Ahora ya ni los taxistas lo comentan como curiosidad. Hasta hace poco era típico que lo primero que dijeran después de saludar fuese algo así como “¿oiga se ha fijado qué raro está el tiempo?”. De hecho los más jóvenes no creen que antes el mes de abril solía ser lluvioso. Cómo suele pasar con algunos temas que se ven lejanos y complejos, el cambio climático se instaló en el inconsciente colectivo y muchos bien podrán hablar sobre sus causas y efectos, pero lo cierto es que no parece haber una comprensión profunda y al nivel donde se toman las decisiones, nadie hace nada.

En 2007 tuve el privilegio de invitar al ex Vicepresidente de Estados Unidos Al Gore a Chile, como orador central del Seminario “Calentamiento Global y Cambio Climático: la hora de actuar ha llegado”, que me tocó producir. Quien fuera candidato demócrata a la presidencia venía en alza después de un periodo en que se le dio por acabado, tras “perder” la elección frente a George W Bush. El documental An Inconvenient Truth (Una verdad incómoda) era todo un fenómeno y había ganado el Oscar apenas semanas antes de presentarse en Santiago. Fue un evento memorable, al que asistieron las máximas autoridades de Chile, desde la presidenta Bachelet hasta los ex mandatarios Patricio Aylwin y Ricardo Lagos. Al final, el propio Gore, con quien pude sostener un par de interesantes conversaciones, me dijo a modo de advertencia: “No creas que porque todos están felices con este evento las cosas van a cambiar, en un par de semanas, no muchos de los que vinieron van a seguir teniendo presente que el problema del cambio climático es real”.

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Dicho y hecho. Algo preocupante porque a estas alturas, siete años después, solo los más informados parecen estar conscientes de la gravedad del problema, que amenaza no solo nuestra habilidad para escoger adecuadamente el vestuario del día, sino la estabilidad misma de la sociedad mecanicista, depredadora y entrópica, que hemos construido con nuestro cerebro reptil, en busca de beneficios egoístas a como de lugar.

Ocurre que nada logra poner en tela de juicio un buen negocio mientras no se trate de un peligro evidente para las ganancias que este promete. Por eso, por nada más, después de 15 años haciéndose el sordo ante los clamores mundiales, el gobierno estadounidense ha reconocido que el calentamiento global está afectando de manera alarmante al país. La administración Obama acaba de dar a conocer un informe laborado durante cuatro años por más de 300 científicos que llegó a una conclusión categórica: “El cambio climático, que una vez se consideró un problema propio de un futuro distante, se ha mudado firmemente al presente” y asegura que sus efectos se sienten ya en todos los rincones de EE.UU., a través de olas de calor cada vez más frecuentes, incendios más graves, lluvias torrenciales y sequías cada vez más extremas.

Paradojalmente, noticias como ésta suelen pasar sin pena ni gloria en una sección menor de los diarios, en circunstancias que la reacción internacional debería ser otra. Si algo así se atreve a reconocer la primera potencia industrial y militar del mundo, el panorama verdadero debe ser de verdad, muy serio.

Imposible no recordar las palabras del filósofo chileno Darío Salas Sommer en ese mismo seminario con Al Gore en Chile. “Los problemas del medio ambiente son el reflejo de la condición del alma humana, de la nula conciencia superior del hombre y su incapacidad de ver la realidad más allá de sus impulsos animales”… Y mientras esta situación no cambie, todo indica que la extinción de la especie primate nociva –esa misma que se aferra a sus afanes y egoísmos aunque todo colapse a su alrededor- es cosa de tiempo.

Esta sí que es una verdad incómoda.

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