¿Qué dirían Kate Sheppard, Virginia Woolf, Simone de Beauvoir, Gabriela Mistral o la líder de las sufraggettes en Inglaterra, Emmeline Pankhurst, de ver en qué está la lucha por la igualdad?

Ya ha pasado casi un siglo y tres décadas desde que las mujeres consiguieron su primer triunfo: votar. En 1893 se aprobó en Nueva Zelanda el sufragio femenino sin restricciones, gracias al movimiento liderado por Kate Sheppard. Mientras que en Inglaterra la pelea liderada por Emmeline Pankhurst —quien incluso fue encarcelada y sufrió torturas como autora de su discurso titulado Libertad o muerte— dio frutos sólo en 1928, cuando el Parlamento británico aprobó que las mujeres fueran a las urnas en iguales condiciones que los hombres.

En Chile, cuando Gabriela Mistral recibió el Nobel de Literatura (1945), las mujeres aún estaban impedidas de sufragar, algo que sólo pudieron cumplir plenamente siete años después.

Y cuando el pasado miércoles 8 de marzo se conmemoró el Día Internacional de la Mujer, la mitad de la Humanidad siguió saliendo a las calles bajo las mismas consignas que movieron al mal llamado ‘sexo débil’ hace un siglo: libertad e igualdad. Es cierto, se ha conseguido bastante, pero aún falta.

De acuerdo a datos de ONU Mujeres, 3 de 4 hombres forman parte de la población activa laboral versus sólo la mitad de las mujeres, quienes además reciben un salario menor por el mismo trabajo: un 24% inferiores en comparación con el de los hombres, incluso en países desarrollados como Alemania. De hecho, las mayores brechas suelen estar en la parte superior de la escala, el llamado “techo de cristal” para aquellas trabajadoras altamente calificadas, y el “piso pegajoso” en cuanto a aquellas con empleos de baja remuneración.

La igualdad ante la ley no basta. Todavía queda seguir luchando por corregir la desventaja socioeconómica y de oportunidades; combatir los estereotipos estéticos e intelectuales; terminar con los límites mentales que muchas veces nos imponemos las propias mujeres; acabar de una vez con la violencia de género que afecta sin distinción a todas las clases sociales. Pero sobre todo fortalecer el poder de acción y la voz de las mujeres. En la casa, en las aulas, en el trabajo, en los medios de comunicación, en la calle. La pelea sigue.