Paulina Porizkova era mi favorita. También entre la mayoría de mis compañeras de colegio. Queríamos ser como ella: una chica con mirada de princesa Disney, cuya vida era posar en bikini durante viajes a playas de ensueño para la revista Sports Illustrated.

Antes de la arremetida de las Glamazones a fines de los ’80 y en los ’90. O de la conexión a TV cable y la lejana internet con sus ángeles de Victoria’s Secret desfilando por streaming, la versión más próxima a ‘modelos con nombres’ eran esos especiales que mostraban por televisión las sesiones de fotos para el número de trajes de baño de la famosa publicación deportiva.

Evasión y ‘colores caribe’ en años grises. Muchachas extremadamente sensuales y semidesnudas, pero con un aura de muñecas inocentes. Nada censurable para la pantalla de la época.

Por eso no había ninguna posibilidad de perder la oportunidad de conocer en persona a las diosas de Sports Illustrated,  medio que entregó el privilegio de su portada superventas a la norteamericana Hannah Davis. La cita para su mediático lanzamiento no escatimaba producción en Nueva York.

Entré a una carpa de cielo transparente —que dejaba ver los altos edificios de Manhattan—, durante la mañana gélida en la céntrica Herald Square: -9° C de temperatura. Pero las jóvenes no daban muestra de frío en sus atuendos para hablar con la prensa y firmar revistas a algunos afortunados fans. 

Mujerones impactantes, pero olvidables. Nada de envidia. Todo lo contrario. Era decepción: saltaban y se reían como plásticas chicas de team veraniego en Reñaca. Como candidatas pagadas a reina de festival de provincia. Era un ambiente menos digno que certamen de belleza. Cero disimulo de ese ‘hambre’ de fama. Algo que no buscaban Paulina, Christie Brinkley, Cheryl Tiegs, Elle Macpherson o Kathy Ireland. Ellas querían ser una leyenda.