Resulta paradójico pensar que en la época en que las barreras comunicacionales casi no existen, el mundo se convierte en “un pañuelo” gracias a internet. Los edificios son cada vez más altos y se pueden ver incluso desde distinto ángulos de la ciudad, y cada vez dependemos más de un pequeño aparato como el celular, que sirve para mucho más que hablar por teléfono. Pero aún así a pesar de todos nuestros logros, adelantos y desafíos, la Tierra es la que grita más fuerte, es la que manda y nos hace sentir su inmenso poder.

Lo hemos visto frente a las grandes catástrofes que nos han agobiado en los últimos años. Los terremotos, los tsunamis, las erupciones… sus mensajes han sido claros, muy claros. Nos recuerdan que la naturaleza tiene sus propias normas y nosotros no tenemos voz ni voto frente a sus demostraciones.

El próximo 22 de abril es el Día de la Tierra y se celebra como tal desde que en 1970 se convocara a la comunidad estadounidense para presionar por la creación de una agencia ambiental. El activista y entonces senador Gaylor Nelson estuvo detrás de esta iniciativa. Han pasado varias décadas desde entonces y aunque cada vez somos más los interesados en el cuidado del medioambiente, las palabras que el jefe indio de Seattle escribió al presidente norteamericano que quiso comprar sus tierras, aún tienen vigencia. Allí resumía lo que consideraba era la forma de los blancos de relacionarse con su entorno: “La tierra no es su hermana, sino su enemiga y una vez conquistada la abandona”.

Así es, vivimos desafiándola. Por soberbia o por necesidad pero cada tanto nos recuerda que sus vientos son más fuertes, veleidosos e impredecibles que nuestros magnificas máquinas, que sus movimientos pueden ser tan intensos que no podemos mantenernos en pie y que sus mares, uf… contra ellos somos insignificantes.

Parece no gustarle nuestra actitud y querer cobrarnos por secar sus ríos, ensuciar sus mares, por matar sin medida a sus otros habitantes. Se ha vuelto dura con nosotros y parece que está enojada. Ojalá ella nos deje en paz por un rato. Pero por sobre todo ojalá nosotros empecemos a entender que el Día la Tierra no es sólo una efeméride, sino el momento de iniciar cambios reales en nuestras conductas para no deteriorar más un lugar en el que solo estamos de paso.

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