Lleva puestos unos enormes anteojos oscuros. La cara lavada, la piel perfecta a sus 35 años. A pesar del tiempo, no se borra esa mirada juvenil algo felina, ni siquiera cuando las lágrimas resbalen imparables detrás de los cristales.
“Lo siento —dirá entre sollozos—, prometí que no iba a llorar, pero me cuesta…”, se disculpa mientras el mozo, atento a la situación, le ofrece un vaso de agua. Sorprendida, Nicole admite: “Mi mamá debe estar riéndose… Así era”. Entonces suspira y sigue adelante.
A lo largo de esta entrevista las menciones a su madre serán una constante, una presencia invisible. Aparece cuando recuerda que a los 12 años ya quería ser cantante y ella creyó ciegamente en su talento; o la vez que cumplió 19 y se fue a vivir sola; asoma al evocar las conversaciones que tenían a diario; cuando conoció a Sergio y luego vino León, el primer hijo de la pareja, hoy de cuatro años; aquel negro día de mayo de 2011 cuando se enteraron de un invasivo mal al páncreas; o aquel viaje que hicieron juntas a Rapa Nui, cinco meses antes del momento final, y se dijeron tantas cosas, como la certeza de que no hay una sola vida sino que varias y que se volverán a reunir.
“La extraño, me hace falta…”, dice triste.

Denisse Lilian Laval Soza (su nombre en la vida real) se viene parando de un año potente. Dieciocho meses cargados de emociones, dolores, de vida y muerte. No es sólo su madre la única que partió: en el 2011 murió su abuelo materno, quien animaba los encuentros familiares sentado al piano con León. Tampoco está Ernestina, la abuela de Sergio, que vivía arriba del departamento que la pareja comparte en el barrio Lastarria, a pasos del Parque Forestal y que los dejó en 2012. “Siempre hemos sido aclanados. Es increíble como la vida juntó a dos personas tan regalonas como nosotros. Por eso es triste ver que la familia se desvanece”, comenta mientras revuelve su café, pensativa. Las pérdidas han estado demasiado presentes: el pasado año además murió Gustavo Sánchez, su amigo y jurado en el set de Mi nombre es… Y  Gustavo Cerati, quien dirigió su tercer disco, todavía permanece en coma.
Pero así como la vida la remecía, también la sorprendió con buenas noticias. Hace dos meses nació Celeste, una niña de ojos profundos, “una mirada antigua”, como ella la describe. Por eso ahora organiza su día en espacios de cuatro horas, entre los que corre para ir a alimentarla, parte a buscar a León que acaba de entrar a prekinder en el Saint George; al tiempo que afina los últimos detalles de su nuevo disco, Panal, una producción en la que precisamente habla de afectos, emociones, amor y pérdidas, algo de lo que ha vivido demasiado durante este último tiempo.
La historia de Nicole está llena de registros. Cientos de imágenes caseras: ella cantando en reuniones familiares, almuerzos de fin de semana, cumpleaños varios. “Mis papás fueron uno de los primeros en comprarse esas cámaras VHS que llegaron a Chile, de esas gigantes; mi mamá tomó ese rol que ahora cumplo: soy la que registro, la que toma fotos para Navidad”.

Nicole02Luz María Soza fue su brazo derecho, su amiga y protectora. Cuando Nicole tenía 12 años y ya era una artista, dejó el trabajo que tenía en una notaría para guiar su carrera. Tenía una fe ciega en su talento y la acompañaba a todos lados: ahí estaba para las presentaciones de fin de semana en algún escenario o en un programa de TV. “Creo que le daba susto que fuera famosa, sobre todo después de que grabé el disco y aparecí en Sábado Gigante. Me decía: Denisse, tú sales en televisión y cantas hermoso, pero no eres más especial que otra niña por eso… Trataba de aterrizarme, pero me pasó lo contrario: a los 13 años me sentía insegura, sin mucha autoestima, una edad complicada… En el colegio me molestaban; me pedían autógrafos de broma y se reían porque yo cantaba. Así que me puse tímida, no hablaba con nadie. Entonces mi mamá cambió el discurso: Denisse, nada que ver, ¡eres una niña muy especial! A mí me daba risa”.
Sus padres le enseñaron a tomarse el trabajo en serio. “Para una niña igual es heavy; de repente quieres ir a jugar con tus amigas pero ya te comprometiste en un concierto… Tuve que aprender muy chica a actuar como una profesional”.
La plata que ganaba en sus presentaciones se depositaba en una cuenta de ahorro en el Banco Estado. “Mis papás me ayudaron a ser constante. Gracias a ellos a los 19 años pude dar el pie para un departamento y me fui a vivir sola”.

Nicole recién había salido de cuarto medio en el San Gabriel y acababa de editar Esperando nada, su segundo disco. “Me vino la idea de ser independiente, pagar mis cuentas, hacerme cargo de mi vida. Mis papás no podían entenderlo. Me decían por qué, si nosotros te tratamos bien… Pero quise hacerme responsable por mí, crecer. Estaba empezando a escribir Sueños en tránsito y llevaba un año y medio pololeando con un productor de música seis años mayor. En el fondo me pegué una agrandada. Por esa época me encontré con Gustavo Cerati, que era mi ídolo máximo. Cuando fue a mi casa (dirigió su tercer disco, que se convirtió en un hit) yo tenía el típico colchón en el suelo, le ofrecí un café y no tenía azúcar. Pero me creía el descueve porque era independiente (ríe)”.

Nicole quería ser una “guerrera”, como ella manifiesta, demostrar que se la podía. “Antes iba con mi mamá a todos los conciertos. Un día le dije por favor, no me acompañes… Creo que lo resintió bastante”.
Pero el exceso de trabajo y responsabilidades le pasaron la cuenta. Estaba recién salida del colegio, su segundo disco era un éxito; tenía entre 10 y 15 presentaciones al mes; se la pasaba viajando. De niña ingenua se convirtió en mujer y en objeto de deseo para algunos hombres. “Estaba esta imagen mía cantando Sin gamulán sobre un columpio y algo debe haber pasado… A la casa de mis papás llamaban hombres a la mitad de la noche preguntando por mí; empecé a angustiarme, creía que me seguían… Sentía miedo, cansancio, estrés. Ahí viví un momento difícil, no sé si fueron crisis de pánico, pero me venían mareos, angustia. Salí del colegio a trabajar y a vivir una vida mucho más intensa de lo que en realidad podía manejar”.
—¿Y probó alcohol y drogas en ese tiempo?
—Siempre hubo mucho de eso a mi alrededor, pero como siempre estaba con gente adulta, había respeto, lo que siempre agradecí. Era la única cantante chica, metida en un medio distinto, trabajando de noche muchas veces y veía cosas…, gente que a lo mejor no se daba cuenta de que yo estaba, pero tenía 13 o 14 años y no me interesaban tanto esas cosas… Pero desde los 17 años empecé a ir a carretes. Un día fumé a escondidas un Advance de mi mamá: terminé mal, vomitando en el baño. Nunca más, hasta hoy. Se lo conté. Jamás pude ocultarle nada. Y esa confianza hizo que estuviera tranquila cuando me independicé.

“HABÍA ALGO MUY POTENTE ENTRE NOSOTRAS Y AHORA QUE NO ESTÁ LO SIENTO AÚN MÁS. Si es que las otras vidas existen, nosotras siempre hemos estado juntas”.
—¿Quedó algo pendiente con su mamá?
—Me faltó más tiempo (dice bajando la mirada); nosotras hablábamos todos los días de la vida, mucho rato; me decían: ¡pero cómo tienen tanto tema!, pero siempre había algo, y me faltan mucho esas conversaciones. La extraño demasiado… No lo puedo asumir. Quería que conociera a Celeste. Me faltó para adelante, porque para atrás todo lo vivido y conversado no lo olvidaré jamás. Hicimos un viaje súper especial. Cinco meses antes de su muerte partimos a Isla de Pascua. Estaba súper bien ella. Fue increíble. Nos dijimos muchas cosas importantes. Estoy tranquila y sé que ella también se fue tranquila (y llora). Es que es reciente: murió en septiembre, han pasado sólo siete meses…
—¿Le hace falta?

—Heavy, sé que estaría con la Celeste todo el rato, o pendiente de los celos de León, que son como de libro, a veces uno no sabe cómo manejar ciertas situaciones y yo sé que ella me habría dicho algo certero, que hubiese estado conmigo, siempre dispuesta. La extraño…
“Con Sergio hemos sido muy apegados a la familia. El insistió mucho para que su mamá dejara Temuco y se viniera a Santiago junto con su abuela. Y yo siendo tan regalona, como que nos juntamos y dijimos: tenemos que hacer fiestas de la familia. Hay registros con la casa llena: mi abuelo, su abuela, mi mamá, mis primos, tías. Mi abuelito que ya no está tocando el piano con León, y es triste ver como la familia se empieza a ir…”.
—¿Cómo era la relación de su mamá con Sergio? Porque él tenía su fama…
—Sí, pero ella siempre leyó muy bien a la gente, y Sergio tenía esta imagen de mujeriego, fiestero, pero es un hombre muy bueno. Y cuando uno se enamora y es bueno de adentro, es sincero.

CON LAGOS CONECTARON EN EL MOMENTO JUSTO. LOS DOS SOLTEROS, SIN ATADURAS. Nicole había terminado hace un año su relación con Jimmy Frazier, su novio eterno, y Sergio estaba disponible. Ya se conocían hace doce años; él la había entrevistado varias veces, pero nunca se produjo la conexión. Ni siquiera cuando se encontraron en Miami —Nicole estaba viviendo allá— y tocaron juntos con Marciano, la banda de Lagos, “pero yo estaba con mi pololo y de coqueteo, cero”. Pasó el tiempo y se volvieron a ver. Nicole llevaba casi un año soltera, había vuelto momentáneamente de Miami y planeaba instalarse en Los Angeles donde la esperaba su banda; hasta tenía listas las maletas. Pero Sergio no la dejó escapar y fue directo al grano: “Ahí reconoció que yo le gustaba hace tiempo. No quiso ser mi amigo, sino que me conquistó”.
—¿Antes nunca se fijó en él?
—Me caía bien, lo encontraba simpático, me gustaba su personalidad, muy inteligente, pero no lo tenía en mis registros como algo más… Cuando me dijo que saliéramos y entendí su intención, todo me hizo sentido. Luego de llevar varios meses saliendo entendí muchas cosas: por qué me vine, por qué cambié mis planes. Soy súper Capricornio, de meditar muy bien cada paso; en Los Angeles tenía todo armado, y por amor todo cambió. Desde un comienzo él me convenció de que nosotros teníamos que estar juntos, que ése era nuestro destino, que íbamos a tener hijos, con una certeza increíble, tanto que me convenció y me di cuenta de que tenía razón. Es loco, nunca me había pasado. Después de esa historia larga que tuve (con Frazier) empecé a creer que esos amores que soñaste de niña en verdad no existían. Veía las relaciones como algo mucho más aterrizado. Con Sergio me pasa como con mi mamá: tenemos una conexión que va más allá. Antes me preguntaba qué era estar enamorada. Ahora lo sé.
“Sergio es como un caballero antiguo y me encanta: me invita a caminar por el Parque Forestal y vamos de la mano; es muy de detalles, preocupado de si tengo frío, de abrir la puerta, esas cosas. Eso es nuevo para mí: antes me sentía muy par con los hombres, me ponían muy nerviosa esa clase de gestos, pero Sergio me cautiva con esos detalles, no con grandes producciones”.
—¿Qué pasa con la pasión cuando hay que lidiar con hijos, colegios, mamaderas?
—Cuando empezamos siempre le decía que según los chinos la pasión dura mil días, es decir, menos de tres años… El se enojaba: ¡Estos tipos no saben nada! Cuando cumplimos cuatro años nos acordamos y nos abrazábamos felices: ¡Los chinos están equivocados! Con Sergio compartimos mucha música, nos reímos de las mismas cosas, tenemos una complicidad que nos sirve como pareja.
—¿Cómo se puso a prueba la relación en los momentos duros?
—Ahí es cuando más valoras a la persona que tienes al lado. Sergio fue fundamental desde el primer día que partió lo de mi mamá. Si no hubiese estado, me derrumbo. Ha sido lejos lo más fuerte que me ha pasado en la vida.

Lea la entrevista completa en la edición del 26 de abril.