Recientemente se conmemoraron 126 años del natalicio de Gabriela Mistral. Hubo algún que otro homenaje en su tierra natal y en redes sociales. Afortunadamente parece haber cierto interés en las nuevas generaciones por redescubrir no ya a la poetisa y todavía única ganadora del Premio Nobel de Literatura hispanoamericana, sino a la mujer transgresora y adelantada a su tiempo, una genio en todo el amplio significado del término que, como suele ser en quienes tienen un talento genuino, brillo con luz propia sin necesitar apoyos fiscales, mecenas o cuotas de género o nacionalidad para mostrar su obra.

Recuerdo que en mi cada vez más remota infancia el régimen militar parecía enfatizar la figura de Gabriela Mistral en tanto profesora y autora de rondas infantiles. Al monumental e incendiario Canto General de Neruda, prohibido por comunista; se oponía aquello de “piececitos de niño” y “la maestra era pura”. Probablemente como yo muchos crecieron asociando a Gabriela con alguna profesora hosca, alguna tía solterona, que conocíamos. Descubrirla en su enormidad ha sido un proceso lento y espontáneo, porque ahí dónde Neruda fue reivindicado por su compromiso político, a la señora de Montegrande se la ha ninguneado con hipocresía. En su época no se le perdonaba el poco disimulado desprecio que sentía por los chilenos, no así por la tierra maravillosa donde le tocó nacer, el paisaje milagroso de una sociedad mediocre que le quedó chica demasiado rápido.

El revuelo que causó hace unos años la revelación definitiva de detalles sobre la preciosa relación que mantuvo hacia el final de su vida con Doris Dana, no fue suficiente para transformarla en ícono de la lucha por derechos igualitarios. Afortunadamente. Recuerdo alguna vez un amigo muy culto dijo que esto sin duda se debía a que la obra de Gabriela, como su personalidad, es tan compleja y refinada intelectualmente que difícilmente será masiva. Ahí donde la masa se puede identificar muy bien con alguien que le canta a la cazuela al mar y la injusticia, poco espacio queda para una mujer sofisticada que hasta el final de sus días desayunaba trabajando con un lápiz en una mano y una copa de champaña en la otra.

Hay todavía mucho que descubrir de ella, que recuperar no solo de su biografía misteriosa y apasionante y su escritura, también de su enseñanza moral. Ahí precisamente está quizás la razón de esta mezcla de admiración y desconfianza con la que una inmensa mayoría sigue observándola de lejos. Finalmente, nunca es fácil relacionarse con alguien que nos rebela a lo peor de nosotros mismos, sabiéndonos incapaces de cumplir a una interpelación como esta:

“Donde haya un árbol que plantar, plántalo tú. Donde haya un error que enmendar, enmiéndalo tú. Donde haya un esfuerzo que todos esquivan, hazlo tú. Sé tú el que aparta la piedra del camino”.

Qué distinto sería este país si tuvieramos como principio rector este llamado a la generosidad y la consecuencia, que hoy parece más necesario que nunca.

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