En Cali, Colombia, las fiestas de fin de año comienzan a celebrarse el 7 de diciembre. En el llamado Día de las velitas o Alumbrado, los caleños prenden velas en toda la ciudad, cuelgan faroles en las avenidas y preparan comidas tradicionales para recibir al mes de la Navidad. El 24 de diciembre, la fiesta no da tregua: se cocinan dulces de fruta que se reparten entre los vecinos, las calles son decoradas y se hacen concursos para elegir a la más bonita. Al recibir el nuevo año, las familias se reúnen en torno a sus abuelos en una celebración que dura hasta el día siguiente. La madrugada se estira a punta de bailes, aguardiente o ron. Durante todo el mes, los fuegos artificiales son pan de cada día e incluso la última semana de diciembre la mayoría de los ciudadanos trabaja media jornada.
Lorena Chalarca (41 años, refugiada colombiana) llegó hace siete años a Chile proveniente de Quito, Ecuador, donde había escapado con su pareja (desaparecido en esa ciudad hasta hoy un día de agosto de 2003) y su hija desde Cali, tras ser blanco de amenazas de la guerrilla colombiana.
Luego de viajar por tierra desde la capital ecuatoriana hasta el paso Chacalluta, en Arica, Lorena se instaló en Santiago en octubre de 2005. Venía con su hija de 15 años y cargando una situación económica precaria. Lograron arrendar una pieza en un caserón de la calle Libertad y sobrevivir en ese lugar. Allí vivían un par de ciudadanos chilenos, algunos peruanos y un colombiano.
Para la llegada del 7 de diciembre, Lorena y su hija Evelyn prendieron dos velitas en su habitación, recordando su Alumbrado caleño y celebrando así su fiesta de la Inmaculada Concepción. El 24 de diciembre la casa estaba vacía. Esa noche no hubo regalos ni festejos. Se hacía difícil con los 54 mil pesos mensuales que ganaba (ahora, con el apoyo de la Pastoral Social trabaja como panadera y repostera, su situación ha cambiado). “Mi hija y yo solo agradecimos estar juntas y a salvo. Ella nunca me exigió nada material. Yo siempre le he inculcado que lo importante es el amor. Le decía que estuviera contenta, que hay gente que duerme en la calle y que no tiene ni para comerse un pancito”, comenta.
Finalizadas las fiestas navideñas, un joven colombiano que vivía en la casa les propuso reunirse para el Año Nuevo. Habían oído que los fuegos artificiales de Santiago eran los más imponentes de América Latina. Decidieron comer juntos y salir a celebrar al centro. Suponían habría fiesta al estilo colombiano: “Alegría, buen ánimo y compañerismo. En Colombia le gente tiene mucho calor humano. Tú sales y saludas al vecino y hasta a tu enemigo le das un abrazo. Todos están con su botella de aguardiente y eso se comparte”.

ALREDEDOR DE LAS ONCE DE LA NOCHE, LOS TRES SE SENTARON A COMER DOS POLLOS ASADOS, papas y ají. No alcanzaba para tomar una copa, así que esperaron a salir a la calle, pensando que allí alguien los invitaría a compartir y que la fiesta seguiría hasta la madrugada. Caminaron hasta Cumming con Moneda. Había multitudes, pero los círculos eran cerrados. Cuando estallaron los fuegos, se acercaron a la gente para abrazarla, pero las personas les daban la espalda y los miraban de reojo. Después de un par de minutos, sintieron que no tenían nada que hacer allí y fueron a dormir. Eran recién pasadas las doce de la noche.

La noche del 24 de diciembre pasado iba a ser distinta. Algunos enfermeros y paramédicos de la UCI de la Clínica Tabancura arreglaban la mesa en la sala de reuniones para sentarse a comer. Había platos especiales, copas y servilletas con motivos navideños. La comida, carne con papas duquesa, ensaladas, y un postre de chocolate blanco, estaba dispuesta en el mesón que cubría un mantel largo. Como todas las Navidades, cada uno estaba encargado de llevar un regalo de amigo secreto a la celebración.

Esa noche, a diferencia de otros años, hubo gran movimiento en la UCI: el ingreso, después de las seis de la tarde, de cuatro pacientes en estado grave ponía presión al doctor Cristián Deza (34 años, internista), el único médico de turno ese día. María de los Angeles, su mujer, había llegado pasadas las diez para comer con él y sus colegas, pero pudo verlo sólo diez minutos a eso de la una de la madrugada.
Cristián Deza lleva cuatro años seguidos viviendo la Navidad y el Año Nuevo en la UCI. Es médico internista y trabaja en la Clínica Tabancura. Sabe lidiar con la tragedia diaria (por el estado de gravedad en que llegan, aquí mueren entre un veinte y un treinta por ciento de los que ingresan) y con los turnos de 24 horas, que lo privan de las celebraciones familiares.
“Uno siempre echa de menos y a veces piensas en las ganas de estar con la familia, sobre todo cuando los familiares de los pacientes vienen a visitarlos. De todas formas, como aún no tenemos hijos, con mi señora se nos hace más llevadero”, explica Cristián.
El doctor Deza tiene experiencia en pasar estas fechas lejos de casa. Cuando trabajaba en el servicio público, muchas veces hizo turnos en Navidad. Allí, la situación es algo distinta: para estas fechas, debido a la ingesta de alcohol, llegan más casos de personas agredidas en la vía pública, atropelladas o apuñaladas. A diferencia de los días comunes, por la carga emocional de estas celebraciones, aumenta también la cifra de pacientes que llegan por intentos de suicidio e intoxicaciones con fármacos.
Cristián deambula por los pasillos de la UCI con su traje azul y delantal blanco —estetoscopio al cuello—, chequeando a sus pacientes. Esta Navidad no será la excepción.

Estuvo en Haití por primera vez en 2004. El capitán Jaime Fernández (piloto de helicópteros del Grupo 9 de la FACh, 36 años) integraba la misión de paz que envió la ONU tras el Golpe de Estado, ante las dificultades que vivía el país. Fue parte de las primeras cuarenta personas que envió la FACh a Puerto Príncipe, a pocos días de la crisis.
Llegaron a armar el campamento y durante tres semanas durmieron por las noches en el suelo, mientras en el día se apresuraban a trabajar con palas y picotas a la espera del arribo de los cuatro helicópteros con los que comenzaría su trabajo militar y de ayuda humanitaria. Vieron de cerca la violencia y la pobreza extrema en las que vivían los haitianos: gente muerta en las calles por ajustes de cuentas de bandas rivales, niños desnudos, personas buscando comida en la basura, inexistencia total de servicios básicos.
Como nunca antes un equipo chileno había sobrevolado el sector, debieron abrir rutas, hacer cartas de vuelo e interpretar la meteorología por sí mismos.

El capitán Fernández recuerda que ese tiempo fue muy duro para todos, pero también reconoce que la vivencia lo ayudó mucho en lo profesional. “Yo llevaba 18 años en la FACh, preparándome para trabajar en condiciones extremas y operaciones militares complejas. Aunque personalmente fue muy fuerte, en lo profesional aprendimos mucho. Uno de los desafíos que más me conmovió fue cuando llegamos a Gonaives, tras el paso de la tormenta (Jeanne, 2004): todo estaba inundado y a medida que empezó a bajar el agua fueron apareciendo los cuerpos arrumados. Eran muchos… Esa escena sumada al zumbido de las voces gritando y llorando es muy difícil de olvidar”, asegura.
Con más de una experiencia navideña lejos de casa (ya le ha tocado tres veces vivir esta celebración fuera de Chile), este piloto de helicópteros recuerda con emoción las festividades en Haití. En la primera Navidad haitiana, cada una de las personas de la misión tuvo tres minutos para hablar con sus familias por teléfono y luego hubo una comida en la base, donde se repartieron regalos de no más de tres dólares, envueltos en papel de diario. Ese 2004, el contingente chileno apadrinó un orfanato de veinticinco niños cuyas edades iban entre los seis meses y los cuatro años, pequeños que para la Navidad siguiente fueron protagonistas.

LA CELEBRACIÓN DE LA SEGUNDA NAVIDAD DEL CAPITÁN FERNÁNDEZ EN HAITÍ EMPEZÓ A LAS TRES DE LA TARDE con la llegada de los niños del orfanato. En esa ocasión, todo el esfuerzo de la misión chilena estuvo puesto en celebrar a los niños. Comieron hamburguesas, dulces y helados. Cuando salieron de la Base, llegó un jeep blanco con dos pilotos y un voluntario disfrazado de Viejo Pascuero (San Nicolás en Haití), sentado en el asiento trasero. Las tías del orfanato explicaban en creolé (lenguaje criollo haitiano) a los pequeños de qué se trataba el asunto, ya que ellos nunca habían visto a San Nicolás más que en fotografías. El pascuero llevaba regalos para todos, como pelotas de fútbol y autos de juguete. Todo esto, incluido el disfraz, fue traído desde Chile.
Esa tarde, cuando los niños se fueron, el contingente chileno comió algo sencillo y dio por terminadas las celebraciones.
El capitán Jaime Fernández está casado y este año deberá partir a Haití para las fiestas. Para él y para Daniela, su mujer hace dos años, será la primera Navidad que pasarán separados desde que se casaron. “Lo que viene ahora lo enfrentamos bien. Mi señora me conoció en esta parada y sabe que mi trabajo me apasiona. Seguramente va a haber tristeza por ambos lados, pero hay que acostumbrarse y llevarla de la mejor forma posible, tratar de abstraerse y asumirlo como un día más… Aunque sea Navidad”.