Cómo pudo ser tan ingenua. Esos gemelos que su marido siempre usó en los puños con la letra C eran el símbolo de un pacto secreto. La C grande cerca de las muñecas eran un regalo que Camila Parker-Bowles le había hecho al príncipe poco antes de su matrimonio. En el ejetreo de una fiesta histórica que tuvo a 3.500 invitados del poder mundial, el episodio quedó como un detalle al margen, un gesto que hablaba de años de amistad fundada en la pasión por los caballos y el polo.

Todo, sin embargo, era un montaje, una burda pantalla para esconder años de romance en secreto. Por qué no se casó con ella entonces, reflexionaba Diana cuando esa noche volvió de regreso a su casa en Kesington, sola, sin su marido y con un chofer mudo. No era su obligación hablarle, menos darle un consejo. Pero la vio tan destrozada que le dijo a través del espejo retrovisor que era el momento de enfrentar la verdad, que era la hora de sacarse la venda de los ojos.

Ese hombre es Ken Wharfe, el ex agente de confianza de la princesa, quien lanzará Diana: A Closely Guarded Secret, un libro con sus memorias como guardaespaldas de la mujer más parapazzeada en la historia. Siempre cercano a los momentos vulnerables de la princesa, en su adelanto confirma el terrible episodio en que ella se dio cuenta de que prácticamente toda la familia real se reía a sus espaldas, que todos encubrían a su marido para que mantuviera una relación paralela. Fue a principios de febrero, en 1989, cuando llegó a saludar a Annabel Elliot en su cumpleaños. Anticuaria, coleccionista y decoradora de las casas de los Windsor y de las principales familias inglesas, además era nada menos que la hermana menor de Camila Parker-Bowles.

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Una figura habitual en los círculos cercanos, de gran gusto y distinción. Obviamente Diana pasó a saludarla, con un ramo de flores y regalo. Cuando entró en la residencia, ubicada en las afueras de Londres, la música pareció detenerse. La gente corría de un lado para otro, la miraban de reojo y hasta los empleados demostraban su nerviosismo con temblorosas bandejas repletas de champán en las manos.

Diana no paró de caminar y aumentó sus sospechas. Después de saludar rápidamente a una estresadísima Annabel, dirigió sus pasos al salón principal. Bajo los globos y la potente lámpara de lágrimas de cristal, Camila y Carlos vivían su propia historia de amor. Custodiados por el silencio de casi todos los amigos en común. No se estaban besando, pero él le sostenía la mano todo el tiempo, disparaban brindis para los invitados como si fueran una pareja consolidada, divertida, única. Tan bien puestos en su rol de dupla estelar que ni siquiera se percataron de la sorpresiva aparición.

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Una impávida niña Spencer miraba la escena como el fresco que confirmaba todas sus sospechas. Ahora entendía por qué la familia de Camila la llamaba la ‘ratoncita’ con cierto desdén burlesco. Ahora comprendía por qué Annabel nunca tenía tiempo para una cita con la idea de redecorar las antiguas habitaciones de Kensington. A nadie, por cierto, le convenía estar cerca de esta princesa concubina, una niña aristócrata proveniente de la antigua casa Stuardo, la única niña virgen que podía inyectarle genuina sangre inglesa a una familia que reinaba con genética alemana. Se sintió como un instrumento para perpetuar la corona.

Pero tampoco podía hacerse completamente la tonta. Desde antes de que comenzara a salir con Carlos era sabido que Camila era su gran compañera. Pero los Windsor, incluidas la reina Isabel y su suegro, el duque de Edimburgo, le dijeron que se trataba de una amistad juvenil, que era una mujer mayor y que había tenido affaires con otros hombres.

Estaba lejos de ser la indicada para convertirse en la mujer del futuro rey de Inglaterra, entonces no había de qué preocuparse.

Todo era mentira. En ese momento volvían a su cabeza los malditos gemelos con la letra C que Carlos insistía en usar en momentos especiales, sobre todo relacionados con caballos y con la presencia permanente de Camila que, a su vez, insistía en llevar el collar que Eduardo VII le regaló a su abuela Alice Kempel. “Sabían que mi bisabuela y el bisabuelo de Carlos fueron amantes”, repetía la actual duquesa de Cornualles, incluso desde el momento en que fueron presentados por la chilena Lucía Santa Cruz en un partido de polo.

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Cómo pudo ser tan tonta, si todo era evidente. Pese a todo en la fiesta Annabel disimuló el repeluz en la piel que sintió cuando todos la miraban con desprecio, como una invitada impertinente que llega sin aviso. Sola, en una casa llena de invitados, se vio obligada a sonreír. Mantuvo el paso orgulloso, se acercó a su marido y le dijo al oído: “Por si no te has dado cuenta, estoy aquí. Creo que es momento de que hablemos, tú, yo y ella”.

Cruzaron toda la casa y bajaron a un sótano encantadoramente decorado por Annabel como sala de reuniones. Nadie supo de qué se habló, pero sí quedó claro entre todos los invitados que la fractura matrimonial no tenía arreglo. No pasaron más de quince minutos y los tres volvieron a la fiesta, con disimulo profesional. Diana tuvo tiempo de despedirse de unos pocos, seguramente los más hipócritas. Lo peor de todo es que Carlos se quedó ahí, como si fuera parte de la familia, pasó la noche en esa casa y Diana tuvo que volver sola.

Cuando iba de regreso, por fin pudo llorar en el asiento trasero del Rolls-Royce de diseño a medida. Ahí fue donde Ken Wharfe la oyó llorar desesperadamente, ahogada en sus lágrimas. A partir de ese episodio comenzó a ser otra Diana, la que semanas después daba una polémica entrevista a la BBC de Londres donde decía que en la relación siempre fueron tres.

Lloraba sin consuelo, se había sentido humillada, como nunca en la vida. No había otro remedio que enfrentarse a su marido y también a su rival. No se sacaba de la cabeza la escena de ellos brindando felices junto a sus cómplices y sobre todo esos innumerables ‘momentos especiales’ en que Carlos insistía en usar esos malditos gemelos con la letra C en los puños.