Sueña con volver a su casa en el valle del río Swat. Jugar de nuevo con sus amigas. Reír como antes junto a sus hermanos. “Algún día, algún día”, dice. La vida de Malala Yousafzai dejó de ser lo que era y no sólo porque ahora viva en Birmingham, Inglaterra. El Premio Nobel de la Paz, sus tempranas memorias y una película que narra su biografía, la han convertido en una celebridad que a los 18 años intenta conciliar su vida de estudiante con la de una activista social.

Nacida el 12 de julio de 1997, en Mingora, Malala entendió desde pequeña la importancia de la educación y defendió el derecho a ella de las niñas de Pakistán. Su frase de cabecera —pronunciada hace dos años en un discurso ante las Naciones Unidas— es: “Un niño, un profesor, un lápiz y un libro pueden cambiar el mundo”. Por eso ha luchado, por eso ha vivido.

En octubre del año pasado, mientras estaba en clase de química, fue informada de que había recibido el Premio Nobel de la Paz. Luego de ser notificada, Malala pidió seguir en clases. Al finalizar la jornada se reunió con sus padres. Se convirtió así en la persona más joven en recibir esa distinción.

Sobra decir que su vida no ha sido fácil. En su biografía Yo soy Malala: la historia de la muchacha que defendió la educación y a la que le disparó el talibán, relata el atentado que la dejó a un paso de la muerte. Viajaba de regreso a casa y el autobús que la transportaba junto a sus compañeras fue atacado por talibanes liderados en ese entonces por Ehsanullah Ehsan. Era el portavoz del Tehreek-i-Taliban Pakistan (TTP), una organización dedicada al terrorismo internacional. Malala recibió dos disparos; uno en la cabeza, el otro en el cuello. De milagro salvó con vida.

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Los talibanes vieron en ella a una enemiga, por eso le advirtieron que volverían a dispararle por estar en contra del modelo educativo secular. A pesar del salvaje ataque y del odio que le profesaban los talibanes, la Premio Nobel confiesa que no hay un átomo de enojo dentro de su corazón. Tampoco miedo. “Volvería a hacer lo mismo con tal de alcanzar todo lo que he conseguido”.

Malala vive ahora en Inglaterra. Trata de conciliar sus estudios con el activismo. Su desempeño escolar ha sido complicado. “Fue muy difícil durante las pruebas finales, así que este año he decidido no hacer trabajo alguno durante la temporada de exámenes”, dice.

Confiesa que tiene muchos amigos y que se siente como una Brummie más, denominación informal para referirse a los habitantes de Birmingham. Admira a Roger Federer y a los jugadores de cricket de Pakistán. Su tiempo libre lo dedica a la lectura y a compartir juegos con sus hermanos. Afirma que su acento sigue siendo el mismo, pero que su forma de comunicarse es distinta. Malala se considera madura y con muchos desafíos en el futuro. Sueña con ir a la universidad y convertirse en doctora, aunque una de sus metas últimas es llegar a ser primera ministra de su país.

“En los próximos dos años estaré haciendo mis exámenes del nivel ‘A’ y luego quiero ir a la universidad. Me interesa estudiar PPE (Filosofía, Política y Economía). Tengo la esperanza de estudiar en Oxford y para tal fin intento lograr buenas calificaciones y tener alguna experiencia de trabajo”.

Pero los estudios, claro, no lo son todo. Durante el mes de julio de este año —y luego de cumplir 18 años— inauguró una escuela en el Valle de Bekaa, en el Líbano, para unas 200 niñas refugiadas. El recinto lleva su nombre y es uno de sus grandes logros.

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Malala siempre sintió temor de que los talibanes la asesinaran luego de haber sobrevivido al ataque. Pero ese miedo se ha disipado en Inglaterra. La lucha por la educación y el derecho de las niñas a recibirla, se ha convertido en el foco de su vida.

“Después del incidente me di cuenta de que puedo sobrevivir, que estoy viva y que existe una razón para eso. La bala entró a mi cerebro a un lugar en donde ni te imaginas que podrías sobrevivir. Pero aún sigo viviendo y gozo de buena salud. Puedo hablar, caminar, vivir de manera normal”.

Luego de que fueran publicadas sus memorias, muchos cineastas se acercaron a ella y a su familia con el fin de que contara su historia en la pantalla grande. En ese momento notó que a través de una película podía llegar a más personas y relatarles sus ideales y vivencias.

Sin embargo, en reiteradas ocasiones y sobre todo en las redes sociales, Malala ha recibido críticas por ser considerada una oportunista y que denigra su pasado e historia en Pakistán, considerando la vida que hoy lleva. Los simpatizantes talibanes señalan que ella no representa a su país, y que toda su cruzada no ha hecho más que dividir a su pueblo.

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Malala, por su parte, piensa de qué forma sería su vida si no hubiese pasado por cada una de las pruebas que ha sobrevivido. Asume que estaría en otra situación, quizá ya sería madre de un par de hijos y formaría parte de la inmensa mayoría de mujeres analfabetas a nivel mundial.

La relación con Ziauddin Yousafzai, su padre, es de una cercanía absoluta. Malala señala que él ha sido su fuente de inspiración y amor. De él aprendió la forma de dar discursos. Siempre quiso ser una buena oradora, pero con matices distintos. También aprendió el derecho que tienen las mujeres a educarse y las ganas de convertir al mundo en un lugar mejor para vivir. Cuando era pequeña, sus padres la dejaban discursear en aulas vacías. Siempre imaginaron que sería una maestra de escuela.

A momentos de que Malala llegara a este mundo, su padre la esperaba en otra habitación. Su nacimiento significaba un “preciado regalo”. Vio en ella todos sus sueños y esperanzas, a pesar de que para su cultura, tener una hija es siempre un mal augurio. Con todo, decidió mirarlo de una manera distinta y recibir la oportunidad de convertirse en un buen padre y entregarle todas las herramientas para que ella pudiese desenvolverse con normalidad en un mundo totalmente machista.

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Ziauddin siempre estuvo ligado a la educación. Arrendaba pequeños edificios para instalar escuelas en el Valle del Swat. Partió con solo dos alumnos y luego logró entregar educación a varios niños de su ciudad. Malala siguió su ejemplo y se convirtió en activista por los derechos educacionales, sobre todo para las mujeres.

Malala vive hoy una dualidad constante. Por un lado, está la activista; por el otro, la jovencita que acude a la escuela, que trata de comprender todas las materias y pelea constantemente con sus hermanos. Lo considera una bendición. Busca a diario la forma de conectar a estas dos personas en una: las dos dan cuerpo a una joven de 18 años, ganadora del Premio Nobel de la Paz y que luego de sufrir un atentado encontró en esto una forma de seguir luchando.

El trailer de Él me llamó Malala: