Desde su bullada y pública separación matrimonial con la modelo Belén Hidalgo en 2011, muy poco se supo de Miguel Piñera (62) en estos años. Un hecho que lo golpeó fuerte en pleno gobierno de su hermano Sebastián, por lo que no pudo defenderse mucho de las acusaciones que le imputaba la ex modelo, accediendo, de paso, a pagarle una cifra millonaria para detener la polémica. Desde entonces el carismático rey de la noche y el hermano menor del clan Piñera-Echenique entró en una especie de ostracismo voluntario hasta hace unas semanas en que reapareció en la inauguración de la fonda del parque Intercomunal, lanzó un disco con sus mejores canciones y luego irrumpió en las redes sociales interpretando el jingle central Agárrense de las manos de la campaña presidencial de su hermano.

En estos años de retiro voluntario el cantante se dedicó a viajar, a cantar en eventos nocturnos, fue rostro de marcas, relacionador público de pubs, e intentó evitar entrevistas y contacto con la prensa. “Quedé muy expuesto después de que me separé; todos sabían de mi vida; vengo de una familia pública, necesitaba privacidad. Gracias a Dios se acabó la farándula terrible. Fueron diez años de persecución, de que me esperaran afuera de mi casa; acoso, acoso, ¡me aburrí! Hoy me cuido más, me expongo menos, ya no doy entrevistas. Los años pasan, vas madurando; hoy es más difícil llegar al Negro
Piñera, no quiero exponerme”, asegura el intérprete de La luna llena, dando cuenta no sólo de su nueva postura, también de un rotundo cambio de estilo de vida, aun cuando sabe que con Sebastián Piñera liderando las presidenciales, volverá a la primera línea. Y también el chaqueteo. “A esa gente resentida, que le busca la quinta pata al gato, no la pesco. No me duele nada; al contrario, me da risa cuando escucho cosas falsas de mí. La gente va a hablar igual. Yo feliz de apoyar a Sebastián cantando, irradiando buena onda, sacándome selfies. Cada foto que me tomo la veo como un voto para él; así es que hermanito, ¡me debí no sé cuántos votos!”, dice lanzando su típica carcajada.

Aunque sigue carreteando, el cantante asegura que hoy se acuesta más temprano, ¡y a las 9:30 AM ya está en pie! A veces parte al gimnasio que está al lado de su casa en La Reina, a jugar tenis; de lo contrario, se queda mirando películas o documentales. “Me estoy tomando la vida de manera más tranquila, estoy más moderado, tranquilito. Me cuido más, hago los carretes en mi casa, piola. Si antes me tomaba dos,tres whisky, ahora con uno quedo bien. Estoy vegetariano, no como carnes rojas, solo pollo o pescado; aun así, día por medio se enciende la parrilla en esta casa haya gente o no”.

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Una casa que en la actualidad comparte con su productor y encargado de su cuidado en los eventos Felipe Valenzuela, que más bien parece una comunidad y que mantiene abierta las 24 horas a un sinfín de personas que llegan y circulan libres, aun cuando el Negro
confiesa que sus amigos son muy pocos, a los que aprendió a reconocer rápido por su historia de vida. “Soy inteligente y sensible, me doy cuenta perfecto quién es quién. Una habilidad que heredé de mis padres y desarrollé por tanto viaje y los constantes cambios de colegio donde tenía que darme cuenta rápido con quien contaba. Soy cariñoso, mis amigos son los mismos de siempre, en su mayoría músicos. Le abro las puertas a todo el mundo, pero de ahí a que sean mis amigos, no es fácil. Mi gente más cercana es lejos mi familia…por eso se me hace tan difícil superar la muerte de Guadalupe”, comenta el Negro sin poder contener la pena por la partida de su hermana mayor el 18 de junio debido a un cáncer de colon.

SU SEGUNDA MADRE

“Se me pone un nudo en la garganta cuando hablo de ella… Murió muy rápido mi hermanita linda. Tenía 71, estaba tan bien, activa, trabajando con el Tronco Torrealba en la Municipalidad de Vitacura. Se veía feliz, en mucho mejor estado físico que yo. Hacía deporte, iba al gimnasio, practicaba Pilates. Un día le dolió una pierna, se hizo exámenes y le encontraron cáncer”.

Miguel cuenta que Guadalupe era como la mamá de todos los hermanos Piñera. “Cuando volví a Chile…, disculpa, no puedo hablar… Es que ahí me tocai un punto débil: mi familia. Soy sensible, ando muy llorón. Mi papá era embajador en Nueva York y yo de 16 años tuve que venirme a Chile a terminar el colegio. Fue en el año ’70 y yo venía muy desordenado de Woodstock, de haber pasado cuatro días de paz, amor, sexo y rock and roll; con toda la energía del flower power, ¡full música! Llegué al Saint George y la Lupe me recibió por casi un año. Pobre, ¡nadie dormía en esa casa! Tocaba guitarra eléctrica, llegaba tarde; siempre fui bohemio. Aun no creo que se haya ido, fue muy rápido. Me tocó verla cuando estaba muy  mal en la clínica, ella era mi mamá también”.

Recuerda que Guadalupe solía ordenarlo, aconsejarlo. “Es la pena más grande, luego de la pérdida de mis padres. Siempre solidaria y cariñosa; está junto a los restos de mi mamá a los pies de la virgen en el cerro San Cristóbal. Dejó seis hijos maravillosos, los Irarrázaval-Piñera. Tengo muy buena onda con todos mis sobrinos; nos vemos, carreteamos. Solían ir al Entrenegros, al Tutix o al Capitán Tutix y entraban, tomaban y comían gratis. Más que tío, soy amigo, hacemos asaditos, mucho karaoke”.

Miguel cuenta que por estos días está muy cerca de Damián Valdés Piñera, hijo de su hermana Pichita con quien juega en el equipo de fútbol los Papurris Club. “Jugamos los miércoles. Yo soy arquero, aunque ahora estoy de entrenador porque estoy viejito; ya atajo más o menos. Lo entretenido es que el tercer tiempo lo hacemos en mi casa con un asadito, él trae su perro y aprovecha de sacar al mío. En el verano nos metemos a la piscina, cantamos karaoke, guitarreamos y jugamos su pichanguita”.

Con los Piñera Morel, hijos de Sebastián, también reconoce un lazo profundo. “Soy muy amigo de Sebastino, como le decimos a Sebastián chico y de Tobín (Cristóbal). Con Cecilia, la Manena y su marido Pablo Rossel nos vemos seguido; Pablito salió músico, toca piano, nos metemos al estudio y guitarreamos juntos”.

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—Raro oírlo decir que está viejo, ha luchado por ser el eterno adolescente.

—Estoy más viejito y se nota. Como te contaba, ahora me  acuesto más temprano, estoy más traquilo y más sano. Veo a mi alrededor y la gente está muy loca. Yo me considero un huevón cuerdo, equilibrado. Se cuánto, hasta dónde llegar y me mido. Me puedo tomar un whisky, pero nunca me verás dado vuelta. La juventud, en cambio, está arriba de la pelota, con mucho exceso de todo. Gracias a Dios a estas alturas de la vida estoy más calmado, es que ya me canso. El otro día fui en moto a Viña y llegué raja, ¡no puede ser esa h…! Piensa que años atrás partí en moto a Estados Unidos. Ahí te das cuenta de que no es fácil la tercera edad. Los años pasan y la energía sexual también ha disminuido… Igual no me quejo, lo he pasado chancho. Ahora tengo mis parejas, pero no las expondré  como lo hice antes.

Confiesa que sentirse viejo lo frustra. “¡Obvio que me da lata! Qué daría por tener 40 años menos, porque todavía tengo pilas y entusiasmo por hacer cosas, pero el cuerpo ya no me acompaña, me canso. Hace poco me hice un chequeo, mi salud está bien, pero el doctor me dijo que me fuera con cuidado, despacito. Tengo muchas cosas pendientes aún, mucho que aprender, que viajar. Quiero seguir recorriendo el mundo; esa ha sido la mejor escuela de mi vida”.