Mientras a 1.200 millones de kilómetros de distancia los patéticos terrícolas sobrevivimos en la esclavitud, a duras penas, ciegos y soberbios, como un parásito vil que destruye poco a poco al organismo que le da vida y sustento, allá en las inmediaciones de Saturno un par de ingeniosos aparatos han encontrado algo. El pasado 30 de junio la misión Cassini-Huygens cumplió una década explorando el que tal vez sea el vecindario más fascinante del sistema solar, desde una conveniente distancia para tomar fotos y videos que quitan el aliento (con la sonda orbital Cassini) y desde la superficie misma de una de sus lunas (con la sonda Huygens). Y a mí, microbio cósmico, nadie me saca de la cabeza que lo que se cuenta oficialmente sobre esos descubrimientos es la mínima parte.

En octubre de 2005 la noticia de que un artefacto construido por el hombre se posó como si nada en la superficie de la mayor luna de Saturno, Titán, ocupó un espacio minúsculo en los medios de prensa. En Chile seguramente no habrá sido ni la mitad del que obtuvo la modeloca o el futbolista de turno. Eso ya por sí solo habla de lo mal que están las cosas por acá. A ver, entiéndase bien: una sonda espacial del tamaño de un bus chico se posó limpiamente en la superficie de una luna ubicada a 1.200 millones de kilómetros de distancia. Desde entonces ha estado enviado información que, en resumen, revela que en Titán hay océanos, ríos, lagos, relieves similares a la tierra y llueve, claro que, dicen, es puro metano líquido.

A su vez, la sonda Cassini, aparte de mandar unas fotos sobrecogedoras, entre ellas unas de la tierra que revelan lo ínfimos que somos, hizo lo que es sin duda el mayor descubrimiento de la historia, en otra de sus lunas, Encelado.

Aparte de obsesionarme con el tema y sorprenderme de que muy contadas personas hayan prestado atención a esta noticia –y especialmente que a nadie parece sorprenderle– hice lo que todo periodista serio ha de hacer cuando un tema le interesa: establecí contacto directo con la portavoz de la misión, más mediática del equipo de científicos, la multifacética Carolyn Porco, jefa del equipo encargado precisamente de las imágenes. Una fanática de los Beatles como yo que llega cada mañana a su oficina y enciende el computador para ver qué está pasando allá en Saturno, como quien comprueba si alguien puso “me gusta” en su Facebook. Al principio fui todo un profesional, pero luego de un par de emails y abusando de la confianza ganada, terminé sacándola de sus casillas. “Ok, entiendo los objetivos científicos de la misión, pero ¿podrías jurar por John Lennon que está en el cielo que no están buscando un lugar dónde establecer una colonia humana cuando la Tierra colapse? O, más aún ¿estás segura de que fueron para allá porque saben algo que no han contado?” Solo diré que, diplomática, Carolyn respondió algo como “estimado Daniel, a mí también me gusta la ficción, pero más me gusta la ciencia. Si quieres, hablamos en serio”.

Así las cosas, dejé de importunarla, pero aún la sigo en cuanta red social está, grito de emoción cada vez que manda un mail con noticias y fotos nuevas, retuiteo cada uno de sus tuits y sueño con que cualquier día cuente la firme. Porque, obviamente, no le creo. Hace poco mi muy racional amiga no se contuvo y dijo algo que, otra vez, pasó inadvertido para la enorme mayoría. “Hemos encontrado en Encelado algo que podría ser el segundo destello de vida en el sistema solar”. Ya antes la misión había informado que en Encelado existe un océano de arsénico. Y más tarde, después de tener a medio mundo expectante sobre un anuncio que lo cambiaría todo, la Nasa informó que habían descubierto formas de vida microscópica en el arsénico, claro que acá en la Tierra. Pero para el que sepa atar cabos, la implicancia era enorme.

Pues bien, ¿qué nuevo descubrimiento era éste que hizo perder la compostura a Carolyn? Nada menos que hielo de agua en la región polar de Encelado, lo que indica la existencia de un océano subterráneo. Curiosamente (aunque usted no lo crea) ahora busco aquella declaración increíble (“un segundo destello de vida en el sistema solar”) y no está en ninguna parte de la Internet. Tal vez estoy buscando mal, tal vez alguno de ustedes tenga suerte y la encuentre… Pero, paradojalmente, he perdido el interés. Osea, mantengo la fascinación, pero otra idea me persigue desde entonces, cada vez que miro al cielo y veo ese puntito insignificante que es el gigante planeta: ojalá que no haya vida en Encelado, ni en ninguna otra parte a la que los seres humanos pueden llegar. ¿Por qué? Pues vea las noticias esta noche, o dele una mirada a la ciudad o vaya a darse una vuelta en su querido auto a un mall en hora peak y me entenderá. Como dijo alguien por ahí que ya no recuerdo: “Lo raro no sería encontrar vida inteligente en otros planetas, lo raro es encontrarla en la Tierra”.

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