Una ley que prohíba –o sancione, en rigor– los insultos a los efectivos de Carabineros. Lo que podría parecer un chiste, no lo es. Se trata de un proyecto de ley que hace algún rato viene sonando, y que el presidente Sebastián Piñera anunció en su cuenta pública del 21 de mayo.

Insultar a un carabinero sería, con la nueva ley, un delito. El presidente lo planteó de la siguiente manera: “(…) un proyecto de ley que establece como un nuevo delito el insulto grave a un carabinero o policía en ejercicio de sus funciones (…)”. ¿Insulto grave? Tal cual. ¿Y quién define qué es un insulto grave? Todo apunta a que el propio carabinero insultado será quien lo califique. Como suena. Juez y parte. Tendría que presentar pruebas, claro. Testigos, por ejemplo. Sus compañeros de labores, probablemente.

¿El carabinero tuvo un mal día? ¿Se peleó con su mujer? ¿Tenía día libre y lo destinaron, contra su voluntad, a resguardar una marcha? Yo me andaría con cuidado, la verdad. En esas condiciones, tal vez al honorable efectivo policial le moleste que uno simplemente le dirija la palabra, en cualquier término. Detenido, sin derecho a pataleo. En la comisaría lo aclaramos.

No quiero aquí minimizar la labor de Carabineros. Ni justificar las agresiones que sufren, en especial de parte de encapuchados. Eso no tiene justificación posible. Pero de ahí a penalizar los insultos creo que hay un paso largo, sobre todo en un país bastante dado al improperio.

Y ya que estamos en este camino, ¿penalizamos también los insultos a los parlamentarios, a los ministros, al presidente? Porque si lo hiciéramos, un par de parlamentarios y ministros (as) se hubieran ido detenidos en las últimas semanas. ¿O la ley aplicaría sólo para nosotros, simples mortales que no detentamos cargos públicos? Convendremos en que las autoridades no están dando el mejor ejemplo si lo que quieren es fomentar el respeto y el buen uso del lenguaje.

El problema es que, en un país con tan pobre uso del lenguaje, emplazar a un carabinero con términos más sofisticados puede ser tan peligroso como insultarlo derechamente. A la primera palabra que el oficial no entienda, o que le suene sospechosa, palo y chunpaentro. En la comisaría arreglamos. Ni hablar de explicarle que no usábamos la palabra en su sentido más extendido, sino en su sentido griego. Ahí la detención viene con palo y risas, seguro.

Preocupa, por último, que las autoridades crean que con una ley van a acabar con una realidad. ¿Hay discriminación? Fácil, con la Ley Zamudio acabamos con ella. ¿No respetan suficiente a Carabineros? Con una ley lo arreglamos. Ojalá fuera tan fácil, ¿no? Pero según esa lógica, no habría delitos una vez promulgada la respectiva ley que los prohíbe. Los robos, violaciones, asesinatos, evasión de impuestos, elija el que quiera, desaparecerían con las respectivas leyes que los sancionan.

El respeto, ¿lamentablemente?, no se impone, ni siquiera a través una ley. Se gana. Y de un tiempo a esta parte Carabineros, gracias a actuaciones de algunos de sus efectivos y alto mando (y no se trata de “casos aislados”), va perdiendo el respeto que tenía. Aunque si me apuran, no sé si alguna vez fue respeto, sino más bien miedo. Un miedo que una ley como la que se plantea sólo ayudará a incrementar.

Comentarios

comentarios