El Sábado Santo estábamos los 4 en casa con uno de los primos del vikingo y su familia, cuando en medio de la conversación nos dimos cuenta de que, precisamente, en 1 mes más me embarco a Chile por, al menos, un año.

Una avalancha de sentimientos encontrados se agolpó en mi cabeza de una vez. Por un lado, me siento ilusionada y eufórica; no es menor el hecho de haber dejado Chile hace 20 años para irme a hacer un post grado a Seúl, para nunca volver sino en “modo vacaciones” y ahora tengo finalmente la posibilidad de estar nuevamente cerca de mi familia y amigos. Por otro, en 2 décadas he cambiado, Chile ha cambiado, el mundo ha cambiado, y siento a veces que bordeo la “idealización” de mis recuerdos y que profundamente en mi corazón me he trasformado en una extranjera en todas partes o en una viajera que ha hecho de trashumar una forma de vida. Me preocupa esa sensación de saber que, aunque todo parece seguir igual, todo y todos hemos pasado por un proceso de cambio, y a eso hay que sumarle las expectativas, propias y de los demás, ante un proyecto como éste.

No me voy sola, la vikinga menor me acompañará desde julio cuando comenzará su experiencia escolar chilena. Una vez más, mil preguntas se atiborran en mi cabeza ¿cómo va a asumir el Chile que no es el que conoce en vacaciones? ¿se va a acostumbrar al día a día chileno? Después pienso que darle vuelta a estas y otras preguntas es poco sano, no me lleva a ninguna parte porque no las puedo contestar ahora -por más que algunos crean que soy una bruja, no tengo ni una bola mágica ni soy capaz de predecir el futuro-, y no quiero traspasar mis aprensiones ni a mi hija ni al resto de la familia.

Veo las noticias, reviso periódicos, revistas, Twitter, escucho noticias en las radios chilenas y a veces no reconozco el país al que regreso. Ahí no puedo sino pensar qué viene después de esos días o semanas de “romance inicial” cuando los gritos de sorpresa y los abrazos de bienvenida se suceden sin parar, cuando la reunión con la familia y los amigos te deja con esa cálida sensación en el corazón y sientes esa nostalgia conocida al visitar tus lugares “de siempre” o la sorpresa de visitar los nuevos cafés y lugares de moda.

No quiero sobre-agobiarme con esos temas que veo en las páginas de los medios tradicionales, en las redes sociales y en las conversaciones de mis amigos. Entre los imperdibles, están la delincuencia y la inseguridad, el caos del transporte público, la agresividad de la gente, la corrupción pequeña y la monumental… y otros tantos que olvidas cuando vives en una cultura basada en la confianza, tanto en el otro como en las instituciones.

Me han hablado del choque cultural inverso e imagino que será un proceso por el que sí o sí hay que pasar. Habrá una readaptación, debo estar preparada para ella y quiero estar abierta para ella. La famosa “mecha corta” de mi paciencia debe transformarse en una mente abierta y asumir el regreso como una nueva experiencia de vida. Ni más, ni menos.

Veo que es hora de un ejercicio mental: El pensamiento positivo es la meta; no ese “rosa”, barato, de cita de red social. Ese que te hace valorar el enorme apoyo familiar con el que cuentas a ambos lados del Atlántico. Ese que te recuerda que los amigos “de siempre” siguen ahí, como un apoyo moral y físico. Ese que te evita hacer comparaciones que no te llevan a ninguna parte, y que te recuerda lo que ahora has agregado a tu bagaje personal e incorporar lo aprendido a tu vida.

Es hora de volver con los brazos y el corazón abiertos a mi tierra de origen. Es hora de seguir perfilando mi historia, mi identidad y la de nuestra familia. Es hora de aprovechar las oportunidades que la vida ofrece, tomar un día a la vez y disfrutarlo. ¿Los retos de la vida? Una condición para seguir creciendo y una oportunidad para seguir construyendo historias y recuerdos ¿no les parece?

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