Cada chileno genera aproximadamente 1.1 kilo de desechos por día (unas 7.4 millones de toneladas por año) según Greenpeace. Solo el 20% de la población recicla su basura de manera habitual. El resto se acumula en centros de acopio, rellenos sanitarios y vertederos. La Chimba en Antofagasta alberga uno de los basurales más grandes de Sudámerica. En total 5 millones 600 mil metros cúbicos de residuos. Partió funcionando hace más de 50 años y su vida útil debería haber terminado hace tres.

En 2013 la municipalidad tomó su administración: cercó su perímetro, estableció un horario de funcionamiento, reglas de ingreso y la mayoría de quienes trabajaban informalmente allí fueron contratados. Hoy está dividido en dos sectores: El escombro, que reune los desechos del comercio, y La rampla, donde llega la basura de las casas. La idea es que en el corto plazo sea cerrado y se construya en su lugar un gran parque.

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Susana Véliz (52)

La Chana, es una de las dirigentas más antiguas y respetadas de los campamentos de Antofagasta. Hoy dirige el Centro de Formación La Chimba, creado junto al padre Felipe Berríos. Llegó desde Calama hace casi 40 años. Si bien hoy no trabaja en el vertedero es parte de su historia. “Al comienzo llevaba a mis hijos, pero pensaba ‘esto no puede ser, no está bien’. Así nació la idea de armar un jardín para los niños de las madres de la basura”. Empezó a cuidar a los hijos de otras mujeres que trabajaban allí. “Primero eran 14 chicos en mi casa, luego más. Algunos se fueron quedando. Sin darme cuenta crié a 30 niños ajenos”. Luego armó un comedor para dar almuerzo, después un comité para la vivienda del campamento Luz Divina I, que hoy ya va en Luz Divina VII.

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Nelba Julio (30)

Pasó sus primeros meses en una caja de plátanos en medio del vertedero donde su mamá trabajaba. Luego empezó, como el resto de los niños, a descargar camionetas a cambio de monedas. “Gracias a este trabajo tuve mi casa. Junté 460 mil pesos, que para mí era algo muy difícil”. Su marido también se crió en la basura. Llevan 14 años juntos y tienen cuatro hijas (entre 12 y 2 años). “Él al igual que yo descargó camionetas y sus papás trabajaban acá. Hoy es guardia del vertedero, fue contratado cuando asumió la municipalidad”. Hoy Nelba y su familia viven lejos de la basura, pero cada vez que necesita generar más ingresos, vuelve a La Chimba y recolecta cosas que vende en la feria. “Hacemos un servicio, somos recicladores y nadie lo reconoce”.

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Gladys Marín (54)

“Me pusieron así porque soy peleadora y buena para alegar. Cuando querían cerrar el vertedero estuve apoyando, quemando forro. Somos hartas mujeres, todas muy fuertes”. Gladys es la jefa. Sentada en una silla sobre escombros y bajo un quitasol, dirige las faenas de los recolectores. Decide quién entra y quién no. Cómo se divide el territorio, quién se lleva qué y a qué camión pueden optar. Llegó a La Chimba a los 22 años. Tenía tres niños pequeños. “Hice mi vida acá en la manzana siete. Crié y salí adelante con mis hijos gracias a este trabajo. Cuando partí no había ni luz, teníamos que andar con velas. Aquí hay categorías y estamos distribuidos por sectores, incluso tenemos un sindicato; Francisco Figueroa, el Guru Guru, es el presidente. No es llegar y venir a reciclar, tienen que conversar conmigo, yo pongo las reglas. No permito las peleas, si se portan mal se van castigados: una semana sin entrar. Dos de mis hijos trabajan aquí; uno es jefe y el otro ordena los camiones para que no boten en cualquier lado. Voy a seguir en esto hasta que me dé el cuerpo, tengo que ayudar a mi hija que está sola con mi nieta”.

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El botín más apetecido

Existe un protocolo entre los recicladores: se reparten los camiones (supermercados, grandes tiendas, La Vega, matadero) de acuerdo a la antigüedad. Todo lo que entra al vertedero tiene dueño predeterminado. El más esperado es el del supermercado Lider que llega tres veces al día de lunes a viernes. Pañales, tarros de conservas abollados, alimentos en cajas, carne aún congelada, verduras, incluso ramos de flores caen de una cascada prodigiosa. Una decena de personas escarba buscando algún tesoro. “Todo es del día, esa es la gracia de los supermercados. De aquí sacamos para comer, el resto son cachureos para vender. Por eso cuesta salir de acá porque lo que no bota una marca, lo bota la otra; basta con que tenga un golpecito y listo, lo desechan”, comenta Nelba Julio. Le siguen en la escala de deseados los camiones del Jumbo, las tiendas de materiales de construcción y los que traen metales.