Martes 7 de enero, mediodía, la noticia salta a los medios: La infanta Cristina, imputada. Esto empieza a parecer El día de la marmota porque el 3 de abril de 2013, también al mediodía, el mismo titular inundó los noticieros españoles. La única diferencia, el cargo. Entonces, por corrupción de fondos públicos como vocal del Instituto Nóos, la entidad sin fines de lucro dedicada al mecenazgo deportivo de la que su marido, Iñaki Urdangarín, fue presidente un par de años, y que está siendo investigada por desviar varios millones de euros desde las arcas públicas a empresas del duque de Palma y su ex socio Diego Torres. Entre ellas, Aizoon, de la que la hija menor del rey es socia paritaria. Ahora, en cambio, ha sido imputada por delito fiscal y blanqueo de capitales como socia, precisamente, de Aizoon.

Y puesto que la primera vez fue desimputada, la sensación general esta vez fue que Cristina volvería a safar. Que lo que dijo su padre hace dos años de que la justicia “es igual para todos los españoles” excluye a la Zarzuela. Pero los abogados de la infanta anunciaron que acudirán ante el juez José Castro, el que adelantó la cita prevista para el 8 de marzo en un mes.

La primavera pasada el tribunal encargado de estudiar el recurso descartó su comparecencia por falta de evidencias pero sugirió que se investigase por la vía fiscal. Dicho y hecho. El juez Castro se puso manos a la obra y descubrió que el matrimonio había cargado en las cuentas de Aizoon —que se nutría de dinero público— gastos como un animador para una fiesta infantil, un curso de baile de salsa y merengue para la infanta o una vajilla de 1.700 euros. También que ella contrataba personal doméstico sin permiso para trabajar en España y, por supuesto, les pagaba sin declarar.

Y hechos más graves, como la compra de viviendas posiblemente con dinero ilícito y, esto sí ya confirmado, saltarse la obligación de declarar a nivel personal las rentas obtenidas en Aizoon. La cifra podría superar los 120.000 euros, el umbral a partir del cual se considera delito. En todo caso, al ser socios, la cantidad se reparte entre ella y su marido, por tanto no se la podría acusar de esta fechoría. Eso no quita, piensa el juez, que la infanta deba “facilitar explicaciones sobre tales hechos porque hay sobrados indicios” de que Cristina colaboró activamente en estas prácticas y que Iñaki ‘difícilmente’ pudo haber defraudado “sin, al menos, el conocimiento de su esposa por mucho que ésta mantuviera una actitud propia de quien mira para otro lado”.

Porque ese es precisamente el argumento de los abogados de la infanta: “Cuando una persona está enamorada de otra, confía contra viento y marea en ella”, dijo uno de sus letrados.

Pero el juez y la mayoría de la opinión pública española opinan lo contrario. Es imposible que no estuviera al tanto dada su ‘sólida formación’ —es directora en la fundación de una gran entidad financiera— y por el hecho de que la Casa Real y el Parlamento se hicieron eco en 2006 de los rumores que ya circulaban sobre Nóos y Aizoon. De hecho, el juez utiliza el término ‘codicia’ para referirse a la actuación del matrimonio, que actualmente vive exiliado en Suiza.

La infanta está ‘dolida’, han dicho los letrados, pero acudirá a los juzgados de Palma de Mallorca porque “no tiene nada que ocultar” y para no alargar un proceso que Zarzuela ha definido como un ‘martirio’, en palabras recientes del jefe de la Casa del Rey, Rafael Spottorno. Martirio que continuará con el juicio oral a Iñaki, cuya fecha se fijará una vez cerrada la instrucción.

En palacio acogen ‘muy positivamente’ la decisión adoptada. Justo un día antes de la imputación, los reyes y los príncipes de Asturias participaron en la ceremonia anual de la Pascua Militar. Sofía y Letizia cuchichearon como dos adolescentes sobre el esmalte de uñas rojo con estrellitas blancas de la reina. Como si no pasase nada. Pero el rey, que un día antes había cumplido 76 años, hizo el peor discurso de su historia al errar varias veces en la lectura. Puede que estuviera nervioso porque era su primer acto fuera de palacio desde última intervención quirúrgica. En Zarzuela le echan la culpa a la luz del atril. Pero quizá se deba a su temor, o certeza, a que 2014 sea otro annus horribilis. Y el apoyo a la monarquía ya bajó del 50 por ciento.