Mariana y Julio se conocieron hace 15 años: se casaron a los 6 de pololeo y tienen 2 hijos, hace 3 que duermen en camas separadas y casi no comparten momentos juntos. Ella se siente sola y llora casi todas las noches; no sabe si es por que extraña a Julio, porque quiere algo nuevo o por la angustia de creer que su vida en pareja fracasó. Julio, en cambio, trabaja mucho, comparte con sus hijos y llega a la casa sólo a comer algo y a dormir para despertarse temprano a trabajar al día siguiente. No llora ni se pregunta por qué no está con Mariana al lado, sólo vive sin ella, aunque a veces extraña las charlas –café y agua de hierba de por medio– en las que planeaban viajes al sur de Chile, lugares que visitaban juntos con frecuencia.

Una vez leí que cuando hablamos de relaciones de pareja se plantean inmediatamente 3 vidas: la vida de uno, la vida del otro y la vida que tienen en común esas dos personas. En sociedades como la nuestra, en las que imperan las lógicas de mercado, la vida se traduce en el plano de lo inmediato, lo individual y del consumo. Así, los vínculos personales se vuelven tan efímeros y desechables como un iPhone, e inmerso en este discurso sociocultural estas prácticas también han ido determinando esta relación íntima en la que interactúan sólo dos personas, las parejas.

Expertos aseguran que la pareja es el primer vínculo que el ser humano hace voluntariamente; esto quiere decir que se trata de un sistema exclusivamente consciente con el que convivimos. Si nos apropiamos de esta afirmación, entonces, este vínculo debiera ser, al menos, uno importante al que cuidar y fortalecer. Pero, la pareja en sí misma, como un microsistema consciente de la vida, se encuentra invisibilizada por las mismas personas que la componen y también por las instituciones formales; relegando su importancia y determinándola únicamente en la familia: matrimonio e hijos.

De todos modos, en Chile, hay personas que observan y profundizan sobre este “descuido” y que sostienen que la pareja y el vivir emparejado es una situación que no puede abstraerse de la realidad social, pero que sí debe percibirse como un sistema que está, que vive y en el que se vive y al que hay que cuidar para preservarlo; porque al disolverse, el dolor y la crisis impacta en otros ámbitos importantísimos para la vida de una persona. La psicóloga Luz Poblete Coddou y el abogado y ex parlamentario Eduardo Díaz del Río además de ser amigos personales, son dos personas que han estado trabajando sobre esta inquietud. La primera motivación, al menos de Eduardo, ha sido una situación personal que lo ha llevado a preguntarse la realidad de la pareja hoy y qué hacemos por ella como sociedad.

Ambos encabezan la Fundación eNpareja. Lo que primero pensé al conocer su trabajo fue que se trataba de algún tipo de terapia. Pero no, eNpareja no es precisamente eso; es un poco más profundo y un poco menos caótico. La Fundación no contempla ni la crisis, ni los divorcios, ni las separaciones. Se trata, en cambio, de empezar a pensar a la pareja con amor y de ponerla en un lugar importante en nuestras vidas.

Si no es terapia de pareja entonces, ¿qué propone la Fundación? eNpareja trabaja, hasta el momento, con tres líneas de acción. La primera es la charla, que son espacios de reflexión masiva encabezados por especialistas y destinados a escenarios empresariales, municipalidades y público particular. La segunda es el encuentro, que se trata de experiencias grupales que se proponen fortalecer el vínculo de la pareja mediante la reflexión y la acción de esos “pequeños grandes detalles” que la mantienen viva, y están destinados a todo tipo de organismos privados y públicos. Y, la tercera es el coaching, que se trata de un acompañamiento focalizado a personas que quieran identificar y desarrollar herramientas para prevenir la crisis.

Así, eNpareja sostiene que “el punto de partida es la comunicación, sólo así se preserva el lazo”, y asegura que “la pareja es el nuevo núcleo de la sociedad”, entendiendo que es nuevo porque está invisible y que la clave es empezar a mirarlo. Desde aquí, Luz y Eduardo están convencidos de que su trabajo no sólo funciona como ejercicio preventivo de las crisis y las separaciones sino también como una nueva forma de encarar la vida de a dos.

Entonces, repensar a la pareja no es más ni menos que una retrospectiva, y se trata de ser conscientes que en lo efímero de las cosas, el amor y el compromiso perduran. Es cuestión de perder el miedo de hablar de nosotros mismos, de hablar eNpareja y de mirar ese “nosotros” como un vínculo al que hay que cuidar. Quizá, si Julio y Mariana se hubieran prestado atención a tiempo, ella no estaría llorando, ni el añorando las charlas de los viajes al sur.

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