Hay que tener mucho cuidado con las defensas corporativas. Al margen de lo justo y necesario que es la asociatividad para enfrentar los embates del desconsidarado e implacable mercado, muchas veces esto se presta para validar la mediocridad y emparejar hacia abajo.

Por ejemplo, ahí tenemos al “artista nacional” esos que siendo incapaces de competir en buena lid y hacerse un espacio con su talento, exigen cuotas y subvenciones para suplir lo que no ganan por sí mismos, apelando al patriotismo rasca. Esos que denuncian que la radio y la tevé abren sus puertas a los extranjeros, pero no tienen una canción buena o un libro digno de leerse hace tiempo.  Así, como esos, hay varios casos. Por lo general, a quienes son exitosos (profesionalmente hablando, porque sabemos que el éxito integral es algo más que eso) no les parece necesario agruparse para defender el derecho de todos o exigir ayuda personalizada. Esos hablan por sus obras y la gente los valora vengan de donde vengan. Para el caso, que Shakira sea colombiana o Alejandro Zambra chileno, da exactamente lo mismo.

He pensado en esto a raíz del largamente anunciado cierre del diario La Nación y el “acto cultural” de rechazo que se organizó un día antes de que el directorio -integrado por personas de derecha con larga trayectoria empresarial, como el propio jefe de Estado- confirmara la decisión tomada hace mucho rato de bajarle la cortina. Ciertamente, como “parte del gremio” me parece lamentable que un medio de comunicación se cierre y decenas de colegas queden sin trabajo. Me parece egoista y mala clase que los responsables, partiendo por el Gobierno, hayan actuado así tan fríamente como si fuera un negocio de su propiedad, en lugar de una empresa de todos los chilenos. Me gustaría ver el mismo celo con TVN, por ejemplo, que gasta millones en hacer basura y enriquecer a personas mostrando sus ruines y patéticas vidas y nadie le pone un ojo encima. Pero bué… no esperaba menos porque, cuando un negocio no es negocio, en ciertas personas las razones humanitarias no vienen a cuento. La vida es dura. Y, perdónenme, así no más debe ser.

Sin embargo, me pregunto cuántos de los que rasgan vestiduras y disparan contra Sebastián Piñera  (que a estas alturas, es un ejercicio gratis e impune) habrán comprado alguna vez el diario cuando estaba en papel o ahora visitaban el website con regularidad. Cierto es que podría haberse buscado un modelo de financiamiento popular, de suscripciones, una privatización con ciertas garantías, qué se yo, pero cuidado… no estamos hablando del diario La Época, no se trataba de una especie única que valía salvar de la extinción por su nivel superlativo. Quiero decir, La Nación hace rato que no era competitiva en cuanto a su propuesta periodística. O mejor dicho, solo lo fue en un corto periodo de tiempo cuando Alberto Luengo, uno de los más brillantes periodistas de Chile, la dirigió y trató de plasmar en sus páginas su visión de un periodismo independiente, valiente y bien escrito. Fue a comienzos de este siglo y su principal apuesta estuvo en La Nación Domingo, un semanario que intentó cumplir fielmente con esa máxima que se le atribuye, si no me equivoco, a Orson Welles: “Periodismo es decir algo que alguien no quiere qué se sepa. Lo demás es relaciones públicas”.

A estas alturas tal vez no se acordarán, pero el gobierno socialista de esos años poco y nada hizo para evitar que aquellos que no querían que algo se supiera metieran las manos en las prensas de LND. Y así, la apuesta más interesante en formato tabloide de las últimas décadas, a excepción de  The Clinic, se terminó no más. Y  volvió a ser lo que siempre fue La Nación: el diario burocrático funcional a la administración de turno, desarrollado funcionarios. Por lo menos Piñera ha sido más honesto y aplicó como siempre la máxima que lo llevó hasta donde está: “si no es negocio, no se hace”.

Que me perdonen los colegas que ahora están obligados a buscarse el sustento en otra parte, pero esta suerte la hemos corrido todos, más o menos veces que cualquier otro trabajador, técnico o profesional. Y no veo por qué el Estado tiene que subvencionar a un grupo de periodistas-funcionarios y no a cualquier otro chileno. Precisamente, porque el ser funcionario, empleado, asalariado, oficinista secuestrado a sueldo, es la antítesis del periodismo que los vociferantes sindicalistas que reclamaron por el cierre de La Nación decían defender. Ese que no requiere más objetivo que la verdad, al precio que sea, pero que ellos no defienden, ni practican, ni practicaron cuando formaban parte del sistema a cambio de un cheque a fin de mes.

Si hay una razón por la que nunca me ha interesado el Colegio de Periodistas es porque me parece que sus dirigentes no están interesados en promover la excelencia de nuestro oficio, sino más bien en “dignificarlo”, concepto que suena bonito pero que en el fondo, es casi igual a  lo del “arstista nacional”. Sé por experiencia que un periodista talentoso, inquieto, valiente, honesto y apasionado por esta, la mejor pega-de-mierda del mundo, siempre volverá a encontrar trabajo. De hecho, sin buscar. Así como a pesar de la cacareada sobrepoblación de estudiantes de periodismo, los medios siempre se la juegan por el estudiante en práctica “distinto”. Y si no, si la pega está difícil y aunque tenga que parar la olla haciendo otras cosas, fundará un medio. O escribirá un libro. O tendrá un Blog. O escribirá una columna políticamente incorrecta. Simplemente porque alguien tiene que decir lo que está diciendo.

Un reportero que ama la verdad, o un periodista formado de algún medio del duopolio de la prensa escrita -tan satanizado por los colegas “sindicales”- que esté siempre informado primero, tenga buenos contactos, sepa crear redes y habilidades sociales, tenga pasión y genio para ir, ver y contar a la hora que sea, donde sea, siempre tendrá otra oportunidad.

Espero sinceramente, colegas de La Nación, que este sea su caso. No necesitarán que burócratas que viven de las cuotas sociales de sus bolsillos, con horario de empleado público, largos almuerzos bien regados y lindos intercambios de teorías vacías, vengan a defender la dignidad, ni la libertad para ejercer este oficio que ellos dejaron de ejercer hace rato… ya sabemos por qué.

 

 

 

 

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