Ayahuasca, a raíz del atroz caso del demente  que se hacía llamar Antares, y también de algunas denominadas “nuevas drogas”. He visto en los  matinales, en noticiarios y en espacios de debate a algunos expertos, otros no tanto, opinando con una liviandad que da vergüenza ajena. De los policías no me sorprende, mandatados como están a obedecer órdenes sin cuestionamientos, lo que les libera de la necesidad de pensar, salvo que sea para definir un listado de marihuaneros conocidos que sirva para mostar eficiencia en la tele. Lo que me preocupa es que  autoridades y especialistas dedicados a la rehabilitación actúen desde la más completa ignorancia, sobre la base de ideas preconcebidas que no se someten a juicio y que probablemente sirvan más a la fuente de la que provienen.

Así, ahora se ha metido en un mismo saco a la Ayahuasca y la Salvia Divinorium, la 25I-NBOMe –conocida como “la bomba, 10 veces más potente que el LSD”- las sales de baño, los aerosoles y cualquier otra basura que algún tarado ha estado dispuesto a meterse en busca del colocón de moda. Los colegas editores deberían ser un poco más cuidadosos frente al riesgo de crear tendencias.

Una de las ideas que más se han estado repitiendo es que la Ayahuasca es una droga y, además, peligrosa. La sindican como la causa de que un joven músico sano y espiritual terminara convertido en un sicótico capaz de quemar vivo a un recién nacido. Así de simplen parece ser para quienes ignoran que una cosa son las drogas y otra muy diferente las “Plantas de Poder” enteógenos. Que haya tontitos que vulneren el respeto reverencial y sagrado que ha de tenerse con estas plantas, buscando recreación o iluminación rápida, es en gran medida culpa de los medios, que no profundizan nada, pero también de quienes dirigen las políticas públicas, los mismos que hablan de la marihuana como “la puerta de entrada a las drogas duras” y como tal la persiguen, porque así le han dicho los mandamases de la DEA que debe hacerse. Con ello, probablemente sin saberlo, resultan útiles a los narcotraficantes, puesto que garantizan la exclusividad del negocio ilícito mientras juegan al gato y al ratón con los pavos que no saben hacerla, mientras en las poblaciones miles se pudren el ceso con pasta base y porros paraguayos y, claro, mientras millones se hacen cáncer al pulmón y decenas de borrachos (¿habrá algo más degradante de la condición humana que la embriaguez?) asesinan gente a cada rato en riñas o al volante.

Se necesita educación, si, de calidad y acceso garantizado para todos, pero no la capacitación de mano de obra y  fabricación en línea de consumidores obedientes que conocemos, la producción masiva de sonámbulos hipnotizados que toman alcohol para seguir embrutecidos y no se fumarían un caño, porque los haría pensar y no endeudarse, tal como le gusta al status quo. Hablo de una educación  que propicie el conocimiento de sí mismo y permita desentrañar los secretos de nuestra relación con la naturaleza.  Así, en cada colegio, a temprana edad, debería enseñarse la diferencia entre el cornezuelo del centeno de los griegos y los “Misterios de Eleusis”, donde se definió la divinidad en el rito de la teofagia, que fue copiado por la Iglesia Católica y que cada domingo se recrea en las iglesias; así todo adolescente sabría que si busca la Salvia Divinorum (o “de los adivinos”) o el Peyote para divertirse se meterá en un problema, a diferencia de los chamanes de México antiguo y sus herederos, que reciben de éstos la revelación del espíritu y los secretos de la medicina. Así los siquiatras podrían usar LSD o mescalina para sanar y no perder el tiempo vendiendo Prozac.

Antes de hablar sandeces sobre la Ayahuasca habría que enterarse por qué el gobierno de Perú la declaró patrimonio cultural y saber que su adecuada utilización, entre otras cosas, sí sirve para curar adicciones. ¿Por qué entonces Ramón Castillo y sus seguidores llegaron a tales extremos después de consumirla? Sin duda por razones siquiátricas y, precisamente, porque hay cosas con las que no se juega y no deben estar en manos de cualquiera que se deje la barba y hable en esotérico.

Antes de hablar sandeces sobre la Ayahuasca habría que enterarse por qué el gobierno de Perú la declaró patrimonio cultural y saber que su adecuada utilización, entre otras cosas, sí sirve para curar adicciones.

Quien no se escandaliza por la condición de privilegio que tienen en nuestra sociedad el alcohol y el tabaco -por lejos las drogas más letales-, ni entiende que una cosa es la cocaína, la pasta base, la heroína, el crack, la infinidad de fármacos que se pueden comprar con la debida receta o la excusa adecuada, en resumen, toda la basura elaborada por gente inescrupulosa para lucrar; y otra muy distinta la experiencia enteógena, a la que sí, con suerte, la Cannabis podría ser una puerta de entrada, aunque muy modesta; haría bien en quedarse callado, aunque trabaje en una fundación tratando de rehabilitar adictos o desde el gobierno intente, inútilmente, combatir un flagelo del que no sabe más que aquello le han contando.
Es cierto que la adicción a las drogas es un grave problema. Pero quien crea que la culpa la tienen por igual las sustancias ilícitas y las plantas y desconozca la verdad objetiva de que el contexto social y familiar es un factor determinante, o se apure a considerar igual al que sabe apreciar las bondades de un cogollo con el insensato que se inyecta detergente o inhala caspa del diablo, o al criminal que fabrica zombies para comprarse un Ferrari, está siendo un irresponsable.

Les cuento: es el vacío existencial de una sociedad de consumidores y no de personas, donde se han robado la magia y el sentido profundo de estar aquí y ahora, lo que explica por qué tantos son capaces de meterse cualquier cosa con tal de sentirse un poco vivos.

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